La sostenibilidad para implantarse socialmente requiere un cambio cultural tanto en las motivaciones individuales como en las sociales y cambiar el modelo de consumo que nos imponen las clases más adineradas. Este cambio pasa por contener las ansias de “tener” y centrarse más en el desarrollo personal (ser) o lo que se conoce por la cultura de la suficiencia (García E., 2004). La cultura del consumo, propagada mayoritariamente por los medios de comunicación, anima a la consecución del bienestar mediante la adquisición de objetos y servicios variados. En las políticas empresariales prima el crecimiento de las estructuras económicas y la apropiación de la riqueza muchas veces propiciada por la creación de dinero financiero (Naredo J.M., 2006).
Hoy en día la crisis actual, producto del ansia de riqueza y de la codicia de grupos económicos mediante la especulación financiera y sus productos derivados, ha desacelerado la economía mundial, ha alejado las inversiones de los procesos productivos y está siendo el factor más potente del freno al desarrollo de los países pobres, influyendo en la subida del precio de los alimentos y generando un coste importante sobre el bienestar individual mediante la pérdida de empleos y dejando a una parte de la población dependiente de las ayudas sociales. ¿Podemos concebir que a partir de esta pérdida de ritmo de la economía productiva puedan surgir planteamientos más sostenibles?