Amaro La Rosa Pinedo
amaro@unife.edu.pe
Cada cuatro Junios, el Mundial, cada Marzo, el Oscar. Cada cinco Julios asume funciones un presidente electo, si no hay un golpe. Fiestas Patrias, la procesión de Octubre, Navidad, y tantos otros acontecimientos que también le dan el ritmo a la cotidianidad del peruano moderno. A los ciclos de frío y calor, siembra y cosecha, lluvia y secano del mundo tradicional se les han añadido esos otros, que con sus recuerdos de golpes, películas, mitos políticos o regalos, serán los materiales cuyos vestigios estudiarán los historiadores de épocas venideras para conocer nuestras mentalidades. Constatar que la mayor parte de los referentes en base a los cuales nos pensamos y nos percibimos se asocia con procesos de comunicación de factura reciente significa que estos últimos se ubican mucho más allá de lo puramente instrumental, del saber indispensable para ejercer decorosamente un oficio de moda. Y por otro lado, decir que hoy en día la comunicación es algo central, es utilizar una metáfora equívoca; llamamos comunicacional a la realidad social precisamente por carecer ésta de un centro, por nuestra inmersión en su torbellino denso de redes y flujos, dimensión constitutiva de casi cualquier actividad productiva. Esa lógica está reubicando a los medios clásicos para desbordarlos, pues como bien lo vieron los futurólogos de los setenta, las economías más prósperas del mundo emplean efectivamente proporciones crecientes de sus poblaciones activas en trabajos relacionados con información y comunicación al tocar el siglo a su fin.
Al abarcar al mismo tiempo los procesos de simbolización como los de producción e intercambio material, la ubicuidad de la comunicación a distancia también descoloca dramáticamente la relación entre los saberes y la de éstos con los haceres, la del logos y la techné, al extremo que las instituciones académicas aún no perciben con claridad la magnitud de la interacción que dinamizará unas con otras a las actividades creativas, a las de ingeniería, a las de gestión y a las puramente reflexivas y críticas. Pero también coloca en un nuevo lugar a los profesionales de la comunicación social, pues su presencia se hará necesaria en campos de trabajo más extensos y diversos y en tareas estratégicas de creciente importancia, como ya tiende a ocurrir.