La década de los ochenta marcó un rumbo sin precedentes a la educación superior. En un ambiente de crisis económica plantearon algunos grupos empresariales y medios masivos de comunicación que los patrones prevalecientes de expansión, financiamiento y gestión de la educación superior habían llegado a su límite. Estos límites hacían referencia fundamentalmente a la baja calidad de la educación, pertinencia del servicio educativo y a las limitaciones financieras generadas por la crisis fiscal de los estados, ignorando los esquemas de financiamiento que en épocas de auge se concedieron (Kent: 2002).
En este escenario, aparece el tópico de la evaluación, visto como un instrumento de las políticas gubernamentales de algunos países, aunque con características particulares en cada región.