"Contribuciones a la Economía" es una revista
académica con el
Número Internacional Normalizado
de Publicaciones Seriadas
ISSN 1696-8360
José Antonio Ascanio Barrio
ascanio.barrio@gmail.com
Donde hay justicia no hay pobreza
Confucio
La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia.
Anatole France
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Ascanio Barrio, J.A.: Sobre el principio y posterior hegemonía económico-política y militar de EE.UU tras la Segunda Guerra Mundial, en Contribuciones a la Economía, marzo 2011, en http://www.eumed.net/ce/2011a/
Preliminar
...Y el Juez Todopoderoso y Divino, que mora en la eminencia celestial, preparó
el pincel para plasmar su arte sobre el lienzo tejido con lino del
empíreo.Vestía túnica de seda blanca adamascada con panículas doradas, y calzaba
unas pantuflas de tafetán engalanadas con hilados de auríferas hebras a lo largo
de sus bordes. Sobre su cabeza se distinguía una diadema de tonos purpurinos,
que refulgía bajo los claros rayos de luz de una célica y argentada luna.
Mientras tanto, abajo, en la Tierra, envuelta en una sombría oscuridad,
producíase un gran seísmo producto de la más cruenta y colosal guerra jamás
acaecida hasta entonces: temblaron los cristales que aún resistían íntegros en
los marcos de las ventanas, resonaron con gran regocijo las campanillas de los
patios interiores, que a duras penas se sostenían sobre sus cimientos;
deslizáronse de sus anaqueles, repisas y alacenas las vajillas de vidrio y
porcelana, libros y otros enseres, que todavía reposaban sobre sus trémulas
baldas, las cuales apenas podían contener su inminente caída hacia el agrietado
suelo; doblaron sin orden ni concierto en su sinfonía las descoloridas y
polvorientas campanas de unas catedrales acribilladas a cañonazos, tañidas por
unos veleidosos badajos al son de la ira terrenal, que sacudía con gran
violencia todo lo que hallaba en su trayecto de devastación. Desplomáronse los
últimos postes eléctricos que permanecían de pie, y que abastecían de luz a las
derruidas ciudades europeas por los continuos bombardeos llevados acabo desde el
comienzo de la contienda, iniciada oficialmente por Alemania con la invasión de
Polonia el 1 de septiembre del año 1939. Los tenebrosos caminos, que se abrían
paso desde Moscú hasta Berlín, quedaban iluminados solamente en la fría y
lúgubre oscuridad por el incesante chisporrotear de los cables del tendido
eléctrico, allá donde los hubiere, que yacían esparcidos por el suelo
acompañados de impetuosas sacudidas...
***
De vuelta a las alturas preguntóle a Dios el espíritu celeste, que atestiguaba
la escena, cuál sería esta vez la imagen que su Divina mano pincelaría sobre la
sagrada tela, cuando la respuesta no se hizo esperar:
Dios: -ninguna
ángel: -¿ninguna?
Dios: -¿te cuesta entenderlo, hijo mío?
ángel: -pues sí, no lo entiendo
Dios: -¡pues es muy fácil de entender, chiquillo! Cuando se crea una imagen, ya
sea estática o en movimiento, rápidamente aparece acechante la idolatría
ángel: -¿la idolatría? ¿de quién?
Dios: -¡de quién la observa! -profiere entre gozosas carcajadas
ángel: -¿significa esto que la imagen no debe ser contemplada?
Dios: -sí y no; sí, está permitido a los Entes Divinos, como nosotros,
contemplar la imagen, pues como ya debes intuir no nos vemos reflejados en ella,
sino que la traspasamos de un modo etéreo al carecer de una forma definida, al
no poseer noción de una meta; y no, porque la imagen no debe ser contemplada por
el ser humano, pues al ser consciente de su propio entorno, tiende por ello a
idealizar la imagen en su subconsciente, creando con esto una visión subjetiva
del objeto y materializándola como una meta, lo que invita finalmente a la
idolatría
ángel: -entonces, Padre, el hombre peca constantemente en su concepción del
mundo, pues basa su efímera existencia sobre la imagen: lo que ahora denominan
cine, televisión, fotografía... y lo que desde tiempos remotos llaman arte:
pintura, escultura, arquitectura...
Dios: -y no debes olvidar que también la escritura carente de imágenes la
reproduce en su subconsciente, pero quizá no de una forma tan brusca y directa
ángel: -¿por eso les confinas a una existencia esclava de su propia imagen,
Padre?
Dios: -no, hijo mío, ¡ellos mismos se condenan a esa existencia! Al no ser
conscientes de su pecado continúan siendo paganos de sus propios vicios
ángel: -entonces, ¿cómo se les puede ayudar a vencer su idolatría?
Dios: -nosotros, los Seres Divinos, no tenemos la potestad de iluminarles el
camino, son ellos mismos los que deben hallar el sendero de la corrección para
poder romper las cadenas que les tienen sujetos
ángel: -¿y qué deben hacer para conseguir romper sus cadenas?
Dios: -deben liberarse de los preconcebidos ideales del propio ser, del ego que
les encadena, liberar de su mente todo concepto de forma y de meta, fluyendo del
mismo modo que lo hacen los elementos
ángel: -¿algunos hombres han alcanzado dicho conocimiento?
Dios: -ha habido muchos en su historia, pero muy pocos han sabido transmitirlo,
y a la vez, saber conjugarlo en teoría y práctica
ángel: -¿cúales fueron sus nombres? -pregunta con sed de conocimiento
Dios: -los nombres no importan, ésa es otra forma de idolatría
ángel: -¡dímelo, Padre!, ¡a nosotros está permitido saberlo!
Dios: -bueno, te diré uno entre muchos: Hegel
ángel: -¿y cuál es su doctrina?
Dios: -te diré sólo que nada de lo que digan o hagan los hombres escapa a su
dialéctica, ni siquiera ella misma
ángel: -por favor, ¡explícamelo escuetamente, Padre!
Dios: -viene a decir que: todo lo racional es real, y por consiguiente, todo lo
real es racional
ángel: -entonces, ¡no lo entiendo, Padre!, pues al haber sido creado el hombre a
tu imagen y semejanza, ¡tampoco nosotros como Entes Divinos escapamos a esa
dialéctica!..
Y contestóle por fin el Señor a su propio hijo que la deducción a la que había
llegado era digna de convertirlo en ser humano, cual ángel caído, para sentir en
carne propia la certeza de sus conclusiones. Y así, durante toda la eternidad,
si es que realmente existe, ha estado Dios colmando planetas como la Tierra de
almas divinas para que ellas mismas se iluminen dentro de sus cuerpos, y allanen
el camino hacia la Verdad Trascendental de su existencia. Pero, mientras todas
las almas encarnadas en simultánea existencia no conciban esta Verdad, seguirán
los hombres morando análogos "planetas azules" cegados y esclavizados dentro de
sus propias y erróneas convicciones. Y para dejar constancia de ello, decretó
Dios un orden terrenal de clases, castas, denomínense como se quiera, en el que
la justicia, y por ende, injusticia, aparece como concepto principal de su
ininterrumpida lucha.
...y sobre el lienzo de lino dibujábanse con ágiles y suntuosas pinceladas de la
mano Divina las figuras del pueblo llano, que, ataviados con vetustas
vestimentas tejidas de tosco sayal, levantan sobre sus brazos, y algunos sobre
sus hombros, el techo de la división de clases impuesta por el "Jerarca
Supremo", al que casi siempre han desobedecido ciega e ineluctablemente...
La economía estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial
1.Introducción
(Nota del autor: La bibliografía usada para la composición de esta monografia
está basada en literatura soviética de las décadas de los años 70, 80 y
principios de los 90. De esta forma, el autor cree justificada una visión
complementaria de la concepción económica del mundo capitalista imperante hasta
nuestros días, que confiere a este trabajo una interesante perspectiva
histórica).
La vigencia de este opúsculo está condicionada por la siguiente relación de
cuestiones temáticas:
EE.UU ocupa un lugar especial dentro del sistema capitalista mundial. La escala
de su economía y volumen de producción supera considerablemente a cualquiera de
los demás países capitalistas desarrollados, y es comparable, en conjunto, a
toda la escala económica de Europa Occidental.
Las principales tendencias de desarrollo económico y social dentro de la
estructura del capitalismo moderno se expresan en EE.UU de la forma más
preponderante. La posición político-militar del gigante americano lo transforma
en el centro neurálgico del imperialismo mundial, al liderar el bloque del
Atlántico Norte, y al llevar a cabo una política de reacción contra las fuerzas
de Movimiento de Liberación Nacional. El estudio de la política y economía de
EE.UU tiene un significado especial para el análisis de las leyes de desarrollo
del moderno capitalismo monopolista de Estado.
El presente opúsculo está consagrado a uno de los países capitalistas más
desarrollados. El objetivo es efectuar un examen exhaustivo de los principales
procesos y problemas del desarrollo socio-político y económico de EE.UU durante
el siglo XX, y particularmente a comienzos de los años noventa en comparación
con el periodo precedente. Se ofrecen datos estadísticos pertenecientes al
periodo de posguerra, subrayando de forma detallada el último periodo. El
objetivo de este trabajo es tratar de destacar los problemas más importantes del
desarrollo de EE.UU, iluminar los fenómenos más recientes y actuales e intentar
poner de manifiesto los problemas específicos de este país en comparación con
otros países capitalistas desarrollados.
La década de los años setenta y principio de los ochenta fue para Estados Unidos
un periodo de grandes conmociones políticas y económicas. El ritmo de
crecimiento de la economía norteamericana se redujo en comparación con los años
sesenta, y durante el periodo de 1974-1975 se desarrolló la más profunda crisis
económica tras los años de la posguerra, que se vio acompañada de diversas
crisis estructurales (sector energético, materias primas, divisas financieras,
medioambiente). Consecuencia inmediata de esta crisis fue el aumento brusco del
paro, la inflación se volvió un grave problema, que acabó debilitando la
posición del dólar. Las formas ya establecidas y enraizadas de regulación del
monopolismo de Estado resultaron ser ineficaces a la hora de hacer frente a esta
compleja problemática, y durante el transcurso de toda la década se efectuó la
búsqueda de modos de ajuste del capitalismo norteamericano a través de las
condiciones cambiantes de su particular desarrollo. Al finalizar la década se
agudizaron de nuevo los problemas económicos. En 1980-1982 se desencadenó una
nueva crisis económica, durante cuyo transcurso el número de parados superó la
cifra de 10 millones. La inflación sigue constituyendo un gran problema.
Las dificultades económicas impusieron su huella en las relaciones sociales. Los
trabajadores norteamericanos mantienen una persistente lucha por la conservación
del nivel de vida alcanzado y las conquistas sociales obtenidas en la lucha de
clases.
La posición de EE.UU en el mundo moderno es complicada y contradictoria.
Emergiendo con la pretensión de dirigir el mundo, la potencia principal del
imperialismo a principios de los años noventa se encontraba en una posición
débil. Los recursos para llevar a buen término la lucha contra el movimiento
obrero y de Liberación Nacional, para imponer su voluntad sobre otros países y
pueblos, resultaron sustancialmente disminuidos. Junto con el objetivo de
ahondar en la división internacional del trabajo, se dictaba una participación
más amplia del país en las relaciones económicas mundiales, lo cual exigía una
corrección más que sustancial en las relaciones con muchos países. A principios
de los años noventa Estados Unidos tuvo que moderar un poco su ambición global,
distender la tensión internacional, mejorar la relaciones
soviético-norteamericanas, llevar a cabo una conocida modificación en las
relaciones con otros países capitalistas y, especialmente, con los países en
vías de desarrollo. A pesar de ello, continuaron actuando en el país las viejas
tendencias de política imperialista, que con creciente fuerza se dieron a
conocer a mitad de aquella década. Entre las décadas de los años ochenta y
noventa, se declaró de nuevo el rumbo hacia la hegemonía imperialista
norteamericana.
EE.UU salió a la palestra internacional a finales del siglo XIX, adelantando a
todos los países del mundo en volumen de producción industrial. A las puertas
del siglo XX los ideólogos norteamericanos del imperialismo comenzaron a
predicar activamente la idea de la conquista de la hegemonía mundial. Ellos
afirmaban que, ocupando el primer puesto en la economía mundial, el país tenía
que ocupar también el primer puesto en política global. EE.UU comenzó entonces a
seguir una política expansionista, se encaminó hacia una lucha activa por el
mercado del comercio, por las fuentes de materias primas y las esferas de
aplicación de capital (inversión). En terminología política aparecieron
conceptos tales como "la política del gran garrote", "la diplomacia del dólar" y
otros. Lenin explicó la singular agresividad del imperialismo norteamericano por
su potencia económica y también porque salió al ámbito internacional cuando
todas las colonias ya habían sido repartidas.
Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial EE.UU se apostó como la principal
potencia imperialista, convirtiéndose en su centro político, en su principal
fuerza militar de choque, apoyándose sobre la más poderosa economía. Los líderes
norteamericanos suponían que la situación establecida predeterminaría la
supremacía mundial de su Estado.
El famoso escritor y periodista Walter Lippmann escribiría: "En aquellos tiempos
EE.UU parecía omnipotente. Poseía el monopolio nuclear, una incomparable riqueza
y una poderosa economía. En aquella época el poderío y los recursos de EE.UU
habían alcanzado tal magnitud que embriagaban literalmente. Fue precisamente
entonces cuando se originó -continuó Lippmann-, la "grandiosa" idea de que el
mundo entero representa una esfera vital para los intereses de Norteamérica, que
es necesario defender a toda costa con la ayuda de las armas".
Examinemos todo esto más detalladamente en nuestra exposición.
Influencia de la Segunda Guerra Mundial sobre la economía estadounidense
2. Los resultados económicos de la Segunda Guerra Mundial
Para EE.UU las dos guerras mundiales sirvieron de escalón para obtener el
liderazgo económico y político del mundo capitalista.
Aislado de los centros de acción bélica entre dos océanos, EE.UU no sufrió daño
alguno en su propio territorio. Las bajas de sus tropas fueron insignificantes.
Al mismo tiempo su economía se enriquecía con los suministros bélicos,
sirviéndose del debilitamiento temporal de sus competidores, y logrando una
consolidación sin precedente de sus posiciones financiera, política y bélica.
Durante los años de la Segunda Guerra Mundial la producción industrial de
Estados Unidos fue creciendo a un ritmo dinámico, y se incrementó en más del
doble durante el periodo de 1939-1944. Lo cierto es que la capacidad industrial
del país se desarrolló de una forma muchísimo más lenta: su expansión rondaba
aproximadamente el 30%. El crecimiento del volumen de la industria se logró en
gran medida a expensas de una explotación más efectiva de los recursos
anteriormente inactivos o menos sobrecargados y por la disminución del número de
parados. De este modo, se confirmó el trágico carácter del capitalismo al
utilizar plenamente las fuerzas productivas de la sociedad sólo en condiciones
de guerra mundial.
La guerra influyó sustancialmente tanto en la escala, como también sobre la
estructura económica norteamericana. Creció a un ritmo acelerado la capacidad
industrial de la metalurgia tanto ferrosa como no ferrosa. Aumentó notablemente
el peso específico de la tecnología punta: por ejemplo, se sextuplicó la
producción de aluminio durante los años bélicos; la fabricación de aviones se
multiplicó por dieciséis, y la producción de caucho sintético en más de 400
veces. Uno de los resultados de la Segunda Guerra Mundial más importantes para
EE.UU fue la creación de una gran industria militar, que tenía un gran valor no
sólo en la escala económica del país, sino también en el ámbito político.
La Segunda Guerra Mundial intensificó extraordinariamente la concentración de la
industria de EE.UU. Se multiplicó por siete el número de grandes empresas que
tenían una plantilla de más de 10.000 trabajadores. En 1944 se alcanzó la
estadística empresarial del 30,4% de obreros en toda la industria transformadora
estadounidense. La concentración de la industria se vio acompañada por la
acumulación y centralización de capital y por el reforzamiento del poder de los
grandes monopolios. Fueron precisamente las grandes corporaciones las que
disfrutaron de notables privilegios durante la guerra: suyas eran la propiedad
de los pedidos de suministros bélicos del Gobierno, se les otorgó el derecho de
obtención de productos y materias primas deficitarias, y se les concedieron unas
condiciones extraordinariamente provechosas de amortización. Los monopolios
obtuvieron de forma gratuita, o por medio de pagos simbólicos, las empresas de
explotación que habían sido edificadas con presupuesto gubernamental. Como
resultado de esto las ganancias netas de estas corporaciones se triplicaron
durante la guerra en comparación con años anteriores, y el tanto por ciento de
las cien corporaciones más grandes de la industria transformadora estadounidense
se incrementó durante estos años del 30 al 70%.
La guerra aceleró el proceso de intensificación de la producción agrícola. La
enorme demanda de productos agrícolas por parte del Estado (para abastecer a las
fuerzas armadas estadounidenses y obtener suministros para el plan Lend-Lease),
y en parte por la población (debido al aumento de la ocupación), varió la
correlación de precios a favor de los granjeros. Durante los años que duró la
contienda bélica la producción agrícola creció casi un 40%. Sin embargo, sólo
menos de la mitad de las granjas americanas supieron sacarle provecho a los
frutos de la intensificación de la industria y de los elevados precios: la
mecanización y quimización de la agricultura reforzaron las posiciones de los
grandes productores, aceleraron el proceso de "lavado" de las pequeñas y,
también en parte, haciendas agrícolas medianas.
El ciclo económico de EE.UU (a diferencia de los países de Europa Occidental y
Japón), no fue interrumpido por la guerra, solamente se vio sometido a una
sustancial deformación. Debido a que el desvío de una parte de la producción
social del sector I, destinado a gasto militar, amplía el plazo de reproducción
de los elementos del capital fijo en los sectores civiles, la duración del ciclo
económico puede aumentar en este sentido. El ciclo económico que comenzó en
EE.UU antes de la guerra se prolongó durante once años, desde 1937 a 1948.
La Segunda Guerra Mundial tuvo además otra importante consecuencia: contribuyó
junto a otros factores a la eliminación del sincronismo del ciclo capitalista
mundial. El asincronismo en el desarrollo del ciclo económico de Estados Unidos
y otros países capitalistas creó las condiciones para una superación más rápida
de la superproducción en vías de expansión de la economía externa
norteamericana.
La Segunda Guerra Mundial creó las condiciones propicias para el desarrollo
económico de EE.UU. Precisamente a finales de la década de los años cuarenta es
cuando se hace visible el poderío económico-militar de la nación de las barras y
estrellas. Gracias a los pedidos bélicos y a la "inyección" por parte del Estado
de enormes cantidades de dinero para la ampliación y modernización de la
industria, EE.UU se hizo poseedor del 60% de la capacidad industrial del mundo
capitalista. La agricultura estadounidense obtuvo bajo condiciones de coyuntura
bélica un impulso hacia una reconstrucción radical de sus bases técnicas.
Durante el periodo bélico la economía norteamericana resultó protegida no sólo
de la prolongada demanda agraria, sino también de las crisis cíclicas de
sobreproducción. Debido a esto, y también como consecuencia de las grandes
pérdidas sufridas por el potencial económico de los otros países participantes
en la guerra, la parte de EE.UU de la producción mundial capitalista creció
durante el periodo de 1937-1947 del 35 al 56%, y en la exportación mundial
capitalista del 14 al 33%. La exportación de productos norteamericanos a los
países combatientes contribuyó al "engorde" en oro de Estados Unidos - hacia el
final de la guerra había acumulado aproximadamente las 2/3 partes de las
reservas de oro mundial.
Un reflejo incuestionable del liderazgo económico de EE.UU en los primeros años
de la posguerra fue el posicionamiento privilegiado del dólar como moneda de
reserva. Afianzado por las decisiones de la Conferencia Monetaria y Financiera
Internacional de Bretton Woods (1944), el papel del dólar como moneda principal
de pagos y saldos internacionales, junto con su cotización mantenida al alza
artificialmente durante largos años, contribuyeron a la salida de capital de
Estados Unidos y al crecimiento de su imperio extranjero.
3. La reconversión de la posguerra y el desarrollo cíclico de la economía a
finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta
El problema de trasladar la economía militarizada norteamericana a terreno
pacífico comenzó ya a realizarse en el año 1944. La Dirección Estatal de
Movilización Bélica y Reconversión dirigió sus esfuerzos en la resolución de los
problemas surgidos en relación con el máximo aprovechamiento del gran capital.
Debido a la supresión del control sobre los precios el beneficio de los
monopolios aumentó de forma brusca - en 1946 resultó ser 1,5 veces superior al
beneficio más elevado obtenido durante el periodo de guerra. También contribuyó
al enriquecimiento de las grandes corporaciones la venta de 2800 fábricas
estatales construidas durante la guerra. Las empresas estatales pasaron a manos
de los principales monopolios con una media del 60% de sus precios nominales.
La reconversión de la economía en correspondencia con los tiempos de paz se
convirtió en la principal causa de reducción de la industria en 1945-1946, cuya
consecuencia hizo que la ocupación de la industria y el transporte se redujese
notablemente. Se unieron también a la creciente cifra de desempleados los miles
de soldados recién licenciados de las Fuerzas Armadas estadounidenses.
La preocupación principal que siguió al período de reconversión de recuperación
económica consistía en la necesidad, que se fue acumulando durante los años que
duró la guerra, de actualización del capital social en las industrias civiles.
También contribuyeron al crecimiento del volumen de la industria un incremento
récord de la exportación mercantil a los países europeos devastados por la
guerra, la demanda aplazada de la población estadounidense de bienes de consumo
(incluyendo vivienda y automóviles) y la ampliación del crédito al consumo. No
obstante, ya en 1948 la economía de Estados Unidos entró en una crisis de
superpoducción que concluía el dilatado ciclo económico de 1937-1948.
El denominado "Plan Marshall" (apellido del Secretario de Estado del Gabinete de
Gobierno de aquella época), que consistía en un plan a gran escala de "ayuda" a
los países de Europa Occidental víctimas de la guerra, contribuyó en cierta
medida a mitigar la crisis de los años de 1948-1949, y al desarrollo del
posterior auge industrial del país. Durante el periodo de 1948-1952 fueron
exportados a los países de Europa Occidental bienes de consumo y capital cuya
suma total alcanzó la cifra de 17.000 millones de dólares (cerca del 4% de la
Renta Nacional de estos países). EE.UU se lanzó a presentar el "Plan Marshall"
como una medida económica e incluso filantrópica. Sin embargo, en realidad tenía
un significado de carácter preferentemente bélico-político: el afianzamiento no
sólo económico, sino también la influencia política de EE.UU en Europa, la
contribución al restablecimiento del potencial económico y la desmilitarización
de Alemania, la inmediata preparación para la unificación de la Europa
capitalista hacia una unión bélica agresiva bajo la égida de EE.UU, hacia la
formación de la OTAN.
El auge industrial de principios de la década de 1950 incentivó el aumento del
presupuesto militar por parte del Gobierno debido a la intervención en Corea -
desde 1950 a 1953 se multiplicó por cuatro dicho presupuesto. La producción
global de la industria transformadora (de manufactura) se acrecentó durante este
periodo en un 40%. Por lo demás, este auge resultó ser breve, ya que en 1953
comenzó otra inminente crisis de superproducción.
La llegada de esta última crisis coincidió al mismo tiempo con el final de la
Guerra de Corea. La reducción del presupuesto militar resultó sin embargo ser
insignificante, y no pudo ejercer por ello un impacto decisivo en la dinámica
productiva. La crisis tenía un carácter cíclico según su trasfondo. El descenso
de la producción industrial fue semejante al de la crisis de 1948-1949 (9,1%),
pero en lo referente a su duración incluso la superó (13 meses).
Un rasgo particular de la activación y auge de la economía tras la crisis de
1953-1954 fue la reducción comparativamente insignificante del desempleo. Desde
mediados de los años cincuenta se reanudó el problema crónico del paro.
La crisis cíclica que comenzó en el año 1957 resultó ser la más grave de todo el
periodo de posguerra precedente. El descenso de la producción industrial rondaba
el 12,6%. La fase de la crisis se prolongó durante nueve meses, pero el nivel de
producción existente antes de la crisis sólo pudo ser restablecido al cabo de
dos años y dos meses. El "comportamiento" de los precios fue inusual - por
primera vez en la historia de las crisis cíclicas, no sólo no cayeron, sino que
continuaron subiendo, obstaculizando la salida de los excendentes de mercancías.
La inflación seguida del desempleo crónico se convirtió en un acompañante
permanente del capitalismo. Fue característico que la crisis de los años de
1957-1958, la sufrieran no sólo EE.UU, sino también otros países capitalistas.
Esto dificultaba el proceso de salida de la crisis.
Así pues, para EE.UU durante la segunda etapa de crisis general del capitalismo
fue característica una agudización de la desigualdad del desarrollo económico.
Tras quince años de posguerra las crisis de superproducción afectaron a la
industria nacional en cuatro ocasiones, aunque se diferenciaron de las crisis de
preguerra por una profundidad y duración menor del descenso de la industria. En
lo referente a la agricultura estadounidense se reanudó la crisis crónica
agraria. Los precios de la producción de las granjas agrícolas comenzaron de
nuevo a caer. Se comenzó de nuevo a abonar a los granjeros unas bonificaciones
especiales por la reducción de las áreas de cultivo. Aproximadamente el 80% del
capital asignado por el Gobierno fue a parar a manos de los granjeros más
acaudalados. Al mismo tiempo continuó la revolución tecnológica de la industria
agraria comenzada durante la guerra. La productividad laboral agraria creció en
aquellos momentos a un ritmo acelerado en comparación con las esferas básicas de
producción material. La industrialización de la agricultura estadounidense
aceleró la depauperación en masa de los granjeros, y condujo a la reducción de
la población agraria - en 1955 formaba el 11,6% de la población estadounidense,
frente al 18% del año 1945 y el 23% de 1940.
El agravamiento de los problemas económicos de EE.UU condicionó la
militarización de la economía durante el periodo de posguerra. Durante los
primeros quince años de posguerra EE.UU destinó a gastos militares más de
500.000 millones de dólares. Esta cantidad fue aproximadamente cuarenta veces
mayor que durante los quince años que antecedieron a la Segunda Guerra Mundial.
Se desarrolló ampliamente el sistema de bases militares de EE.UU en el
extranjero. Además, Estados Unidos gastó muchos miles de millones de dólares en
el equipamiento armamentístico de otros países capitalistas pertenecientes a la
OTAN.
Los gastos de Defensa se financiaron en gran medida a expensas de la deuda
nacional que se multiplicó por nueve desde 1939 a 1960. Este factor, junto a
otros (como la práctica monopolista de formación de precios, la política
crediticia del Gobierno, etc) provocó una rápida inflación. A partir de la
Segunda Guerra Mundial el poder adquisitivo del dólar cayó ininterrumpidamente y
hacia el año 1955 apenas superaba ya el 50% del nivel de 1939. La militarización
contribuyó en gran medida a la agudización del problema crónico del paro, debido
en primer lugar al desvío de los grandes recursos materiales hacia un propósito
no productivo, que inhibió el ritmo general de crecimiento económico del país, y
en segundo lugar, debido a que la estructura orgánica del capital de la
industria militar era más elevado que en la industria civil.
De forma paralela, durante los años de la segunda etapa de la crisis general del
capitalismo continuó el reforzamiento de la posición de EE.UU en la economía
mundial capitalista. Precisamente en 1940-1950 se formó el proteccionismo
tecnológico de EE.UU respecto a los países de Europa Occidental y Japón, aunque
la parte de EE.UU de la producción industrial del mundo capitalista comenzó ya
en los años cincuenta a reducirse (del 54,5% en 1950 al 46% en 1960).
Ya durante los años de la guerra, y una vez concluida ésta, destinó EE.UU una
gran partida presupuestaria dirigida a Investigación y Desarrollo.
Aproximadamente diez años antes que otros principales países capitalistas, en
EE.UU se llevó a cabo el desarrollo de muchos nuevos sectores de tecnología
avanzada: de producción electrónica, de gran variedad de tipos de plástico, de
materiales sintéticos, etc. El nivel de productividad laboral era el indicador
general de la superioridad tecnocientífica alcanzada por EE.UU sobre sus
principales competidores. En 1955 la productividad laboral de Gran Bretaña y la
República Federal Alemana rondaba aproximadamente el 40% de la productividad
laboral estadounidense, en Francia el 44% y en Japón sólo el 17%.
EE.UU utilizó activamente su proteccionismo tecnológico, así como también el
estatus del dólar como moneda principal de reserva en pos de la expansión de la
economía externa. Las inversiones de los Trust y consorcios norteamericanos
crecieron en el extranjero durante la posguerra 1,5 veces más rápido que en el
interior del país. La suma de los ingresos de las inversiones de Estados Unidos
en el extranjero aumentó durante los primeros quince años de posguerra en más de
cuatro veces. EE.UU se convirtió en el centro neurálgico de las empresas
transnacionales más grandes del mundo. Estas últimas se hicieron con el control,
con apoyo del Gobierno, del suministro para consumo interno de materias primas
baratas de importación al precio de una cruel explotación neocolonial de países
en vías de desarrollo. El primer lugar lo ocupaban las inversiones petrolíferas
de América Latina y Oriente Próximo.
Las multinacionales se convirtieron durante este periodo en los más grandes
monopolios industriales y bancarios de Estados Unidos: en 1960 nueve bancos
norteamericanos tenían ya cerca de cien filiales extranjeras.
Durante los años de la segunda etapa de la crisis general capitalista en EE.UU
continuó el desarrollo del sistema de regulación estatal monopolista. Su
particularidad consistía en un papel relativamente pequeño del sector estatal:
por ejemplo, avanzando un poco en el tiempo, hacia mediados de los años ochenta
en las empresas públicas se obtuvo una producción total del 1 al 2% de toda la
producción industrial. La propiedad estatal se concentra básicamente en la
esfera de producción de infraestructuras (canales, aeropuertos, vías de
ferrocarril, etc). Una gran parte de la propiedad estatal lo forma el fondo de
terrenos públicos. Por último, un rasgo característico de EE.UU es el alto grado
de militarización de la propiedad estatal: a finales de los años cincuenta casi
el 40% de todo el presupuesto estatal estaba destinado a fines militares.
El enriquecimiento de los monopolios norteamericanos y el desarrollo de una
regulación estatal monopolista de la economía estadounidense no condujeron al
mejoramiento de la situación de las grandes masas de trabajadores. Por el
contrario, durante el transcurso de la reconversión de posguerra su nivel de
vida se redujo bruscamente. Debido a la reducción de la semana laboral y al
crecimiento del paro, el salario nominal de los trabajadores cayó un 30-50%. Al
mismo tiempo, los precios de los productos de primera necesidad se alzaron
bruscamente, especialmente tras la supresión en 1946 del control estatal sobre
los precios.
Los trabajadores se vieron obligados a luchar por la conservación de sus
ingresos reales. A lo largo y ancho del país comenzó a surgir una oleada de
grandes huelgas. En 1946 el número de huelguistas superó la cifra de 4,5
millones de personas, que batió un récord histórico en las huelgas de Estados
Unidos. Con el fin de bloquear el movimiento obrero, y también con objeto de
luchar contra la influencia creciente de ideas comunistas, el congreso de EE.UU
aprobó en 1947 la reaccionaria "Ley de Relaciones Laborales", conocida también
como "Ley Taft-Hartley". Con esta ley se asestó un golpe demoledor a los
derechos sindicales logrados durante los años de la presidencia de F.D.
Roosevelt. Comenzó una manifiesta "caza de brujas" sobre los miembros del
Partido Comunista de Estados Unidos. A principios de la década de 1950 se
recrudeció la ofensiva contra el Partido Comunista, durante el espinoso periodo
del "Macarthismo". La guerra fría de la política internacional se transformó
dentro del país en una vigilancia e intimidación total de la población, en
persecuciones no sólo de políticos progresistas, sino también de figuras
públicas y políticos de tendencia burgués- liberal, en la declaración del
Partido Comunista de Estados Unidos como ilegal, etc.
A la par, continuaba empeorando la posición económica de los trabajadores
estadounidenses: comenzando por la segunda mitad de la década de 1950, el
movimiento obrero experimentó una doble opresión: el desempleo crónico y la
inflación reptante. El conjunto de gente sobrante, que no fue reabsorbido ni
siquiera durante las condiciones de crecimiento económico, alcanzó en 1960 los 4
millones de personas. El Indice de Coste de la Vida aumentó hacia el año 1960 un
10% con respecto al año 1955 y un 23% en comparación a 1948.
La mayor parte de la población explotada del país percibió de forma inmediata
las consecuencias del agravamiento de la crisis del capitalismo tanto en la
esfera económica como política.
4. Tendencias generales del desarrollo de la economía de EE.UU desde los años
sesenta hasta los noventa
En la década de 1960 la economía de Estados Unidos entró en recesión, a pesar
del crecimiento económico que se prolongaría hasta finales de dicha década.
Desde 1962 a 1966 se prolongó el auge industrial, y en 1967 comenzó una recesión
gradual hacia una crisis cíclica. Sin embargo, el aumento brusco del gasto
militar, debido a la intervención en Vietnam y la política activa del Estado de
estimulación del crecimiento económico, permitieron postergar la inminente
llegada de la crisis hasta el mismo año de 1969. Así pues, la década de los años
sesenta representó un periodo comparativamente estable de crecimiento económico.
La propaganda burguesa aprovechó el momento para anunciar la llegada de una
inminente "prosperidad". Se admitía incluso, que gracias a la regulación
económica estatal de EE.UU, se logró, por fin, liberarse de las crisis cíclicas.
Además, la crisis de 1960-1961 fue más débil que todas las precedentes (8,6%)
según el índice de reducción de producción industrial, y no existió fase de
depresión tras ella. Pero también esta vez (al igual que en los años 20), las
ilusiones relativas a un "florecimiento" económico se desvanecieron rápidamente.
La producción industrial de los años sesenta creció a un ritmo comparable al más
alto de la historia de EE.UU. Por ejemplo, en 1965 constituyó el 8% y en 1966
alcanzó el 10%. Solamente durante el periodo de 1961-1966 el Indice de
Producción Industrial se incrementó en un 42%. Sin embargo, era evidente que
este crecimiento se produjo sobre una base inflacionaria anormal.
Los presidentes J.F Kennedy y L.B Johnson (1961-1969) aceptaron como base de su
política económica el continuo aumento de la deuda estatal como un medio de
mantenimiento de la industria a un alto nivel. El equilibrio presupuestario fue
declarado obsoleto y la inflación moderada fue calificada de provechosa. Como
resultado de sus ocho años de presidencia (dos años y diez meses de J.Kennedy y
los restantes de L.Johnson), la deuda estatal aumentó en 68.000 millones de
dólares (en los ocho años precedentes a estos respectivos mandatos dicha deuda
sólo fue de 23.000 millones de dólares), y en EE.UU la circulación monetaria
aumentó en conjunto durante los años sesenta en más del 50%. Fue precisamente
durante estos años cuando se fueron creando las condiciones decisivas que,
posteriormente en lo años setenta, terminarían por agravar del todo el problema
de la inflación: su carácter reptante acabaría transformándose en galopante.
La "prosperidad" no se hizo extensiva a la agricultura estadounidense, que
continuó inmersa en los años sesenta en una grave crisis de superproducción. El
Gobierno gastó cerca de 5.000 millones de dólares anuales en el pago de
bonificaciones a los granjeros por la reducción de las superficies de cultivo.
Sin embargo, sólo pudieron gozar de esta "ayuda" las grandes explotaciones
agrarias. El proceso de concentración de la producción agrícola obtuvo, de esta
forma, un impulso adicional, pero el peso específico de la población agraria
estadounidense continuó reduciéndose del 8,7% en 1960 al 4,8% en 1970.
En la década de 1960, a pesar de las favorables condiciones económicas internas
del país, comenzó un notable deterioro de las condiciones de la economía externa
norteamericana. Los países de Europa Occidental y Japón, terminada ya su
recuperación de posguerra, adelantaron a EE.UU no sólo en el ritmo de
crecimiento económico, sino también en el ritmo de crecimiento de la eficiencia
productiva. Comenzó a reducirse el proteccionismo tecnológico de Estados Unidos
respecto a sus principales competidores. En particular, contribuyó a ésto la más
pesada carga de la militarización, que frenaba el progreso técnico de la
economía estadounidense en el sector civil. Influyeron negativamente sobre la
competitividad de los productos norteamericanos el elevado ritmo de la inflación
de la economía doméstica estadounidense. Como resultado de esto, a mediados de
la década de 1960 la balanza comercial de Estados Unidos empeoró paulatinamente,
y en 1971, por primera vez desde el año 1893, dicha balanza se vio reducida
debido al déficit. La cuota de EE.UU de la exportación mundial capitalista se
redujo del 33% en 1947 al 15,5% en 1970.
Se agudizó especialmente el problema del déficit de la balanza de pagos. La
causa principal de su aparición fueron las excesivas pretensiones de EE.UU de
dominio del mundo, de militarismo. Este déficit crónico de la balanza de pagos
condujo a la reducción de las reservas de oro de EE.UU. De esta forma, se
impusieron las condiciones decisivas de la crisis del dólar como moneda
principal de reserva.
Fue precisamente en aquellos años de la década de 1960 cuando se hizo patente
que los inmensos gastos militares de EE.UU no fueron capaces de reforzar las
posiciones de la política exterior del imperialismo norteamericano. La
victoriosa Revolución Cubana, el fracaso de la guerra de Vietnam, el crecimiento
de ánimos anti-norteamericanos de muchos países en vías de desarrollo,
demostraron de modo convincente todo esto. En los años sesenta 3/4 partes de las
inversiones de EE.UU en el extranjero iban ya dirigidas hacia países "seguros"
con una industria desarollada, y sólo 1/4 parte hacia países en vías de
desarrollo. Sin embargo, estos últimos países continuaron siendo, como antaño,
la principal fuente de obtención de enormes beneficios de las inversiones
extranjeras de EE.UU.
Los años sesenta, en especial su segunda mitad, son conocidos en la historia de
EE.UU como un periodo de "alta tensión" de conflictos sociales. A las
reivindicaciones económicas de los trabajadores se sumaron también las
reivindicaciones políticas. Una de las más numerosas fue la del cese de la
vergonzosa agresión de EE.UU sobre Vietnam. Además, la quiebra del sistema
colonial en el mundo animó a la población afroamericana de Estados Unidos a
librar la batalla decisiva por los derechos tanto económicos como civiles de su
minoría. Por último, se desplegó de una forma holgada y extraordinaria el
movimiento estudiantil.
La ambigua "prosperidad" de EE.UU terminó con la llegada de la crisis de
1969-1970. Esta crisis no fue especialmente grave, ya que la caída de la
producción supuso solamente un 8,1% durante este periodo. Sin embargo, sí que
tuvo un gran significado, ya que se produjo durante las condiciones del
prolongamiento de la guerra de EE.UU en Indochina. La coyuntura bélica dejó de
servir a EE.UU como remedio de la crisis. Además, los sectores militares más
desarrollados técnicamente sufrieron una recesión especialmente significativa.
Se sumaron a las colas del paro no sólo los obreros, sino también miles de
ingenieros, científicos y especialistas técnicos de estos sectores. La crisis de
1969-1970 acabó por enterrar el mito de la "era de un desarrollo sin crisis" de
la economía norteamericana.
En los años setenta y principios de los ochenta, EE.UU sufrió crisis comparables
en su escala a la crisis de los años de 1929-1933. Se añadieron por primera vez
a la historia de las crisis cíclicas de superproducción las crisis estructurales
de materias primas, del sector energético y de contaminación ambiental. Por
primera vez en tiempos de paz el ritmo de desarrollo del proceso inflacionista
se expresó en cifras binarias. Se hizo característica (especialmente desde el
momento de la crisis de 1974-1975) la brusca disminución del ritmo de
crecimiento económico, y también la ralentización, o más exactamente, la
interrupción del crecimiento de la productividad laboral de la sociedad. Si
durante los años de 1951-1973 el ritmo de crecimiento del Producto Interior
Bruto (PIB) de EE.UU constituía como media el 3,9% anual, desde el año 1974
hasta 1980 alcanzó solamente el 1,9%, y la productividad laboral durante el
periodo de 1973-1980 obtuvo un crecimiento nulo. Como telón de fondo de estos
graves problemas se hizo patente la manifiesta crisis del establecido sistema
estatal de Regulación Monopolista de la Economía (RME). Continuó el
debilitamiento de la posición económica de EE.UU en el sistema capitalista
mundial. Tuvo lugar una reducción absoluta de los ingresos reales de los
trabajadores estadounidenses.
La caída del dólar y del Indice de Confianza del Consumidor, y la huida en masa
de la influencia del dólar en el mercado capitalista mundial obligó al Gobierno
de EE.UU a renunciar al intercambio en oro de su moneda y devaluarla dos veces
(en 1971 y 1973). Se derrumbó el patrón oro-dólar formalizado durante la
conferencia de Bretton Woods de 1944. Comenzó el periodo de irregularidad
monetaria que continúa hasta hoy día, durante el cual EE.UU ha seguido
utilizando su mantenida posición de privilegio del dólar en pos de la
explotación del mundo capitalista, y también para la aplicación de un perjuicio
económico directo de la posición de sus competidores.
El comienzo de la década de 1970 se caracterizó por un cambio radical en la
relación de precios en el mercado capitalista mundial, es decir, la variación en
la relación de precios entre producto terminado y materia prima, favoreciéndose
a esta última. El origen de este cambio radicaba en la crisis del sistema
neocolonial de explotación de los recursos naturales de los países en vías de
desarrollo, en combinación con la estrategia monopolista de las más grandes
multinacionales (sobre todo norteamericanas) de control de los precios sobre las
materias primas. Por ello, en tan sólo dos años (1973-1974) los precios
mundiales del petróleo y de las materias primas se multiplicaron por cinco, el
precio del trigo subió 2,5 veces, y en más de 1,5 el de metales y minerales.
Como consecuencia de esto, EE.UU se vio obligado a incrementar el gasto en las
importaciones de las materias primas. El desarrollo del proceso inflacionario
recibió un estímulo adicional. El Gobierno desarrolló un plan nacional a largo
plazo de reestructuración económica en conformidad con la nueva estructura de
los precios mundiales, ante todo en correspondencia con el incremento brusco del
nivel real de los precios del petróleo, que aumentó 6,5 veces durante el periodo
de 1970-1982.
La crisis estructural energética y de materias primas aceleró la llegada y el
agravamiento de la crisis cíclica económica del periodo de 1974-1975, que
resultó ser la crisis más destructiva de todo el periodo tras la posguerra. La
caída de la producción industrial alcanzó el 10,3%, y la duración fue de
dieciséis meses. También contribuyó a ésto un incremento de los precios jamás
observado hasta entonces, a pesar de la reducción de la industria. En 1974, por
primera vez en tiempos de paz, el ritmo de inflación llegó a ser del 10%. Fue de
récord la caída de inversión de capital durante las crisis posteriores a la
posguerra (un 27,6% durante 1974-1977), el aumento del paro (llegó al 8,2% de la
población activa), y el número de quiebras dentro de la esfera de la industria y
del crédito. La brusca reducción del salario real de los trabajadores
norteamericanos (supuso el 5% durante 1974-1975) contribuyó a establecer un
nuevo récord según el índice de descenso de la Demanda de Consumo. Sucedió de
una forma prácticamente simultánea el descenso de la industria de EE.UU, Japón,
la RFA, Francia, Inglaterra, Italia, extendiéndose la crisis de este modo a todo
el comercio capitalista mundial. En 1975 la exportación norteamericana se redujo
un 2,6% (en precios constantes) lo que agravó más la crisis interna de la
economía.
En suma, el particular trasfondo de la crisis de 1974-1975, la coexistencia de
la recesión y de la inflación (estanflación) y el entrelazamiento de toda una
serie de crisis estructurales condicionaron el periodo excesivamente largo (20
meses) de reconstitución del nivel económico de EE.UU de antes de la crisis. El
posterior auge económico se diferenció por una constante inestabilidad.
La nueva crisis cíclica comenzada en 1980 batió todos los récords de la crisis
precedente - por la duración general y tasa de descenso de la industria (20
meses y 12,4% respectivamente), por las dimensiones del paro (9,7% de la
población activa), por la reducción del consumo privado y las quiebras a gran
escala. El aumento de la fuerza destructiva de las crisis de superpoducción de
EE.UU pone de manifiesto de forma contundente la debilidad del capitalismo a la
hora de superar el agravamiento de su crisis general.
La crisis de 1980-1982 vino acompañada de los rasgos característicos de las
crisis cíclicas de la economía capitalista de EE.UU de comienzos de los años
setenta. Esto se refiere sobre todo al carácter estanflacionario de la economía
en conjunción con las crisis estructurales de larga duración. Igual que a
mediados de los años setenta la reproducción económica durante el periodo de
crisis fue adicionalmente alterada por el aumento brusco del precio del
combustible y de la energía, a causa del denominado "shock del petróleo" de
1979. Las mayores difucultades recayeron sobre una parte de los sectores de gran
capacidad industrial, como la siderurgia y metalurgia no ferrosa, la industria
química, y también la industria automovilística. De forma similar a la crisis
precedente se intensificó el descenso de la producción industrial como resultado
de la reducción brusca (11%) de la exportación durante el periodo de 1981-1982.
Una vez superada la recesión, a partir del año 1983, la economía estadounidense
entró en su correspondiente fase de auge económico.
Fue durante los años setenta cuando se inició la segunda etapa planificada de
desarrollo de la revolución científico-técnica de la industria, que se presentó
en aquel tiempo como un factor adicional de agudización de las contradicciones
socio-económicas de EE.UU. El componente principal de dicho avance tecnológico
fue la denominada "revolución del microprocesador" y de la biotecnología.
Gracias a ello se desarrollaron rápidamente los diferentes sectores de
producción de tecnología avanzada: la industria de computadoras y diversos tipos
de equipos electrónicos y aparatos de precisión, la industria aeroespacial y la
industria farmacéutica. Al mismo tiempo toda una serie de "viejos" sectores de
la industria (metalúrgica, textil, naval y otras) se encontraban en estado de
crisis o fase de depresión. Paradójicamente, la reconstrucción estructural
progresiva de la economía de EE.UU trajo consigo la intensificación de la
inestabilidad económica y el crecimiento del número de desempleados.
Durante las serias dificultades de la década de los setenta y principios de los
ochenta, se hizo particularmente visible la impotencia económica del Estado
burgués capitalista. Los intentos de la administración de R. Nixon, J. Ford y J.
Carter de puesta en marcha de un complejo programa de medidas estatales
simultáneamente opuesto a las crisis y la inflación, no dieron, ni pudieron dar
los resultados esperados, lo que se hizo particularmente evidente durante el
transcurso de la crisis de mediados de la década de los años setenta. La gestión
de la administración republicana durante el mandato presidencial de R. Reagan
sólo consiguió agravar más la crisis de regulación monopolista estatal.
La administración de Ronald Reagan estaba más estrechamente relacionada que
cualquiera de sus predecesoras con el complejo de la industria militar (CIM), el
cual representa la unión reaccionaria del negocio monopolista bélico con la
cúpula militarista del aparato gubernamental. El presupuesto de defensa del año
1985 superó los 300.000 millones de dólares, que supuso 1/3 parte del
presupuesto federal del país. Una gran parte de estos recursos económicos,
formados principalmente por el pago de impuestos de la población, fue
redistribuido directamente a favor del sector privado de la industria militar de
EE.UU. Los principales contratistas del Pentágono eran las 25.000 compañías y
empresas en cuya industria militar trabajaban cerca de 2 millones de personas.
Era característica para las corporaciones militares no sólo la exclusiva
rentabilidad en su funcionamiento (varias veces mayor que en el sector civil),
sino también el alto grado de monopolización: 2/3 partes de los pedidos del
Pentágono eran propiedad de cien empresas de la industria militar, y solamente
de diez el tercio restante. Dentro de la lista de los proveedores más grandes
del Ministerio de Defensa de EE.UU se encontraban invariablemente tales gigantes
como "General Dynamics", "Mcdonnall Douglas", "United Tecnologies", "General
Electric", "Lockhead" y otros.
A principios de los años noventa, a pesar de la agudización de las
contradicciones del mundo imperialista, se hizo visible la tendencia creciente
de formación de un CIM internacional bajo la égida de EE.UU, sobre todo dentro
de los límites del bloque de la OTAN. Se hallaron dentro de las formas de
integración de la esfera de la industria militar, tanto el comercio exterior y
la exportación de capital, como también los acuerdos de cooperación y de
licencias. El protagonismo de estos procesos lo tuvieron las corporaciones
militares estadounidenses. Creció a un ritmo veloz la exportación de armas y de
materiales de guerra de EE.UU (desde 1.000 millones de dólares en 1960, hasta
más de 15.000 millones de dólares a mediados de los años ochenta).
La causa más importante del fracaso de la política económica de la
administración de R. Reagan fue precisamente la creación de una comprometida
situación de rápido aumento del gasto militar. Este enorme gasto militar
condicionó el gigantesco déficit del presupuesto estatal y el crecimiento de la
deuda federal, cuyo pago de intereses fue en 1983 casi el 16% de todo el gasto
gubernamental. La dimensión sin precedentes de la deuda estatal fue a su vez el
factor clave de la disminución en la eficacia y limitación de las posibilidades
de la política estatal anticíclica.
El desarrollo de la revolución científico-técnica, la intensificación del
carácer crítico del desarrollo de la economía estadounidense y una abierta
política promonopolista del Gobierno, favorecieron la aceleración de los
procesos de concentración y centralización del capital de la industria. A
principios de los años ochenta cerca de la mitad de la producción de la
industria transformadora de EE.UU pertenecía a las 200 corporaciones más
grandes, recayendo aproximadamente 1/4 parte sobre los cincuenta mayores
gigantes financieros.
Tuvieron gran difusión las diversas formas de estructura de producción
monopolista, como los combinados de empresas, que están técnicamente
relacionados entre sí, y los conglomerados, que representan una asociación de
empresas técnicamente no relacionadas, las cuales lanzan al mercado una
producción heterogénea que permite a los monopolios ampliar la esfera de su
control y lograr mayor estabilidad en un entorno fluctuante.
Al mismo tiempo continuaba a un ritmo rápido el proceso de concentración
monopolista de la esfera crediticia dentro del ámbito de los seguros. Los bancos
sobresalieron como elemento más importante de aquel mecanismo, en el que la
oligarquía financiera acabó imponiendo su dominio en toda la economía. Entre las
formas más difundidas de conexión de monopolios bancarios e industriales estaba
la concesión de créditos a largo plazo, así como también las gestiones por
delegación (fideicomisos bancarios).
En los años noventa en EE.UU existían veinte grupos oligárquico- financieros que
representaban una forma suprema de monopolización. Entre ellos estaban los
viejos grandes grupos financieros tipo Morgan, Rockefeller, Dupont, Mellon y los
relativamente nuevos grupos de monopolios tales como "la Unión Regional del
Medio Oeste", que incluía las asociaciones de Chicago y Cleveland, "la Unión
Regional de Texas" y otros. Es significativo que, si antes de la Segunda Guerra
Mundial, el núcleo del grupo financiero era generalmente el más poderoso
monopolio industrial, ahora los grupos financieros han sido relegados por los
monopolios de crédito financiero. Por ejemplo, a la cabeza del rápidamente
creciente capital financiero de "Western Union" está "Bank of América".
A partir de la década de los años setenta y prolongándose hasta los noventa, se
efectuaron cambios radicales en el sector agrícola de la economía
estadounidense. La culminación de la revolución tecnológica de la agricultura,
así como también el problema alimentario mundial, condicionaron la paralización
de la crisis de superpoducción que se prolongó durante medio siglo. A principios
de los años setenta la producción agrícola de EE.UU se disparó, estimulando de
este modo el crecimiento de los precios mundiales. Simultáneamente, se efectuó
una reorientación hacia el mercado externo. La cuota de EE.UU en la exportación
de trigo creció, por ejemplo, desde comienzos de los años setenta del 27 al 53%.
Debido a ello, a principios de los años ochenta la producción de trigo de EE.UU
supuso en el mercado exterior cerca del 70% del trigo cultivado en el país
norteamericano, el 60% de arroz y algodón, el 40-50% de maíz y tabaco, etc.
La especialización de la exportación condicionó el posterior aumento de la
concentración de la industria. Es precisamente en este momento cuando ya se
puede hablar del proceso de monopolización de la agricultura estadounidense, que
se basó principalmente en la subordinación de las granjas agrícolas por parte de
las grandes industrias y corporaciones comerciales. Las relaciones contractuales
sirvieron como forma predominante de la integración agroindustrial. Los
beneficios de dicha integración no recayeron sobre los granjeros, ni tampoco
sobre el consumidor en masa, sino sobre los grandes monopolios que dominaban el
negocio agrario. Entre tanto, los beneficios de los granjeros acabaron
dependiendo directamente de la inestable situación de la economía externa.
Durante las décadas de los años setenta y ochenta se llevaron a cabo
determinados cambios en la posición de EE.UU dentro de la economía capitalista
mundial. El peso específico del país en la producción industrial y la
exportación del mundo capitalista se redujo en doce años (1970-1982), pasando
del 36 al 35% y del 16 al 13% respectivamente. Sin embargo, sin duda alguna el
país norteamericano se afianzó como la potencia económica más poderosa del mundo
capitalista, superando en 3-4 veces a sus competidores más cercanos (la RFA y
Japón) en volumen del PIB y de producción industrial.
EE.UU siguió conservando tras de sí el papel de líder en las diferentes áreas
del progreso científico-técnico, así como también por la dimensión de
concentración y centralización de la industria y del capital.
Las multinacionales norteamericanas mantienen una posición dominante del mundo
capitalista, en cuya parte recaen las 2/3 partes de la producción internacional.
(Es decir, la producción bajo control de capital extranjero). Dentro del ámbito
del comercio exterior EE.UU supera notablemente a sus competidores sobre todo en
exportación de productos de tecnología punta y de mercancías agrarias. Por
último, la posición privilegiada del dólar en la esfera monetaria juega como
antes un importante papel, sobre todo después de que el curso del dólar de la
década de los setenta fuese reemplazado a principios de los ochenta por un firme
crecimiento, debido al gran aumento de las tasas de interés del Sistema de la
Reserva Federal estadounidense.
Al mismo tiempo, durante los años setenta y principios de los ochenta continuó
actuando la tendencia de nivelación de la eficiencia productiva en los tres
centros de poder del capitalismo: si a principios de los años sesenta la
productividad laboral de la industria de los países de Europa Occidental y Japón
era 2-3 veces inferior a la de EE.UU, entonces durante la segunda mitad de los
años setenta supuso el 70-90% de dicho nivel. Por primera vez en la historia, el
mercado estadounidense se convirtió en la esfera más importante de inversión de
capital extranjero (sobre todo de Europa Occidental); prácticamente se vino
abajo la superioridad estadounidense en lo referente a la forma de relativa
independencia de los mercados externos y de las fuentes de materias primas.
La década de los setenta y principios de los ochenta fue para EE.UU un periodo
de aumento del paro crónico sin precedente. Pasó de los 4 millones de parados en
vísperas de la crisis de 1970-1971, hasta los 6 millones de desempleados a
comienzos de la crisis de 1980-1982. La escala de las fases de la crisis del
paro batió cada vez un récord consecutivo tras el periodo de posguerra y alcanzó
a finales del año 1982 los 12 millones de parados, igualando casi de esta forma,
la cifra obtenida durante la crisis más grave de la historia de EE.UU de los
años 30. Un azote no menos duro siguió siendo para los obreros estadounidenses
el problema de la inflación. Si durante los años sesenta su ritmo de crecimiento
medio supuso un 2,3% anual, durante los años setenta llegó a ser del 8,2%. Al
mismo tiempo, durante el periodo del crecimiento de la crisis del paro, se
aceleró el ritmo de aumento de los precios. Como resultado, los ingresos reales
de los trabajadores estadounidenses, comenzando desde mediados de los años
setenta, se redujeron de forma continua, y la cantidad de ciudadanos que vivían
bajo el umbral de la pobreza alcanzó en 1983 los 34 millones de personas (el 15%
de la población estadounidense).
5. La política económica de libre mercado capitalista y su papel en el
desarrollo económico de EE.UU
Resumen del desarrollo económico de principios de los años noventa
Las dificultades económicas de los años setenta pusieron en duda la viabilidad
del sistema de regulación estatal de la economía de mercado, invitaron a
realizar una profunda revisión de la premisas teóricas y de la práctica de la
política económica estatal estadounidense. El modelo económico keynesiano fue
sustituido por una variante de regulación conservadora estatal, que fue puesta
en práctica durante los años de Gobierno de la administración republicana del
presidente Ronald Reagan (1981-1989).
Esta nueva regulación económica surgió como una variante de política
neoconservadora que se aplicó durante el transcurso de la década de los años
ochenta y principios de los noventa en todos los países capitalistas
desarrollados. El neoconservadurismo se convirtió en la respuesta al deterioro
de las condiciones de reproducción capitalista, que condicionó la puesta en
marcha de un plan de racionalización de los problemas de la producción, su
reconstrucción tecnológica y estructural, y el reforzamiento de la
internacionalización del capital. Por ejemplo, la introducción de nuevas
tecnologías exigía una regulación estatal más flexible, lo que conllevó la
acumulación de grandes recursos para su posterior inversión en los sectores de
tecnología avanzada, la reconversión de la población activa y una nueva
aproximación para la resolución de los problemas medioambientales y sociales.
Exigían una mayor libertad de movimiento los crecientes nuevos sectores no
monopolizados de la economía, cuyos intereses el Estado debía tomar en cuenta en
su política económica.
El programa de saneamiento de la economía norteamericana, promovida por la
administración de R. Reagan a partir del año 1981, incluía las siguientes
disposiciones esenciales:
1) Reducción de impuestos de las corporaciones y del impuesto sobre la renta de
las personas físicas;
2) Limitación del crecimiento del gasto público mediante la reducción de
programas sociales;
3) Desregulación de la actividad empresarial;
4) Aplicación de una estricta política monetaria con objeto de frenar la
inflación.
La puesta en marcha del programa de medidas impuestas por la administración
republicana del presidente Reagan se topó con serias dificultades. En 1980-1982
la economía del país americano se vio envuelta en una nueva crisis económica que
se manifestó sobre la posición de las empresas de una forma más intensa, en la
mayoría de los casos, que la crisis de 1973-1975. En el año 1982 quedó inactiva
en un 30% la capacidad productiva de la industria transformadora estadounidense.
Decayeron de forma ostensible la fabricación de automóviles, la contrucción de
viviendas y los diferentes sectores de producción de bienes de consumo. Se
redujo el volumen de producción de la siderurgia y la industria química. Muchas
grandes compañías acabaron sufriendo dificultades económicas. El desempleo
superó el 10% de la población activa.
La reducción de impuestos fue el primer paso de la política económica del
Gabinete de Gobierno de R. Reagan. Fue aprobada en el Congreso la ley de
reducción del 25% del impuesto sobre la renta durante tres años, así como
también la reducción del gasto federal en servicios sociales. Se suponía que,
como resultado de la reducción de impuestos aumentaría la inversión de la
industria, lo que crearía nuevos puestos de trabajo, aumentaría el Producto
Nacional, y por consiguiente, el Gobierno obtendría un gran beneficio fiscal a
pesar de la reducción de las tasas impositivas.
En el ámbito de la política social se promovió el programa de "Nuevo
Federalismo". De acuerdo a este programa, se dividieron las funciones federales,
estatales y regionales de los órganos de poder. Los Gobiernos estatales tuvieron
que tomar bajo su responsabilidad el cumplimiento de los dos programas de ayuda
a familias numerosas y de los cupones de alimentos. Además, el Gobierno federal
debía hacerse cargo de la asistencia sanitaria de la población empobrecida. Los
44 programas sociales restantes fueron entregados a la gestión de cada estado
del país, y fue creado un fondo federal para su financiación complementaria
durante cuatro años.
Tras finalizar la primera legislatura de la administración de R. Reagan la
inflación descendió un 4%. La Reserva Federal del país debilitó la política de
contención económica. Descendieron algo las tasas de interés, lo que incentivó
la compra de inmuebles y automóviles. El desempleo se redujo hasta un 8% de la
población activa. Pese a ello, la reducción de impuestos no condujo al
crecimiento esperado en las inversiones de la economía que habían calculado en
caso de disminución de la inflación. La situación de saneamiento económico se
vio oscurecida por el crecimiento del déficit del presupuesto estatal, que
supuso cerca de 200.000 millones de dólares, debido en gran parte, al aumento
del gasto militar.
Los principales objetivos de la política interior de Reagan eran la reducción de
la esfera de actividad del Gobierno federal, particularmente en el ámbito
social, la disminución del impuesto sobre la renta, el aumento de la potencia
militar de EE.UU, objetivos que continuaron permaneciendo inmutables también
durante su segunda legislatura en la Casa Blanca.
Conforme a la ley del impuesto sobre la renta del año 1986, el "techo" de dicho
impuesto se redujo del 50 al 28%, y el impuesto sobre el beneficio de las
corporaciones de un 46 al 34%. Esta ley liberó a seis millones de personas con
ingresos bajos del pago de impuestos federales. El objetivo de la ley consistía
en que personas con iguales ingresos pagasen aproximadamente los mismos
tributos. Por ello, la nueva ley socavó el principio de imposición tributaria
progresiva, práctica establecida desde 1913, el cual estipulaba que las personas
con grandes ingresos debían pagar un mayor porcentaje tributario que la personas
con una economía menor. A este respecto, fueron establecidas dos tasas: un 15%
para las personas sujetas a imposición tributaria con ingresos inferiores a
29.750 dólares por familia y año, y un 28% sobre personas cuyos ingresos
superaban este nivel. La política fiscal estimuló la actividad inversionista,
aumentó el estatus de los americanos más ricos y dio la posibilidad a la clase
media de mejorar su posición material.
En 1983 comenzó en EE.UU una recuperación económica de siete años, que
transcurrió en condiciones de una profunda reestructuración de la economía,
relacionada con la nueva etapa de la revolución científico-técnica. Las
inversiones reales en la técnica de procesamiento de datos (computadoras,
telecomunicaciones, instrumentos de precisión y equipamiento científico)
aumentaron con una media anual del 13%.
Como resultado del auge económico del periodo de 1983-1989, el volumen real de
PIB y de producción industrial del año 1989 superó casi en un 28% el nivel
máximo de precrisis de 1979. En 1989 el volumen de consumo privado superó en 1/3
el nivel del año de 1979, crecimiento que estuvo ligado al aumento significativo
del empleo. La economía norteamericana pudo crear más de 17 millones de puestos
de trabajo, principalmente en los sectores de la esfera de los servicios. La
tasa de paro disminuyó hasta el 5%, hallándose en su nivel más bajo desde 1973.
La Demanda de Consumo acreditaba el incremento de los ingresos de la población,
que se presentó como un estímulo de auge económico.
Los factores principales del crecimiento económico de 1983-1989 fueron los
siguientes:
1) La conclusión de la reestructuración de la economía, que creó las condiciones
para acelerar la renovación y ampliación del capital fijo;
2) El crecimiento constante del volumen real del consumo privado;
3) La estabilización del curso del dólar a un nivel comparativamente bajo
respecto a las divisas de otros países, que permitió atraer hacia la economía
estadounidense los inmensos recursos financieros de otros países.
Simultáneamente, durante la década de los años ochenta también se manifestaron
tendencias negativas en el desarrollo económico de EE.UU. Como resultado de la
política económica de la administración de Ronald Reagan, el déficit del
presupuesto estatal estadounidense alcanzó la cifra de 152.000 millones de
dólares, cuyo exceso de gastos sobre beneficios supuso el 5% de PIB. También
alcanzó casi este mismo porcentaje de PIB el gasto de cobertura de la deuda
pública. Durante los años ochenta los ingresos de los ciudadanos más ricos de
EE.UU, que formaban sólo el 1% de la población, se duplicaron, mientras que para
un 70% de norteamericanos se acrecentaron en un grado muchísimo menor. EE.UU que
tenía a mitad de los años sesenta el indicador del nivel de PIB per cápita más
alto del mundo, hacia el año 1987 había sido superado, según este indicador, por
diez países. La tendencia de enriquecimiento de la capa más rica de la población
en detrimento de la más pobre, provocó la inquietud de la clase media, sobre la
que recaía el 60% de la distribución de ingresos, lo que produjo el
desmoronamiento del mito del "Sueño americano".
El salario medio estadounidense se encontraba a principios de los noventa en el
nivel más bajo en treinta años. El sueldo medio por hora trabajada de los
obreros norteamericanos oscilaba en 14,8 dólares, frente a los 17,9 dólares de
Dinamarca, los 21,5 de la RFA y los 21,9 de Suecia.
Se debilitó la posición de competitividad de EE.UU en la economía mundial.
Después de 1980, tras perder el estatus de país acreedor que conservaba desde
1917, EE.UU se convirtió en un país deudor, contrayendo una deuda externa con
otros países mayor que la que tenían estos con EE.UU. Durante los años ochenta
la tendencia más importante de la economía norteamericana fue su acelerada
atracción hacia la relación de la economía mundial, su tránsito desde una
posición relativamente "autónoma" hacia un tipo de economía más "abierta", a la
cual le era propia un alto grado de dependencia de las tendencias generales y
contradicciones de la economía mundial.
A finales de los años ochenta, tras el crecimiento más prolongado de la economía
estadounidense, el país entró en un periodo de brusca desaceleración del ritmo
de crecimiento. Durante el periodo de 1989-1992 el crecimiento medio anual del
PIB real supuso cerca del 1% frente al promedio del 0,8% del periodo de
1982-1988.
La depresión económica norteamericana de 1989-1992 se explica no sólo por el
debilitamiento cíclico de todos los componentes principales de la Demanda de
Consumo, sino también por la influencia específica de factores de tipo no
cíclico, de los cuales los más importantes fueron los procesos críticos en el
sector de crédito financiero y el recorte del presupuesto militar.
A fines de los años ochenta la economía del país americano comenzó a
experimentar una sobrecarga en relación con la cobertura del enorme
endeudamiento exterior acumulado durante los años de último auge económico. En
1992 el conjunto de la deuda no financiera de la población, del Estado y de las
corporaciones superó los 2.000 millones de dólares o cerca de dos volúmenes de
PIB. Dentro del ámbito de los ingresos familiares el pago de la cuota de
amortización de la deuda hipotecaria creció durante los años ochenta del 9 al
13%. Todo esto condujo al subsiguiente debilitamiento de la Demanda de Consumo.
También sirvió como un factor de inhibición del crecimiento económico la
iniciada reducción de la demanda militar estatal. Desde 1988 el gasto militar se
redujo casi ininterrumpidamente, a excepción del período (finales del año 1990 -
principios de 1991) relacionado con el conflicto del Golfo Pérsico. Tras el año
1991 el volumen de producción militar se redujo un 6,6%, mientras que durante el
periodo de 1988-1991 lo hizo en un 9%.
La duración general de la caída de la producción fue de 10 meses - desde octubre
de 1990 hasta marzo de 1991 la producción industrial se redujo un 12%. Esta
caída de la producción afectó principalmente a la industria automovilística en
relación con la expansión de las empresas japonesas en EE.UU. En 1991 el volumen
de producción en este sector se redujo un 14,3% en comparación con el año 1988.
Esto fue la causa de la caída del 9,7% de la producción de la industria
metalúrgica durante el mismo periodo. La crisis en el sector de la construcción
trajo consigo la disminución de la producción de materiales en dicho sector.
Durante 1990-1991 la producción de la industria de la madera se redujo un 10%,
la de armazones de metal un 6,4%, y la de electrodomésticos, alfombras y muebles
un 27%.
Se encontraron en una posición relativamente mejor aquellos sectores de la
industria con una orientación fuerte en la exportación. En general, esto se
refiere a la construcción de maquinaria electrotécnica, y a la producción de
aparatos y dispositivos de precisión, cuya demanda de producción siguió
manteniéndose. La expansión de la exportación condicionó la estabilización del
dólar a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Aumentó
sustancialmente, a un nivel bajo relativo, la competitividad de los productores
norteamericanos. La exportación de maquinaria, que llegó al 40% del volumen de
comercio exterior de EE.UU, creció durante 1989-1991 un 12% anual, otorgando un
alto ritmo general de crecimiento a la exportación. Al mismo tiempo disminuyó la
importación en EE.UU. Esto último contribuyó a la corrección de la balanza
comercial. En 1991 el déficit de la balanza comercial disminuyó hasta 74.000
millones de dólares, frente a los 159.700 millones de dólares de 1987. La
balanza de pagos fue reducida al mínimo tras una década con un déficit de 8.600
millones de dólares.
La duración de la recesión económica se explica, porque, por primera vez tras
los años de la posguerra, fue atraída por la crisis una gran parte de los
sectores de producción no material. Comenzó a reducirse el empleo en el Sector
Servicios. La tasa media de paro alcanzó el 7,3% de la población activa.
A principios de los años noventa se convirtió en un problema económico grave el
déficit del presupuesto estatal, que supuso 290.000 millones de dólares, la
creciente deuda estatal - cerca de 4.000 millones, que condujo a la reducción de
la actividad inversionista del país, el desplazamiento de los prestatarios
dentro del mercado de préstamos, y la transformación de EE.UU en el país deudor
más grande del mundo.
Con relación a esto último la tarea principal de la administración demócrata de
B. Clinton (1993-2001) fue el saneamiento de la economía por vía de estimulación
del proceso inversionista.
La estrategia económica del presidente Clinton se caracterizó por los siguientes
rasgos:
a) La concentración de esfuerzos por suprimir en la medida de lo posible los
problemas económicos crónicos, una aplicación activa de medidas fiscales a
diferencia de una política monetaria;
b) Utilización de la regulación estatal con objeto de apoyar los proyectos de
Investigación y Desarrollo, el desarrollo de la infraestructura estatal, la
creación de condiciones favorables para la actividad de las Pymes;
c) El reforzamiento del papel del Estado en la resolución de los problemas
sociales.
El plan de estabilización de la economía elaborado por la administración
demócrata consistía en tres programas básicos:
1) Un programa de estimulación económica a corto plazo para el que fueron
destinados 30.000 millones de dólares. Su tarea principal consistía en el
aumento del número de puestos de trabajo a través del desarrollo de un sistema
de formación, de capacitación profesional y reciclado, y también a través del
desarrollo de un sistema de trabajos sociales;
2) Un programa inversionista a largo plazo calculado para un periodo de cuatro
años, comenzando desde 1993, que suponía la formación de ventajas y privilegios
para los inversores privados, destinado principalmente a la inversión de capital
en los sectores más importantes de la economía. Para su ejecución fueron
destinados 140.000 millones de dólares;
3) Un programa de reducción del déficit presupuestario como condición
indispensable para un crecimiento económico a largo plazo. Se presuponía la
disminución del déficit del presupuesto del Estado hasta el año 1997 en 500.000
millones de dólares, en el mismo año de 1997 en 140.000 millones de dólares y la
reducción del déficit presupuestario con un volumen de PIB del 5,4% en 1994 al
2,7% en 1997.
Tras los dos primeros años de la administración de Bill Clinton, se redujo el
nivel de paro y de inflación, se crearon 6 millones de nuevos puestos de
trabajo, consiguió mejorarse sustancialmente la estructura del negocio de
inversiones, se redujo el déficit de los presupuestos del Estado y se amplió el
comercio exterior.
De esta forma, la experiencia del desarrollo de la economía norteamericana en
las décadas aquí referidas, evidencia que la solución de los problemas
económicos de cualquier nación desarrollada depende no sólo de la elección de
los medios de la política estatal, sino también de sus posibilidades potenciales
de adaptarse a la existencia de las nuevas condiciones de la economía mundial de
interdependencia entre los diferentes Estados del mundo, es decir, la capacidad
de ajustarse a las condiciones de globalización impuestas por el país americano
con su política expansionista, y muy especialmente, como principal ejemplo, el
caso del prodigioso auge económico del gigante asiático (China) de los últimos
años, cuyo PIB crece anualmente un 9% debido principalmente tanto a los planes
quinquenales de la estructura económica comunista, como también a la reabsorción
de la población rural por las grandes ciudades y a la apertura de China, hace ya
más de tres décadas, hacia una política de economía mixta, o lo que es lo mismo,
hacia una economía socialista de mercado. Por todo ello, y según los pronósticos
de crecimiento económico del país asiático, afianzado actualmente en la segunda
posición económica mundial, para el año 2025 habría de desbancar a EE.UU de su
posición de liderazgo económico.
6. Conclusión
En EE.UU se ha hecho patente en los últimos años el debilitamiento de sus
posiciones en los sectores de tecnología avanzada. Las empresas y los inversores
se han alejado de la estrategia de orientación de inversión a largo plazo.
Disminuye la competencia. Se ha manifestado de una forma evidente el
distanciamiento del nivel de vida entre los trabajadores con una alta
especialización profesional, y aquellos cuyo nivel de preparación es más bajo.
En lo referente a la fuerte presión de la competencia las compañías se dirigen
hacia la solicitud de una subvención estatal, cuyo auxilio ocasiona la demanda
de una contribución aún mayor. Existe una tendencia de transformación de la
orientación agresiva empresarial hacia una posición defensiva.
Los últimos avances en el auge de la producción y la exportación del país
americano, aunque infunden esperanza, no acaban de cuajar del todo. El
incremento de la producción se expresa en mayor medida por el intento de
reconstrucción y disminución de las empresas en muchos sectores de la industria.
Algunas de las cuidadosas inversiones actuales de las empresas estadounidenses
han sido superadas hoy en día por otros países, como por ejemplo China en lo que
a energías renovables se refiere, a pesar de que la industria estadounidense
funcione a pleno rendimiento. El crecimiento de la exportación refleja una
brusca desvalorización del dólar con respecto a otras divisas, especialmente el
euro, que disminuye el salario real de los trabajadores estadounidenses; por
ello, ha disminuido el nivel de vida con perspectivas a largo plazo. Las bases
para la reactivación de la productividad constante no han sido aún establecidas.
En muchos ámbitos de la economía norteamericana existen ventajas fundamentales,
tales como el alto nivel de formación universitaria, una demanda consumista
uniforme, la capacidad prevalente de muchas grandes empresas de realizar
inversiones arriesgadas, a pesar de la cautela de los últimos tiempos, y la
formación activa de nuevas empresas. Existen también fuerzas demográficas que
van a generar la exigencia de aumento del ritmo de crecimiento de la
productividad y un incremento del volumen del ahorro. La aceleración constante
en el proceso de avance tecnológico vaticina unas amplias posibilidades para la
iniciativa norteamericana y su carácter emprendedor. Esto puede contribuir, sin
duda alguna, a la entrada de EE.UU en un periodo de prosperidad duradera. Sin
embargo, de forma paralela, el debilitamiento de EE.UU en las últimas décadas
indica la presencia de serios factores que pueden frenar en cierta medida el
subsiguiente desarrollo.
La pregunta de si conservará EE.UU su actual hegemonía y poderío es fuente
inagotable de intensos debates en los medios de comunicación. El objeto de estos
debates es ficticio. Indudablemente EE.UU de América conservará su posición
económico-política y militar hegemónica aún durante muchos años, gracias a las
dimensiones, recursos y demás firmes aspectos de su idiosincrasia, examinados
anteriormente en esta monografía. El problema radica en si es suficiente por sí
mismo el dinamismo de la economía norteamericana para poder mantener y elevar el
nivel de vida existente, o (de forma relativa) el país norteamericano cederá
posiciones a este respecto. Pero la pregunta más importante es si EE.UU
restablecerá su capacidad competitiva en los sectores más complejos de la
industria, o los problemas económicos se resolverán por medio de una constante
devaluación del dólar, por la disminución del salario real de los trabajadores,
así como también con la exportación de productos de consumo, cuya producción
está relacionada con el agotamiento de los recursos naturales.
En la última década, la política del país norteamericano, según parece, se ha
ido basando en la suposición de que el valor depreciativo del dólar, el
intervencionismo gubernamental en muchos aspectos de la economía estadounidense
y la competencia desleal, unida al espionaje industrial de otros países, como
Rusia y China, están socavando los cimientos de la economía y el avance
tecnológico futuro del país, y creando con ello las actuales dificultades
económicas no sólo dentro del país norteamericano, sino también en el mundo
entero.
El Gobierno y las empresas de EE.UU tienen ante sí una disyuntiva de carácter
crucial: el país se debatirá entre el renacimiento de los valores tradicionales
americanos o el repliegue hacia una consolidación armamentística total, hacia un
proteccionismo militar sin retorno, que paradójicamente conduciría al país, de
forma inexorable, hacia la senda de su propia decadencia.
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