Alejandro A. Tagliavini
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Notas al Cap�tulo I
(1) 'Summa de la Theologia Moral y Can�nica', (Barcelona, 1632), p. 91 (citado por Alejandro A. Chafu�n, 'Christians For Freedom', Ignatius Press, San Francisco, USA, 1986, p. 73 (trad. al castellano en Rialp, 1990).
(2) Muchos autores han querido justificar la validez de las cargas, coercitivamente impuestas, a partir de la Doctrina Social de la Iglesia Cat�lica. Seg�n J. M. Ib��ez Langlois, la Iglesia ense�a que: "El mecanismo por excelencia del que dispone el Estado moderno para promover la justicia en la redistribuci�n del ingreso, y para derivar recursos hacia el gasto social, es el cobro de los impuestos. La obligaci�n moral de pagarlos, que obliga en conciencia, se contiene en la propia S. Escritura (Rom 13, 17); se sigue de all� el deber fiscal de fijarlos y cobrarlos. Ambas obligaciones derivan del principio 'de la solidaridad c�vica y de la colaboraci�n de cada uno al bien de todos' (P�o XII, 2-X-56); en cuanto al deber c�vico, 'no existe duda alguna sobre el deber que cada ciudadano tiene de soportar una parte de los gastos p�blicos'. P�o XII ense�a claramente el deber moral de pagar los impuestos justos; s�lo se estar�a dispensado de no cumplir �ntegramente esta obligaci�n en el caso de una ley fiscal injusta o excesiva, y en la medida proporcional en que lo sea. La Gaudium et spes lamenta el que 'no pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparos en soslayar los impuestos justos' (30)"; 'Doctrina Social de la Iglesia', Ediciones Universidad Cat�lica de Chile, Santiago de Chile 1988, p. 191. Vamos a ver, dos cosas surgen muy claramente de lo expuesto por el autor. En primer lugar, la grave obligaci�n moral de cada persona de contribuir al bien com�n. Pero esto va de suyo en el orden natural. Y, en segundo lugar, tambi�n va de suyo, que la ley justa es aquella que respeta a la naturaleza de las cosas, es decir, la no violenta, la no coercitiva, de modo que "... se estar�a dispensado de no cumplir... esta obligaci�n en el caso de una ley fiscal injusta...". Sin olvidar que la ley justa debe obligar en conciencia, recordando que la conciencia es primero que el acto, de modo que primero debe ser moral, obligar en conciencia, y luego ser acto y no, definitivamente no tiene sentido, coercionar un acto y luego pretender que obligue en conciencia. En otras palabras, si una verdadera autoridad moral promulga el pago de impuestos a los fines de atender al bien com�n, las personas tienen grave obligaci�n de cumplir con este mandato. Pero esta exigencia impositiva, de ninguna manera puede ser coercitiva a menos que exista defensa propia, del bien com�n (que ocurrir�a cuando una persona, en uso de su libre albedr�o, se comprometi� voluntariamente a pagar un impuesto a cambio de algo concreto, por ejemplo, servicios hospitalarios, y no est� dispuesto a cumplir). Sin olvidar (la virtud de la prudencia), por cierto, que aun cuando la defensa propia es leg�tima (estrictamente, en cuanto implica la defensa de la vida, lo natural), 'm�s vale ma�a que fuerza', es decir, que es altamente recomendable intentar, por todos los medios, utilizar la inteligencia y la caridad (la sabidur�a) antes que la fuerza f�sica.
(3) Antes de entrar en esta nota me parece necesaria una precisi�n. Cabe consignar que, en rigor de verdad, en general, los c�lculos de los distintos �ndices econ�micos, como el PIB, el porcentaje de inflaci�n, y dem�s, son caprichosos y no reflejan la realidad con exactitud y, menos a�n, con rigor cient�fico. Las mediciones en las ciencias sociales no tienen sentido porque estos no son hechos f�sicos (son opiniones, actitudes, valores) que pueden medirse con precisi�n y objetividad. De modo que, no pueden ser utilizados para realizar afirmaciones cient�ficas categ�ricas, sino que su valor no es m�s que a t�tulo puramente 'informativo o ilustrativo'; salvo en los casos pertinentes. De hecho, �stos �ndices son calculados con diferentes m�todos, seg�n qui�n los calcule, con diferentes criterios, hip�tesis y tesis, y siempre con resultados parciales visto que es imposible conocer todos los datos que componen algo tan complejo como es la econom�a de un pa�s, que tiene millones de diferentes variables. Y, aunque fuera posible recabar todos estos datos, resultar�a imposible resumirlos en un �ndice. Cient�ficamente hablando, no resisten el an�lisis de cota de error, ni siquiera por el c�lculo probabil�stico. Para otras opiniones acerca de la falacia de la medici�n y los n�meros �ndices (la econometr�a en general) v�ase Ludwig von Mises, 'The Theory of Money and Credit', Yale University Press, New Haven, 1953, pp. 187-194; del mismo autor, 'Human Action', Contemporary Books Inc., Chicago, 1966, pp. 219-223; Murray N. Rothbard, 'Man, Economy and State', D. Van Nostrand, Princeton, 1962, 2: 737-740; Bassett Jones, 'Horses and Apples: A Study of Index Numbers', John Day & Co., New York, 1934; y Oskar Morgenstern, 'On the Accuracy of Economic Observations', 2a. ed. rev., Princeton University Press, Princeton, 1963. Como consecuencia de esto la 'econometr�a' y, en general, todo estudio de la econom�a con instrumentos propios de las matem�ticas, tienen el mismo valor cient�fico que la astrolog�a esot�rica. Como a cualquier persona sensata le resulta obvio: es absolutamente irrisorio (racionalista, materialista) pretender que el ser humano, la sociedad, el mercado, tenga un comportamiento 'matem�tico'. El ser, que duda cabe, tendr� un comportamiento superior: metaf�sico. Hecha la aclaraci�n, tomemos, por ejemplo, el caso de Gran Breta�a. Seg�n Hermione Parker, entre 1979 y 1994 la presi�n tributaria media aument� del 25,9 por ciento del ingreso de una familia tipo al 35,7 por ciento. Durante el mismo per�odo, el gasto en seguridad social pr�cticamente se duplic�. Pero hete aqu� que, entre 1979 y 1990, los ingresos reales promedio del 10 por ciento m�s rico de la poblaci�n aument� el 62 por ciento, en tanto que los ingresos reales del 10 por ciento m�s pobre disminuy� el 14 por ciento (ver 'Taxes, Benefits and Family Life', IEA, London 1995, pp. 127, 61 y 20 respectivamente).
(4) Adem�s de la banca estatal nacional y multinacional, la banca privada suele otorgar grandes cr�ditos a los Estados coercitivos, porque saben que estas 'organizaciones', finalmente, pueden obtener grandes sumas de dinero utilizando la fuerza f�sica. Dem�s est� decir que no le otorgan los cr�ditos en funci�n de su exitoso perfil empresario, es decir, de su capacidad de obtener recursos genuinos (sin utilizar la coacci�n). Y estos bancos privados hacen grandes negocios con estas operatorias, lo que significa, en definitiva, que aprovechan la capacidad violenta del Estado racionalista. Este es, sin duda, otro de los aspectos nefastos de la violencia: que siempre existen terceros dispuestos a aprovecharse de la situaci�n. Es decir, que la inmoralidad termina esparci�ndose por toda la sociedad, artificial, por cierto.
(5) Ver 'Human Action', Contemporary Books, Chicago, 1966.
(6) Entre los much�simos ejemplos de la vida diaria, puede verse, por caso, "Sobreprecio en la construcci�n de 198 escuelas bonaerenses", La Naci�n, Buenos Aires, 1ro de noviembre de 1997, p. 15.
(7) As� "... en la medida en que los gobiernos sustraen recursos de los contribuyentes, en esa medida, se produce un doble efecto. En primer lugar, el cambio coactivo desde las �reas preferidas por la gente a trav�s del mercado hacia las que los funcionarios establecen, conduce a mal inversi�n de los escasos factores productivos, consumo de capital y consiguiente disminuci�n de ingresos y salarios en t�rminos reales. En segundo lugar, tienden a diluirse los incentivos para producir. En todo caso, lo que aqu� queremos dejar consignado es que producci�n y distribuci�n son dos formas de ver el mismo fen�meno", Alberto Benegas Lynch (h), 'Socialismo de Mercado', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997, p. 171.
(8) Enc�clica 'Mater et Magistra', Roma 1961, Tercera Parte, 56-57. Durante a�os he observado por la televisi�n (y a veces personalmente) como personas, sin duda, v�ctimas (o sus relaciones directas) de grandes injusticias, exig�an en forma acalorada que 'se hiciera justicia'. Muchas veces, ir�nicamente, acusando al 'aparato judicial' de no hacer suficiente 'justicia'. Por el modo en que efectuaban su pedido, en forma acalorada, y por lo que ped�an en nombre de la 'justicia' (muchas veces la muerte o la peor c�rcel para �l o los delincuentes) siempre me dio la impresi�n de que, en realidad (m�s all� del dolor genuino y profundo que inevitablemente sent�an), lo que buscaban era venganza. Es decir, de ser posible, un perjuicio peor al delincuente. Como si con esto pudieran reparar de alg�n modo el da�o que se hab�a causado. Pero, lo m�s desconcertante era ver que, como, obviamente, este modo de 'justicia' no s�lo no repara nada (ni evita futuros da�os) sino que, ni siquiera permite la reconciliaci�n (primero con uno mismo y luego con el resto), los meses pasaban y a veces los a�os, y, las personas en cuesti�n, no s�lo no hab�an encontrado la paz sino que la herida se hab�a ido agrandando. A tal punto que, muchas veces, hasta deseaban fervientemente hacer 'justicia con sus propias manos'. Conclusi�n: ir�nicamente, el 'sistema judicial' imperante, no s�lo no hac�a verdadera justicia, sino que les hac�a perder mucho tiempo y esfuerzos y, lo que es a�n peor, no s�lo no les permit�a encontrar la paz sino que alentaba la venganza y, consecuentemente, aumentaba la amargura. "'Buen trabajo, fin de la historia', exclam� con ira Chris Walsh, el hijo mayor de la mujer asesinada. No lejos de �l, Bonnie Cannon, hermana de Joe, hasta ese momento hab�a llorado y rezado. Se sec� los ojos y suspir�: 'Soy feliz porque Joe finalmente est� libre'", 'Antes de ser ejecutado, a condenado le explot� una vena', Diario Popular, Buenos Aires, 24 de abril de 1998, p. 19. Me parece que la cr�nica es suficientemente clara: la ira es del hijo de la v�ctima, mientras que la paz est� del lado de los familiares del condenado, ya muerto. Aqu� se entienden perfectamente las palabras del Papa Pio XII: "Os ha sido dada una vocaci�n extraordinaria y casi querr�amos decir privilegiada: expiar por el mundo verdaderamente culpable" (Radiomensaje a los encarcelados, 30/12/1951). Por el contrario, es de rescatar el �xito que tiene en los Estados Unidos un 'programa de reconciliaci�n' que, si bien no va al fondo del problema (porque b�sicamente se mantiene el mismo sistema), al menos permite que, durante varias sesiones guiadas por profesionales, la v�ctima (o sus parientes) y el victimario, se encuentren y discutan los hechos sucedidos. Resultando en mayor paz para la parte agredida y un mejor reconocimiento de su culpa por parte del agresor. Generalmente (as� lo he podido ver por televisi�n, y s�lo Dios sabe hasta que punto eran sinceros) �stas entrevistas culminaban con el perd�n, por parte de la v�ctima, y el delincuente arrepentido, reconociendo el da�o que hab�a provocado y que se hab�a causado �l mismo, moralmente, prometiendo no volver a repetir alg�n delito. En alg�n caso, hasta terminaron amigos, y la v�ctima intentaba sacar de la prisi�n al victimario. En fin, en cualquier caso, lo primero que deber�amos hacer es intentar superar la psicosis que existe en muchas sociedades con respecto a los delitos; de hecho, normalmente, lo que sucede en estos pa�ses es que la cantidad de muertes por accidentes en el tr�nsito es muy superior a las ocurridas como consecuencia de actos delictivos, excluidos los delincuentes.
(9) Esto, por cierto, tiene que ver con el libre albedr�o, tema que ya hemos discutido. El C. Ig. C. asegura que (de paso, lo siguiente nos sirve para que no quede duda de la unidad de la persona humana, cuerpo y alma, de modo permanente, eterno y real) "'La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que todos los hombres comparecer�n con sus cuerpos en el d�a del Juicio ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias acciones' (DS 859; cf. DS 1549)" (n. 1059). "La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptaci�n o el rechazo de la gracia divina..." (n. 1021). "Cada hombre, despu�s de morir, recibe en su alma inmortal su retribuci�n eterna en un juicio particular que pone su vida en relaci�n con Cristo, sea a trav�s de una purificaci�n (cf. Cc. de Lyon: DS 857-858; Cc. de Florencia: DS 1304-1306; Cc. de Trento: DS 1820), o bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del Cielo (cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan XXII: DS 990), o para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Benedicto XII: DS 1002)" (n. 1022). Y m�s adelante "Salvo que elijamos libremente amarlo, no podemos estar unidos con Dios... Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elecci�n. Este estado de autoexclusi�n definitiva de la comuni�n con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra 'Infierno'" (n. 1033). "Dios no predestina a nadie a ir al Infierno (cf. DS 397; 1567); para que esto suceda es necesaria una aversi�n voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en �l hasta el final" (n. 1037). Que Dios no predestine (cosa que s� hace la 'justicia' racionalista) significa que no promulgar� ninguna ley que diga, por ejemplo, que el automovilista que mate a un transe�nte ir�, inexorablemente, al Infierno (la 'justicia' racionalista, impondr�a otra pena, por ejemplo, dos a�os de c�rcel). Dios, en su infinita sabidur�a conocer� todas las infinitas variables que actuaron en el incidente y, luego, esperar� hasta el �ltimo momento el verdadero arrepentimiento que, definitivamente, salve al automovilista, si es que tiene culpa. San Agust�n lo pone de forma dram�tica, pero no por eso menos cierta: "�No es verdad, Dios m�o, que habi�ndoos confesado yo mis culpas y acus�ndome a m� mismo, Vos ya hab�is perdonado las impiedades de mi coraz�n? No alego esto con �nimo de entrar a juicio con Vos, que sois la suma Verdad... porque si Vos, Se�or, atend�is a todas nuestras culpas, �qui�n podr� comparecer en vuestra presencia?", 'Confesiones', I, V.
(10) En cuanto a que 'la ignorancia del juez viene a ser la calamidad del inocente' sin duda es interesante la lectura del cap�tulo VI del Libro XIX de la 'De Civitate Dei' de san Agust�n.
(11) Ver 'Santo Tom�s y la violencia institucional', Cap�tulo IV, Parte Primera (S.Th., I, q. 21, a. 1).
(12) S.Th., I, q. 21, a. 4. Claramente el tema de la misericordia no es un tema menor. El infinito poder real, efectivo, eficiente de Dios proviene, precisamente, de su infinita misericordia. "Es propio de Dios usar su misericordia; y en esto, especialmente, se manifiesta su omnipotencia", afirma santo Tom�s en la S.Th. II-II, q. 30, a. 4, in c. Si los hombres fu�ramos infinitamente misericordiosos, esto es, nos adapt�ramos infinitamente bien al orden natural, nuestra autoridad moral ser�a tan grande que, de hecho, realmente (efectivamente, eficientemente) ser�amos todopoderosos. Pi�nsese, por ejemplo, en la Madre Teresa de Calcuta: durante los �ltimos a�os de su vida era una viejecita sin ning�n poder pol�tico, pr�cticamente sin ning�n poder econ�mico, ciertamente sin ning�n poder f�sico y, sin embargo, gracias a su autoridad moral, era capaz de conmover a millones de seres humanos, incluidos, por cierto, muchos 'poderosos'. Lo cierto es que "Sobre este punto el cristianismo de los primeros siglos cumpli� con una intensa obra de inculturaci�n de la fe, purificando corrientes significativas del pensamiento greco-latino de concepciones profundamente anticristianas. Plat�n, Arist�teles y, sobre todo, los estoicos, tend�an a considerar la misericordia, la piedad y la compasi�n como sentimentalismos in�tiles. La misericordia, para Arist�teles, no era virtud sino debilidad de viejos y adolescentes y para los estoicos una enfermedad del alma. Los Padres se opusieron a esta visi�n, acogiendo los principios presentes, por ejemplo, en Cicer�n, quien rechazando como absurda la concepci�n estoica de la misericordia, la consideraba indicio de sabidur�a, de moralidad y de bondad..." hoy existe "...una cierta mentalidad contempor�nea, que 'parece oponerse al Dios de la misericordia...'(DM 2)... el te�logo R. Garrigou-Lagrange afirmaba... 'La misericordia divina es como la ra�z, el principio de todas las obras de Dios, ella las compenetra con su fuerza y las domina. A t�tulo de manantial primario de todos los dones, ella es la que influye m�s fuertemente; por esto supera tambi�n a la justicia que viene a estar en segundo puesto y le est� subordinada'. La obra decisiva del Padre, por tanto, es la misericordia. En ella se encierra el misterio de su amor que llega hasta el perd�n. Esto llama a todos a una existencia nueva: la de verdaderos hijos de Dios", asegura el Comit� para el Jubileo del A�o 2000 en su 'Dios, Padre Misericordioso', Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMXCVIII, pp. 77-8-9.
(13) El juez de la Corte Suprema de Justicia argentina, Ra�l Zaffaroni, y profesor de la Universidad de Buenos Aires, afirm� algo muy sintom�tico, refiri�ndose a la 'justicia' coercitiva, racionalista (del modo en que la conocemos hoy): "La acci�n judicial nunca es popular en ning�n pa�s del mundo... el modelo penal no es una soluci�n para aquellos conflictos... En el modelo penal, el que sufri� un da�o no existe: el Estado reemplaza a la v�ctima. Para decirlo con un ejemplo, si en este momento alguien me rompe la cara, en el mejor de los casos el Estado viene y se lleva al que me golpe�. Yo digo: 'No quiero que lo pongan preso. (Por el contrario) Quiero que trabaje y pague la recomposici�n de mi cara'. Entonces, el Estado me responde: 'Se�or... ac�... usted no tiene nada que hacer'. Yo insisto: 'Mire que la cara es m�a, y a m� me la rompi�'. Pero el Estado confirma: 'No, no, la v�ctima soy yo'. Directamente me reemplaz�. El penal es un modelo que nunca resuelve el conflicto... En la mayor�a de estos casos se pueden encontrar soluciones m�s o menos aceptables dentro de la cultura occidental y contempor�nea, y que no tienen nada que ver con el modelo punitivo", Viva, La Revista de Clar�n, Buenos Aires, 18 de enero de 1998, p. 75.
(14) Pareciera que las estad�sticas dicen que, un aumento en las penas, no amedrenta a los delincuentes. "M�s a�n, las encuestas se�alan que la c�rcel es, en la mayor�a de los casos, una escuela de delincuencia", asegura Mons. Ambrosio Echebarr�a, Obispo de Madrid, en la Presentaci�n de la 'Pastoral Penitenciaria' de Evaristo Mart�n Nieto, Ediciones Paulinas, Madrid 1990, p. 6. En tanto que J. R. Iraeta opin� que "Las c�rceles no disminuyen las tasas de delincuencia. Se multiplican las prisiones, se aumenta su capacidad, se mejora su personal, se transforman sus m�todos, pero la cantidad de delitos y de delincuentes permanece estable, cuando no aumenta", 'La c�rcel', Madrid 1977, p. 67. Esto qued� muy claro cuando se discuti�, fuertemente, la pena de muerte en los EE.UU., encontr�ndose que, luego del establecimiento de esta pena, aumentaban los delitos correspondientes. "La prisi�n es un medio falso que hace que el prisionero sea cada vez menos apto para la vida social. Carece de finalidad... debe desaparecer", asegura P. Kropotkine en 'Las prisiones', Valencia 1897, p. 34. Entre 1972 y 1996, la poblaci�n carcelaria en los EE. UU. aument� de 164 a 550 personas por cada cien mil habitantes seg�n Andrew Rutherford ('Beyond crime control', en Charles Murray, 'Does Prision Work?', IEA, London 1997, p. 47), y esto no provoc� una disminuci�n en los delitos reportados sino que, por el contrario, durante el mismo per�odo, estos aumentaron de 3.000 a 10.600 por cada cien mil habitantes (ver Charles Murray, 'Does Prision Work?', IEA, London 1997, p. 2). Por otro lado, la prueba de que la c�rcel empeora a las personas, es que las estad�sticas muestran que la mayor�a de los excarcelados son reincidentes, aun cuando la mayor�a de los reclusos son inocentes, en el sentido de que o no cometieron el delito en cuesti�n o cometieron un delito al que le corresponde una pena menor a la que efectivamente le impusieron. Es famoso el caso, tratado en el largometraje "En el nombre del padre", ocurrido en Gran Breta�a, en donde se termina descubriendo, despu�s de a�os de c�rcel durante los cuales muri� uno de los condenados, que no s�lo eran inocentes sino que las pruebas fueron fraguadas por los polic�as y funcionarios judiciales. Pero ninguno de los fraguadores fueron jam�s penados. Este es solamente un ejemplo de los cientos (sino miles) que han tomado estado p�blico, considerando que el Estado racionalista se cuida muy bien de modo que estos hechos no sean conocidos, puede Usted sacar conclusiones de cuantos inocentes son encarcelados y sus vidas arruinadas, cuando no muertos. Entre los much�simos modos que se utilizan para la criminalizaci�n de los pobres, por parte del Estado racionalista, puede leerse el art�culo de Gerardo Codina '�Hay chicos condenados de antemano?' en el diario Clar�n (Buenos Aires, 2 de junio de 1999) en donde explica c�mo, el sistema penal racionalista, libera extraoficialmente a menores que estaban encarcelados sin que se les hubiera probado delito, y esta liberaci�n queda asentada como fuga en el expediente judicial; de este modo, los menores quedan convertidos en 'verdaderos' delincuentes y con un expediente engrosado. Pero en fin, esta vieja discusi�n acerca de la utilidad o no de las prisiones como instrumento para evitar el crimen, no hace estrictamente al tema de este ensayo porque, lo que aqu� critico, es algo anterior, es decir, el sistema penal coercitivo; sin embargo me parece rescatable la abrumadora bibliograf�a contra las prisiones en cuanto demuestra que el sistema penal coercitivo, finalmente, es contraproducente. Entre quienes defienden las prisiones est� Charles Murray (ver op. cit.) cuya �nica argumentaci�n 'cient�fica' son estad�sticas que, ya sabemos, no tienen rigor cient�fico definitorio, de hecho, sus estad�sticas son luego f�cilmente desmentidas por otros autores (por ejemplo, Andrew Rutherford, op. cit.) sobre bases m�s s�lidas. Para una cr�tica a las prisiones puede leerse, adem�s de los ya mencionados, entre muchos, a N. Christie, 'Social Control as Industry. Towards GULAGS, Western Style', Routledge, London 1995; A. Rutherford, 'Criminal Policy and the Eliminative Ideal', University of Southampton, Great Britain 1996; E. Currie, 'Confronting Crime: An American Challenge', Pantheon Books, New York 1985. En particular debe leerse al ya mencionado Evaristo Mart�n Nieto que con m�s de treinta a�os de experiencia en las c�rceles y con el franco apoyo de la jerarqu�a eclesi�stica, asegura que "Jesucristo vino a 'anunciar la libertad a los presos (Lc 4, 19). Juan Pablo II, comentando estas palabras en la c�rcel romana de Rebbibia, dijo: '�Es que estas palabras se deben relacionar con las estructuras de las c�rceles en su acepci�n m�s inmediata, como si Jesucristo hubiera venido a eliminar las prisiones y todas las dem�s formas de instituciones de detenci�n? En cierto sentido, as� es tambi�n' (26/12/1983). Esto, en an�lisis profundo y en relaci�n con la esencia del evangelio, significa que en el mensaje cristiano est� contenida la abolici�n de la c�rcel. No hay que hacer esclavos a los que Dios hizo libres...", op. cit., p. 16.
(15) No es casual, por tanto, que las estad�sticas muestren claramente que la poblaci�n carcelaria est� compuesta, en su gran mayor�a, por personas provenientes de los estratos socioecon�micos m�s bajos. Lo que, sin duda, no es nuevo, ya Chuang-Ts� (probablemente el primer libertario) afirmaba en la China del siglo IV a.C. que "Un ladronzuelo... acaba en prisi�n. Un gran bandido acaba en jefe de Estado". Es una gran mentira, seg�n veremos en la nota 20 siguiente, que esto se deba a la 'falta de educaci�n'. S� se debe, en parte, a la marginalidad, pero la marginalidad, justamente, es producto del sistema coercitivo. Ya vimos que, en un sistema basado en la coerci�n, en lo material, de modo necesario, 'triunfar�n' quienes tienen m�s poder material. Pretender lo contrario, pretender que en un sistema, basado en la coerci�n, triunfen los ideales es de un 'romanticismo' filos�fico (mejor dicho, incoherencia), de tan ingenuo, culpable.
(16) El ejemplo m�s antiguo que he podido corroborar en Occidente ocurri� dentro de la Iglesia Cat�lica. Desde el Ap�stol san Pablo, era costumbre que los pleitos entre cristianos sobre cuestiones temporales fueran resueltos (en principio, por el procedimiento del arbitraje) dentro de la jurisdicci�n eclesi�stica, que as� intervino ampliamente en juicios de toda �ndole (cfr. Jos� Orlandis, 'Historia de la Iglesia', Ediciones Palabra, Madrid 1977, T. I, p. 60 y ss.). Luego, las ferias en la regi�n de Champa�a durante la alta Edad Media (particularmente durante el siglo XIII, siglo extremadamente pr�spero) que constitu�an el principal emporio del comercio internacional de la �poca, en donde los asuntos de justicia se resolv�an privadamente, entre las partes, en tribunales arbitrales, muy r�pidos y eficientes, voluntariamente designados por las partes. Por otro ejemplo, en el estado de California, a mediados del siglo XIX, a ra�z de que la 'autoridad federal' no hab�a llegado a�n al lugar, de hecho funcionaba una sociedad 'privada', y esto inclu�a justicia penal. Y la sociedad era, sin duda, extremadamente pr�spera y pac�fica (a pesar de la deformaci�n hist�rica que popularizaron los 'westerns'); de cualquier manera, los pocos datos que he podido estudiar, no me convencen mucho en el sentido de que esto funcionaba como una sociedad sin Estado coercitivo o, m�s bien, como una especie de concesi�n. Es decir que, si bien la autoridad inmediata era 'privada' en el lugar, en �ltima instancia depend�a del gobierno federal en Washington (ver 'The Pursuit of Happiness', William C. Dennis, The Freeman, Ed. The FEE, Irvington on Hudson, New York, July 1987, Vol. 37, no. 7, p. 252). En cuanto a la justicia en general sin duda resulta sintom�tico el hecho de que "...miles de estos chinos inmigrantes se volvieron ricos... Ellos se apoyaban en asociaciones de asistencia mutua para obtener prestamos, informaci�n comercial, reclutamiento de trabajadores, presentaciones empresarias, y, lo m�s importante, el cumplimiento de los acuerdos de palabra sobre los que gran parte de sus negocios estaba basado... Todav�a hoy, un empresario chino que viola un acuerdo rara vez es llevado a los tribunales estatales. En cambio, es incluido en la lista negra. 'Si alguien no honra sus compromisos' asegura David Li, Jefe Ejecutivo del Hong Kong's Bank of East Asia, 'toda la comunidad china lo sabr� y estar� acabado'", seg�n recuerda Jerome Schneider en su 'The Complete Guide to Offshore Money Havens', Prima Publishing, USA 1997, p. 37. Para empezar una discusi�n, sin duda es muy interesante la opini�n del chino Pao Ching-yen (siglo IV a.C.) seg�n quien "Las disputas entre gente corriente son asunto trivial, ya que... no tiene... autoridad para lograr sus prop�sitos... Su poder... �C�mo van a compararse con una manifestaci�n de furia real, capaz de desplegar ej�rcitos y batallones, y de hacer que gente sin enemigos ataque Estados que no les han hecho nada?"
(17) citados por Alejandro A. Tagliavini, en 'Alberdi y la Constituci�n del 53-60 contra el C�digo de V�lez Sarsfield', Instituci�n Alberdi, Buenos Aires.
(18) 'De Oficcis', I, X.
(19) Para una mejor comprensi�n del derecho, y del 'common law' brit�nico, ver Bruno Leoni, 'La Libertad y la Ley'; y L. B. Curzon, 'English Legal History'.
(20) "Por supuesto, hoy en d�a tenemos una comprensi�n mucho mayor acerca de la complejidad del crimen y de las causas que lo producen. Ciertamente, el tema es objeto de un razonamiento mucho m�s sofisticado y se ha establecido, en particular, que cierta proporci�n de personas convictas sufren trastornos mentales que... requieren tratamiento psiqui�trico. Todav�a se est�n investigando muchos otros factores predisponentes, entre los cuales se incluyen el divorcio, los hogares destruidos, la persistencia de la conducta criminal en algunas familias, la escasa concurrencia a las iglesias, el hecho de que la madre trabaje fuera del hogar, la salud y el tipo de empleo. Mientras tanto, el hombre com�n puede no tener presente el hecho de que en nuestra �poca los cr�menes sumamente organizados requieren tal grado de preparaci�n e inteligencia que la educaci�n no es un factor competitivo sino complementario. Cuanto m�s inteligente es el criminal, m�s efectivo resulta el crimen. Pero es interesante observar que hasta ahora los cient�ficos sociales ingleses no han informado una correlaci�n definida entre la educaci�n y el crimen. As�, Lord Packenham public� ('Causes of Crime', Weidenfeld and Nicholson, Londres 1958) resultados de una investigaci�n sobre las causas del crimen... que incluye la siguiente observaci�n: 'Sin embargo, no creo que los distinguidos expertos que nos precedieron en la presentaci�n de evidencias, entre ellos los representantes de la National Union of Teachers, hayan afirmado que, hasta ahora, se hayan hecho muchos progresos en lo que respecta a relacionar la educaci�n con el crimen'", E. G. West, 'El caso infundado de la educaci�n estatal', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997, p. 158.
(21) "La imagen divina est� presente en todo hombre. Resplandece en la comuni�n de las personas a semejanza de la unidad de las Personas divinas entre s�...", C. Ig. C. n. 1702 (seg�n correcci�n publicada por la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires, septiembre de 1997). En contraposici�n con esto hoy en d�a "los presos se ven con frecuencia sometidos"... a "...la vejaci�n, el desprecio y la tortura" asegura Evaristo Mart�n Nieto en 'Pastoral Penitenciaria', Ediciones Paulinas, Madrid 1990, p. 17.
(22) Solemos olvidar que, cuando se comete un delito, en rigor (ver 'La violencia y la defensa propia', Cap�tulo I, Parte Primera), la naturaleza humana violada y que debe ser recuperada, es la del delincuente, no la del agredido. Ya Dem�crito (460-370 a. C.) aseguraba que "Quien comete una injusticia es m�s infeliz que quien la padece" (Frag. 45).
(23) Para tener una idea de los recursos humanos y materiales que se gastan en armamentos, leamos la siguiente cita: "... lo que est� a la venta no son los excedentes del Proyecto Manhattan (dedicado a la construcci�n de una bomba at�mica para la Segunda Guerra Mundial), sino sistemas fabricados ex profeso..." por los Estados "... para la Tercera Guerra Mundial... En 1939 cuando Albert Einstein le revel�... al Presidente Roosevelt que la bomba at�mica era factible, la Sociedad Estadounidense de F�sica ten�a solo 4.000 miembros. Casi la mitad... se unieron al proyecto Manhattan ... el presupuesto relativamente ilimitado de ese programa fue muy importante para su r�pido avance. Se le asign�... cerca de 2.000 millones de d�lares en los a�os 40, cuando los equipos de investigaci�n industrial m�s numerosos ten�an un presupuesto anual del orden de los 10 millones", Tom Clancy y Russell Seitz, '�Es Inevitable la Proliferaci�n?', Facetas no. 100, USIA, Washington DC 2/93, pp. 36-37. Ya hab�a dicho que, una vez instalado el Estado violento, muchas personas intentan sacar provecho de esta situaci�n, en lugar de trabajar productivamente para la sociedad: "Durante la noche, Bruce Jackson es presidente del Comit� de los EE.UU. para Expandir la OTAN, ofreciendo comidas �ntimas a senadores y oficiales extranjeros. Durante el d�a, es el director de planeamiento estrat�gico de Lockheed Martin Corp., el mayor fabricante mundial de armamentos. El Sr. Jackson dice que mantiene sus dos identidades separadas, pero su empresa y su grupo de lobbying est�n peleando la misma batalla. Los contratistas de (el ministerio de) Defensa est�n actuando como diplom�ticos para incentivar la expansi�n de la Organizaci�n del Tratado del Atl�ntico Norte lo que crear�a un enorme mercado para sus productos... el mercado potencial solamente para jets de caza es de 10.000 millones de d�lares...", 'U.S. Arm Makers Lobby For NATO Expansion', International Herald Tribune, Paris, June 30, 1997, p. 1. Para un an�lisis de como las econom�as 'libres' producen la paz (en raz�n de que, la libertad, permite la natural e inevitable interrelaci�n entre las personas y pueblos), en contraposici�n con las econom�as intervenidas por la coerci�n de los gobiernos, que son fuente permanente de conflictos violentos, puede verse 'Welfare States at War', H. F. Sennholz, The Freeman, The FEE, Irvington on Hudson, New York, March 1987, vol. 37, no. 3, p. 103.
(24) "El Estado, completamente durante su g�nesis, esencialmente y casi completamente durante los primeros estadios de su existencia, es una instituci�n social, forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo vencido, con el �nico prop�sito de regular el dominio de los victoriosos sobre los vencidos, y asegurarse a s� mismos contra las revueltas internas y ataques del exterior. Teolol�gicamente, este dominio no ten�a otro prop�sito que la explotaci�n econ�mica de los vencidos por parte de los vencedores... Ning�n Estado original conocido para la historia se origin� de ninguna otra manera", Franz Oppenheimer, 'The State', Fox & Wilkes, San Francisco 1997, p. 9. Seg�n Fr�d�ric Bastiat, la gran ficci�n del estatismo es aquella "por la cual cada uno trata de vivir a costa de los dem�s", 'Selected Essays on Political Economy', D. Van Nostrand Co., New York 1964, p. 144. Seg�n Blaise Pascal "Los hombres indudablemente pelearan hasta que el partido m�s fuerte se sobreponga al m�s d�bil, y un partido dominante sea establecido", Pens�es, J. M. Dent & Sons Ltd., London 1932, p. 87. Parker Thomas Moon, acertadamente, escribi� que "No son las naciones las que erigen los imperios, sino los hombres. El problema consiste en descubrir a los hombres, las minor�as activas en cada naci�n que tienen intereses concretos y se benefician directamente con el imperialismo, y a partir de all� analizar las razones por las cuales las mayor�as pagan los costos y libran las guerras...", 'Imperialism and World Politics', The Macmillan Company, New York, 1930, p. 58.
(25) 'Remembering Great Men', Imprimis, Hillsdale College, Hillsdale Michigan, May 1997, Volume 26, Number 5, p. 7.
(26) Ver 'Como el Papa venci� al comunismo', B. Lecomte, Rialp, Madrid 1992.
(27) Enc�clica 'Centesimus Annus', Roma 1991, n. 23.
(28) 'Del Rey y de la Instituci�n Real', Biblioteca de Autores Espa�oles, Rivadaneyra, vol. 31 (Madrid: ediciones Atlas, 1950), p.548 (citado por Alejandro A. Chafu�n en 'Christians For Freedom', Ignatius Press, San Francisco, USA, 1986, p. 65).
(29) Supuestamente, esta violencia, este poder coercitivo, ha sido delegado democr�ticamente por el pueblo. Semejante afirmaci�n no tiene ning�n sentido, seg�n sabemos. Efectivamente: los derechos naturales son anteriores a nuestra persona, de modo que no tenemos ninguna posibilidad de delegarlos, aun cuando lo quisi�ramos fervientemente. As� como no tenemos derecho al suicidio, porque no lo tenemos para eliminar ninguna vida humana futura, no tenemos ninguna posibilidad de delegar en nadie el ejercicio de la violencia sobre nosotros, mucho menos sobre terceros. Otros la justifican diciendo que, como, seg�n el orden natural, la autoridad del gobernante proviene de Dios, esta coerci�n del funcionario, en definitiva, proviene del Se�or de la Creaci�n (cr�ame, algunos afirman esto y no son s�lo los fundamentalistas isl�micos). Es absolutamente cierto que la verdadera autoridad, en definitiva, proviene de Dios, pero de aqu� a afirmar que as� se justifica la coerci�n del funcionario, existe un largo camino imposible de transitar (por lo menos dentro del orden natural). Porque, precisamente, si la autoridad proviene de Dios, que es en absoluto incapaz de violencia, la violencia es contraria a la verdadera autoridad que es moral.
(30) ver 'El racionalismo liberal y libertario', en el Cap�tulo III de la Parte Primera, y 'El gasto social' en el Cap�tulo VI de la Parte Segunda. "El contenido de la libertad se transforma entonces en amor propio, con desprecio de Dios y del pr�jimo; amor que conduce al afianzamiento ilimitado del propio inter�s y que no se deja limitar por ninguna obligaci�n de justicia...", Juan Pablo II, Enc�clica 'Centesimus Annus', Roma 1991, n. 17.
(31) Seg�n el Consejo Nacional Sobre Alcoholismo de los EE.UU., durante 1985 se registraron solamente 3.562 casos de muerte por el uso de alguna droga ilegal. Aun suponiendo que miles de muertes m�s, no reportadas, estuvieron relacionadas, de una forma u otra, aunque sea de modo indirecto, con el abuso de drogas il�citas, se puede concluir que la cantidad total de marihuana, coca�na y hero�na que da�a a la salud, es s�lo una peque�a parte de la que afectan el tabaco y el alcohol. Efectivamente, durante ese mismo a�o murieron alrededor de 200.000 personas por abuso de alcohol y alrededor de 320.000 por abuso de tabaco.
(32) "La definici�n tradicional de la publicidad la describe como una comunicaci�n de un auspiciante identificado a trav�s de un medio impersonal pagado", Lawrence Fisher, 'Industrial Marketing', Business Books Limited, London 1969, p. 170. "Hay que se�alar que, hasta que aqu�l (el consumidor) llega a ser consciente de una oportunidad, �sta, en un sentido real, no existe para el consumidor. As�, pues, la tarea de hacer que el consumidor 'capte' la oportunidad se convierte en parte integrante de la tarea de conseguir que dicha oportunidad est� disponible", Israel M. Kirzner, 'Competencia y Empresarialidad', Uni�n Editorial, Madrid 1998, pi� de p. 164. Apenas aparecida la televisi�n, en los Estados Unidos, pod�an verse propagandas negativas. Por ejemplo, una f�brica de autom�viles que se�alaba las ventajas de su modelo con respecto a otro de la competencia, al que calificaban de malo comparado con el propio. Hoy este tipo de propaganda, pr�cticamente, ha desaparecido. La raz�n de esto es que, los publicitarios, encontraron que, este tipo de avisos negativos, sol�an tener el efecto contrario. Es decir, la gente, por naturaleza, suele desconfiar de los negativos, los desconfiados, y, en cambio, suele ser compasiva con los agredidos. Entre los pol�ticos suele ser muy popular un dicho atribuido a Salvador Dal�: "Espero que me mencionen, aunque sea bien". Porque manejan muy bien el hecho de que, la falta de propaganda, los convierte en 'no existentes' frente a la opini�n p�blica que, de este modo, jam�s los tendr� en cuenta. "Los m�s destacados profesionales norteamericanos, como Robert Abelson, profesor de psicolog�a y ciencias pol�ticas en Yale, Donald Kinder de la Universidad de Michigan y Susan Fiske de la Universidad de Massachusetts, coinciden en que el principal factor que decide el voto es el sentimiento. Lo que resulta coherente... dado que la publicidad masiva influye casi exclusivamente en los sentimientos... De cualquier manera no deben confundirse los sentimientos sanos y v�lidos con un sentimentalismo barato... Esto no significa que los principios no sean importantes, lo son, pero en realidad son m�s importantes..." los sentimientos, Alejandro A. Tagliavini, 'C�mo decide la gente', La Prensa, Buenos Aires, 29 de marzo de 1989, p. 9. "... Van Gordon Sauter, en aquel entonces jefe de la divisi�n noticias de la CBS, aseguraba que los noticieros de las cadenas de televisi�n inevitablemente terminaban fijando la agenda de las aspiraciones nacionales de aprensi�n, j�bilo y prop�sitos, aseveraci�n conocida como 'la hip�tesis de fijar la agenda'. Esta hip�tesis sostiene b�sicamente que los espectadores imitan la televisi�n, es decir que si a lo largo de un per�odo la mayor parte de los reportajes son dedicados a un tema en particular como, por ejemplo, el tr�fico de drogas, y si entonces, d�as despu�s y fuera del contexto de la televisi�n, se le pregunta a la gente cu�l es el principal problema que enfrenta el pa�s, contestar�: el tr�fico de drogas. En definitiva, los espectadores atribuyen importancia a lo que ven en proporci�n al tiempo en que lo ven. Pero a su vez la televisi�n busca el 'rating', y es aqu� donde Shanto Iyengar y Donald Kinder, ...en su libro 'News That Matter. Television and American Opinion', se preguntan: �expresa la realidad la televisi�n o expresa la televisi�n la realidad? Es decir qui�n es primero: �la realidad o la televisi�n? ...pero probablemente la respuesta sea, justamente, la duda, y quiz� sea en esta duda en donde reside el arte de manejar este medio de comunicaci�n ...la evidencia muestra a un p�blico con una memoria limitada a las noticias del �ltimo mes y una vulnerabilidad recurrente a las de hoy. La gente no toma en cuenta todo lo que sabe y s� considera lo que le viene a la memoria, aquellos fragmentos de la memoria... que le son accesibles en forma instant�nea", Alejandro A. Tagliavini, 'El poder de la prensa', diario La Prensa, Buenos Aires, 17 de mayo de 1989, p. 9. Me parece que queda claro, pues, la peligrosidad de la propaganda masiva 'negativa' (o lo importante que resulta cuando se quieren conseguir adeptos para aquello que se menciona 'negativamente'). Personalmente, poco tiempo atr�s, pude observar un hecho por dem�s sintom�tico. Un gobierno realiz� una campa�a televisiva, supuestamente, contra la droga. El aviso en cuesti�n, terminaba diciendo "Drogas, �Para qu�?". La respuesta de los ni�os fue inmediata, sol�an repetir en la escuela: "Colegio, �Para qu�?", es decir, consciente o inconscientemente, comparaban la idea del colegio con la que la propaganda
en cuesti�n transmit�a sobre la droga. Lo m�s preocupante del caso es que, en mi opini�n, en la comparaci�n, ganaba la droga. Una cosa muy diferente es el relato 'objetivo' de un hecho puntual, por ejemplo, que un m�dico, que goza de prestigio entre los oyentes, informe que una persona particular muri� por sobredosis de coca�na, cuando se le pregunta por las causas del deceso. Porque, en este caso, el m�dico no est� intentando hacer propaganda barata, es decir, 'informando acerca de la existencia de la droga e intentando influenciar la decisi�n (supuestamente negativa) de potenciales consumidores', sino que simplemente est�, profesionalmente, relatando las causas y efectos. Lo que en realidad sucede es que la verdadera y sana publicidad no es m�s que una informaci�n (con la carga de sentimientos que esto supone), lo m�s 'objetiva' posible, acerca de las ventajas de determinado producto, y nunca un intento por sobrepasar el libre albedr�o del consumidor. Porque, en este caso, en defensa propia, de su naturaleza, de su libre albedr�o, reaccionar� (de modo espont�neo) negativamente. Su razonamiento subconsciente ser� el siguiente: "Si esta instituci�n intenta burlar mi libre albedr�o que es parte de mi m�s pura esencia, �por qu� he de confiar en sus productos y propaganda?, por el contrario, debo defenderme de ellos".
(33) Como se podr� ver, mi planteo final no consiste en 'legalizar' la droga, porque, eventualmente, �sta podr�a estar prohibida, por la verdadera autoridad (moral), dentro del Estado no coercitivo o dentro de los �mbitos privados en que se dividir�a la sociedad. M�s a�n, creo que proponer la 'legalizaci�n' significar�a, en alguna medida, desorientar al p�blico. Sin embargo, para un estudio serio del tema, ver 'Evidencias para su legalizaci�n', E. A. Nadelmann, Facetas no. 85, USIA, Washington DC 3/89.