CRISIS BIOL�GICA Y CRISIS POL�TICA
Hay quien trata de explicar la decadencia de nuestra civilizaci�n por la disminuci�n progresiva del n�mero de individuos capaces de soportar sobre sus hombros el enorme peso de la cultura bajo la cual acabar�n por hundirse. Pero otros prefieren buscar la causa en la degenerescencia biol�gica y psicol�gica del hombre, en su falta de fuerza y de valor para mirar cara a cara la realidad social. Esta debilidad y este miedo son en gran parte consecuencia del hambre o de las amenazas de hambre a que actualmente se ven expuestos innumerables grupos humanos.
De hecho, hay un gran n�mero de pueblos que, bajo la acci�n disolvente del hambre, se someten humildemente al poder de fuerzas destructoras y antisociales. Ya hemos demostrado antes que fue el hambre la que hizo caer al Jap�n en las garras del fascismo. Y que fue un mecanismo id�ntico el que hizo triunfar el nazismo en la vieja Europa durante los �a�os decisivos� de su historia, entre 1930 y 1940. Mientras el hambre aguijoneaba a los individuos y su espectro amenazador provocaba un p�nico general, a los embaucadores de las masas, a los hipnotizadores de las multitudes como los ha denominado Keyserling, les fue f�cil transformarlas en una pasta maleable, d�cil entre sus f�rreas manos. En aquella hora tan grave para la humanidad, algunos pueblos europeos, que se sent�an demasiado d�biles para seguir adelante arrastrando tras s� el peso muerto de la cultura y que comprend�an que les ser�a imposible liberarse con sus propias fuerzas de la asfixia moral que los estrangulaba, se abandonaron voluntariamente a la sugesti�n de los gestos dominadores. Al no saber que hacer con sus manos, aquella pobre gente, convertida en esclava de la miseria, se inclin� ante el adem�n imperativo y comenz� a repetir el mismo gesto que todo el mundo, como signo de renuncia total a su libertad. Como signo de la p�rdida voluntaria, en efecto, pero tambi�n como signo de la calma moment�nea que hab�a conseguido huyendo de su propia responsabilidad.
La psicosis colectiva a que se vio arrastrada entonces Europa y que representa una crisis psicol�gica superpuesta a una crisis biol�gica latente, se parece mucho al fen�meno observado por Pavlov en los perros sometidos a los experimentos de reflejos condicionados. Despu�s de muchas experiencias de ese g�nero, el miedo al hambre y al sufrimiento crea en los animales un estado tal de inhibici�n que les hace olvidar todos los reflejos adquiridos anteriormente. Y eso fue lo que le sucedi� a Europa, presa de una grave crisis de ansiedad, que tan bien caracteriz� Pierre Janet: �Existe en la actualidad un n�mero enorme de hombres deprimidos, de individuos que no poseen la energ�a suficiente para ocuparse de los asuntos p�blicos, ya que le tienen miedo a la acci�n social. De ah� la extraordinaria necesidad que experimentan de sentirse orientados y protegidos. De ah� tambi�n la seducci�n que ejercen en ellos los dictadores.�
Cuando Europa se dej� arrastrar por la ola del fascismo y el nazismo, lo hizo con el deseo de salvar la piel, de salvar �su sucia piel�, como dijo Curz�o Malaparte 9 simbolizando as� los instintos vegetativos que gritan alto y fuerte en el animal-hombre, sobre todo el instinto del hambre. �Antes se sufr�a, se mataba, se mor�a para salvar el alma. Hoy el hombre sufre y hace sufrir, mata y muere, lleva a cabo haza�as magn�ficas y hace cosas horribles �nicamente para salvar la piel�, a�ade Malaparte en un tono a la vez tr�gico y burlesco. Y ese amor excesivo por la propia piel, ese deseo angustioso de satisfacer las necesidades vegetativas proviene. del sufrimiento, del miedo y la ansiedad que hace nacer en el ser humano la dura experiencia del hambre. Si el mundo desea volver a encontrar su panorama moral, si quiere ver acrecentarse el n�mero de hombres lo bastante fuertes como para no luchar solamente por su propia piel, sino para mantener los principios democr�ticos que valorizan la condici�n humana, antes que nada tiene que eliminar por completo el estigma degradante del hambre. ,,_
La instauraci�n de una econom�a de abundancia significar� un gran paso hacia la soluci�n de los problemas, no s�lo cualitativos sino tambi�n cuantitativos. Los grupos humanos ser�n m�s sanos y m�s capaces y su importancia demogr�fica estar� mejor adaptada a las posibilidades naturales y culturales de cada uno de ellos. En los grupos que hoy parecen m�s expuestos a la superpoblaci�n, los �ndices excesivos de fecundidad o, como dice Vogt, el apetito incontrolado de reproducci�n disminuir� muy pronto y la curva de su desarrollo demogr�fico tender� hacia un estado de equilibrio.
En consecuencia, el mundo no encontrar� el camino de la salvaci�n esforz�ndose por eliminar los excedentes de poblaci�n o controlando los nacimientos como prescriben los neomalthusianos, sino trabajando para hacer productivos a todos los hombres que viven sobre la superficie de la tierra. Si en el mundo existe hambre y miseria no se debe a que haya demasiados hombres, sino a que hay pocos hombres para producir y muchos para comer. La pol�tica malthusiana de una econom�a deshumanizada que preconiza dejar morir a los d�biles y los enfermos, ayudar a los hambrientos a morir m�s de prisa, que incluso llega, como hace Vogt, a desaconsejar la asistencia m�dica y sanitaria a las poblaciones m�s miserables, no expresa m�s que el sentimiento ego�sta y mezquino de los que viven bien y se sienten llenos de horror ante la inquietante presencia de los que viven mal. La verdad es que para Vogt el mundo debe considerarse como una recepci�n de gala para invitados de post�n, y no como una fiesta callejera donde hay que estar desesperadamente apretados y donde uno se expone al fastidio de recibir codazos y pisotones. Por ello aconseja expulsar despiadamente a todos los importunos, a todos los aguafiestas que le impiden disfrutar de la vida f�cil de los buenos tiempos. Vogt no siente ning�n escr�pulo en prescribir los medios m�s inhumanos. En su furor de depuraci�n de la humanidad, cubre de invectivas a los m�dicos y a la medicina moderna porque intentan salvar vidas aplicando sus m�todos preventivos y curativos en las regiones m�s atrasadas del globo. Porque, seg�n Vogt, esas vidas son indeseables.
Pese a los veinte a�os de ayuda bilateral y multilateral p�blica y privada, pese a las experiencias de asistencia t�cnica y de las sucesivas inyecciones de d�lares al Tercer Mundo (cien mil
millones de d�lares, entre 1950 y 1965), su nivel de vida se halla todav�a m�s alejado del de las naciones bien desarrolladas e industrializadas. El foso que separa ambos mundos no cesa de ensancharse. Ya no se habla siquiera de cegarIo. Eso ser�a ut�pico. Se habla m�s bien de tender puentes a trav�s del abismo que los separa. A la luz de datos estad�sticos fundamentales, Charles Iffland afirma que la ayuda a los pa�ses pobres ha entrado en un callej�n sin salida. Creo que Charles Iffland tiene toda la raz�n.
Todo el mundo parece estar de acuerdo en considerar fracasados los programas de desarrollo aplicados a las regiones m�s atrasadas. Se ha hecho evidente que esta estrategia se estableci� sobre principios y sistemas de pensamiento muy alejados de la eficacia. Se est�n realizando investigaciones y meditando a fondo para descubrir los puntos d�biles del sistema fracasado y para concebir una nueva estrategia de desarrollo capaz de salvar al mundo de los graves problemas que representa la disparidad de crecimiento entre dos universos yuxtapuestos pero no integrados: el del desarrollo y la abundancia y el del subdesarrollo y la miseria.
Se han cometido errores graves que han hecho que todo el esfuerzo en pro del desarrollo no haya conducido a gran cosa. El mayor consisti� en pensar que el proceso del desarrollo ser�a en todas partes semejante al de los pa�ses ricos de Occidente.
Una especie de etnocentrismo llev� a la mayor�a de los te�ricos del desarrollo a apoyar sus ideas y sus sistemas en las concepciones de la econom�a cl�sica, ignorando casi totalmente la realidad socio econ�mica de las regiones dependientes. Olvidaron que no existe una econom�a mundial integrada, sino solamente una econom�a occidental llena de contradicciones, una econom�a socialista todav�a en elaboraci�n y una red de aprovisionamientos y de ventas en el resto del mundo. No se ocuparon, pues, de las estructuras econ�micas del resto del mundo, que abandonaron a los soci�logos o, m�s bien, a los estudiosos del folklore. Olvidaron al hombre de esas regiones de cultivo tradicional, tan distinto al de la civilizaci�n occidental.
Pero es que el Occidente, en su frenes� de productividad, olvida siempre al hombre.
Se pens� que mediante la introducci�n de capitales, los descubrimientos, las invenciones y las innovaciones occidentales se podr�a cambiar el cuadro general de las estructuras tradicionales no occidentales y provocar su desarrollo.
El milagro no se produjo. Y a la ilusi�n de la ayuda, soluci�n f�cil de los primeros a�os, sigui� la decepci�n y el pesimismo que condujeron a la idea de que el retraso del Tercer Mundo era un problema casi insoluble. Esos pa�ses est�n subdesarrollados, dijeron entonces los occidentales pesimistas, por la fuerza de las cosas, por un fatalismo biol�gico o un determinismo geogr�fico, por condiciones naturales que impiden su acceso al verdadero desarrollo aut�nomo.
�Ser� verdad que la distribuci�n de la riqueza se realiza autom�ticamente por esa fuerza que Adam Smith llam� �la mano invisible� y que, en una econom�a liberal de laissez-faire, esa �mano invisible� se ocupa de promover el equilibrio econ�mico del mundo?
Desgraciadamente, la �mano invisible� no ha actuado jam�s en inter�s de la humanidad, mientras la mano visible de los grupos dominantes y privilegiados acapara siempre los beneficios, dejando en la miseria y en la indigencia las grandes masas marginadas que constituyen lo que hoy se llama �las poblaciones de los pa�ses subdesarrollados�. En realidad, el subdesarrollo no es la ausencia de desarrollo, sino la consecuencia de un tipo de desarrollo mal dirigido.
El subdesarrollo no se deriva de la fuerza de las cosas, de la fatalidad, sino de razones hist�ricas, de la fuerza de las circunstancias.
El desarrollo implica el aumento de riqueza y el cambio social, ambos al servicio del hombre.
Ahora bien, hay que reconocer que esta noci�n del desarrollo, aunque m�s completa que los conceptos anteriores de progreso (aumento de la riqueza), no est� todav�a enteramente libre de prejuicios emocionales y no es a�n cient�ficamente precisa. Si el desarrollo es para todos el paso de un nivel m�s bajo a un nivel m�s elevado, todav�a no hay unanimidad en cuanto al criterio de valoraci�n para determinar esos distintos niveles.
Como no se conocen las necesidades fundamentales, se fabrican falsas necesidades. Las aspiraciones se inoculan desde fuera mediante el sutil sistema de la publicidad, que forma parte de la civilizaci�n de consumo en los pa�ses que se consideran �bien desarrollados�. Una f�rmula traduce tristemente esta situaci�n. Se trata del anuncio de unos grandes almacenes: �Si no sabe todav�a lo que quiere, no importa. Entre usted. Nosotros lo tenemos.� Es preciso, por consiguiente, tener una idea precisa de los fines del desarrollo, que no son �nicamente el aumento de la riqueza, ni siquiera el aumento del rendimiento por habitante, como se piensa en los medios oficiales de la ONU, sino algo m�s complejo que debe englobar la elevaci�n total del hombre mediante el enriquecimiento de todos los valores de la vida.
9 Curzio Malaparte, La peau, Par�s, 1949