DELOS: Desarrollo Local Sostenible
Vol 1, Nº 3 (octubre 2008)

DOÑANA Y SU AGROBIODIVERSIDAD TRADICIONAL. NOTAS DE INVESTIGACIÓN AGROECOLÓGICA
 

José Díaz Diego
Universidad de Huelva
jose.diaz@dhis2.uhu.es

 

Resumen

El interés por la biodiversidad tradicional cultivada comenzó a emerger como campo de investigación aplicado al desarrollo de los pueblos, desde hace ya casi 40 años, si bien en la última década ha experimentado un especial desarrollo. Esta biodiversidad, las variedades locales y el conocimiento tradicional sobre su manejo, son patrimonios de los pueblos que los han generado y los atesoran, y que en la actualidad se revelan como acicates de desarrollo endógeno, asociado principalmente a la producción ecológica. Con el interés de profundizar en el patrimonio etnoagrícola del entorno del Parque Nacional de Doñana, y sus posibilidades de recuperación, se llevó a cabo una investigación sobre el mismo en 2006 y 2007. En el texto que sigue se ofrecen datos preliminares de investigación sobre la agrobiodiversidad local de Doñana, especialmente de aquellos cultivos con un mayor interés para la producción ecológica: los hortícolas manejados tradicionalmente en la zona.

Palabras clave: Agrobiodiversidad tradicional, Doñana, variedades locales, cultivos hortícolas.  

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1. Introducción

Aunque la biodiversidad tradicional cultivada ha visto en los últimos años cómo ha aumentado el interés por su estudio desde diferentes disciplinas, tanto agronómicas como sociales, ha sido precisamente la agroecología y los diferentes investigadores de esta reciente disciplina, los que se han aproximado a ella de una forma más sistemática.

La agroecología desarrolla una aproximación ecológica a la agricultura y tiene como máxima la sostenibilidad ambiental de ésta. La agroecología es un nuevo campo científico, nacido en los años 70 del siglo XX, cuya aparición es consecuencia en gran parte de la crisis ambiental y los muchos fracasos productivos y socieconómicos de la agroindustria, especialmente de aquellos relacionados con la superintensificación de los sistemas productivos. En esta disciplina naciente, muy latinoamericana, confluyen principalmente agrónomos, biólogos de la conservación y sociólogos ambientales. Nombres muy destacados en los primeros años de la agroecología, quienes fundamentan gran parte del basamento teórico y metodológico inicial son Miguel Altieri, biólogo de la Universidad de Berkeley, Eduardo Sevilla Guzmán, agrónomo y sociólogo de la Universidad de Córdoba, Víctor Toledo, biólogo y etnoecólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, y Stephen Gliessman, agrónomo de la Universidad de Berkeley . A este enfoque han sumado sus esfuerzos disciplinares posteriormente antropólogos, historiadores, geógrafos, politólogos, pedagogos o economistas. Es por tanto la agroecología un área científica multidisciplinar que trata de abordar la agricultura desde una perspectiva más amplia y holística, integrando disciplinas de las ciencias naturales y sociales en el paradigma ecológico.

Otra característica de la agroecología, quizás la fundamental para ser esta aproximación la elegida a la hora de realizar tanto la investigación en el Parque Nacional de Doñana como en otras que le precedieron , es su convergente pluralidad epistemológica. La agroecología parte de un principio epistemológico que supone una ruptura con los paradigmas convencionales de la ciencia oficial. Frente al enfoque parcelario y atomista que busca la causalidad lineal de los procesos físicos, ésta se basa en un enfoque holístico y sistémico, que busca la multicausalidad dinámica y la interrelación dependiente de los mismos (González de Molina et al. 2000). La agroecología va más allá del respeto por la pluralidad de las epistemologías, aboga por la convergencia de éstas. El relativismo cultural nos ofrecía las herramientas conceptuales necesarias para aproximarnos a diferentes formas válidas de conocer el mundo, para comprobar cómo una cultura dada elabora una cosmogonía capaz de dar significado a los acontecimientos más destacados y más ínfimos de la vida social, pero ello no impulsa si acaso más que la ética de un respeto mutuo. La agroecología, por su lado, parte de la necesidad por elaborar corpus de conocimientos sobre el manejo agronómico en el que los lenguajes expertos y el conocimiento campesino puedan interactuar para un correcto manejo sostenible de la agricultura y del agroecosistema (Díaz Diego, 2007). En síntesis, la agroecología plantea la compleja, pero necesaria, interacción profunda no sólo de las disciplinas clásicas o “científicas” entre sí, sino de éstas con el conocimiento campesino: una verdadera transdisciplinariedad de las epistemologías.

“Tal vez el logro más duradero del pensamiento postmoderno haya sido la defensa de una epistemología prudente, capaz de moderar las excesivas ambiciones de las narrativas matriciales de la modernidad. De buen grado acepto esa prudencia como nota final, si ella significa (…) que ningún saber, por sí solo, emancipa”. Sousa, 2002 (traducción propia).

De mayor calado cualitativo o cuantitativo, según la disciplina o el enfoque de más peso en el proceso metodológico, las investigaciones sobre agroecología suelen generar una gran cantidad de datos, debido en mucho al largo tiempo que los investigadores suelen pasar entre la comunidad que atesora el material fitogenético de estudio y el conocimiento tradicional sobre su manejo. Muchos de estos datos, más o menos brutos, se pierden o arrinconan en los cuadernos de campo e informes que se generan a lo largo del discurrir de los proyectos, infravalorándolos para la difusión y discusión con el resto de la comunidad científica hasta que la investigación no ha finalizado y los datos han sido correctamente comentados y publicados. Con la presente ponencia se pretende romper con este hábito enquistado entre los investigadores. No exponer con la suficiente frecuencia datos preliminares sobre las investigaciones en curso no sólo niega la posibilidad de comparar y discutir sobre los avances en la disciplina sino que imposibilita un ejercicio básico de perfeccionamiento metodológico: el de la corrección por la emergencia informativa de terceros informantes privilegiados, en este caso, especialistas en la unidad de análisis.

En los párrafos que siguen, se da cuenta de los datos preliminares (de los 4 primeros meses) obtenidos en el proyecto de investigación sobre “Las variedades locales del entorno de Doñana y sus posibilidades de recuperación”, llevado a cabo en 2006 y 2007, y que son parte del cuaderno de campo y la literatura gris generada por el autor . Si bien el proyecto abarcó tanto cultivos de huerto, como cereales, leguminosas, árboles frutales y cultivos leñosos, por cuestión de espacio, se recoge aquí sólo información sobre los de huerto. Estos son, además, los cultivos con una mayor demanda en el mercado de los alimentos ecológicos en fresco, lo que puede representar para muchos pueblos, un vector de desarrollo endógeno, al ser gendarmes aun del material fitogenético procurado por la moderna producción ecológica. En este sentido, debemos tener en cuenta que la imposibilidad de acceder a semillas de variedades vegetales naturalmente resistentes a un manejo agronómico sin productos de síntesis -como así lo son las variedades vegetales de las que a continuación se habla-, representa para la moderna producción ecológica un importante cuello de botella. En la provisión de material genético tradicional de cultivos locales, especialmente en forma de semillas, puede centrarse un reducido (por ahora) pero seguro nicho de desarrollo económico de muchas áreas agrorrurales .

2. De los cultivos en huerto.

Los cultivos hortícolas y asociados a la huerta que se localizaron en el primer período de investigación fueron las acelgas, los ajos, las alcachofas, el apio, las batatas, las berenjenas, los boniatos, los calabacines, las calabazas, las cebollas, el cilantro, las coles, la coliflor, el brócoli, la escarola, los espárragos, las espinacas, la esponja vegetal, las judías, los guisantes, las habas, la hierbabuena, las lechugas, los melones, los nabos, el orégano, las patatas, los pepinos, el perejil, los pimientos, los puerros, los rábanos y rabanillas, las sandías y las zanahorias.

De la relación de cultivos con variedades tradicionales defendidas como locales por los agricultores-informantes se da cuenta en los cuadros que siguen, acompañados de algunas notas breves sobre su manejo en el entorno de Doñana a modo de comentarios. Apuntar que en esta primera fase de investigación se centraron los esfuerzos en establecer el listado de variedades tradicionales que los informantes conocen de estos cultivos en su entorno y de ellas cuáles siguen cultivándose todavía. La inmersión en los procesos de manejo agrícola y relaciones socioculturales con ellas a modo de producción, consumo, intercambio, compra-venta, discursos, etc., fueron objetivos de las siguientes fases de investigación.

Los cultivos relacionados anteriormente, de los que conocemos sus variedades tradicionales pero que no fueron localizados sobre el terreno durante los primeros meses fueron el apio (Apium graveolens var. dulce), del que los informantes nos hablan de dos variedades: el apio basto y el apio fino; la batata (Ipomoeas batata), de la que conocemos la batata de punta y la batata California; el boniato (Ipomoeas batata), del que nos hablan tanto de un boniato blanco, como de un boniato azulón; el brócoli (Brassica oleracea convar. botrytis var. cymosa), del que nos hablan de una sola variedad conocida como brócoli verde; la col (Brassica oleracea), de la que conocemos la col vaquera o forrajera y la col con cierre o peya; la coliflor (Brassica oleracea var. botrytis), de la que nos hablan de la coliflor redonda y la coliflor por cascos; la zanahoria (Daucus carota), de la que sólo nos hablan de una variedad conocida con el mismo nombre que su cultivo; y la patata (Solanum tuberosum), de la que nos dan cuenta de una papa blanquilla, una papa colorá, una papa de punta y una papa de riñón o de corazón.

Siempre asociada a la huerta, la acelga, tallo o troncho se siembra en terreno definitivo en los últimos meses de primavera o primeros del verano para ser recogida a lo largo de los meses de otoño. En muchos casos, los hortelanos u huerteros del entorno de Doñana las dejan espigar sin recoger las semillas de la cápsida para que éstas caigan directamente sobre la zona en la que quieren que vuelvan a nacer en unos meses. Se aseguran así una primera recolección temprana antes de las otoñales sembradas de aquellas otras recogidas y seleccionadas como cultivar principal.

Por el tamaño de su tallo, de unos 8 a 10 cm., la acelga de penca ancha es la más valorada y la que podemos encontrar con mayor facilidad en los huertos para la venta así como en las pequeñas parcelas dedicadas a hortícolas y rosáceas para el consumo de casa y el regalo a familiares, amigos y vecinos.

Los ajos, al carecer de semillas, se siembran por dientes, con lo que se consiguen continuas clonaciones de la planta madre. Por ello ha seguido siendo uno de los cultivos tradicionales donde la industria semillera no ha hecho tantos estragos como en otras variedades locales. Aunque con una parecida lógica de sustitución de variedades tradicionales por variedades foráneas, algunas variedades locales, como el ajo castaño, continúa en los huertos de los pueblos del entorno de Doñana por su reconocido sabor más fuerte y picante que el resto de ajos de variedades blancas. Aunque de una cabeza tamaño intermedio, de unos 5 - 6 cm. de ancho por 4 - 5 cm. de alto, el ajo castaño es más apreciado en la gastronomía local por su aroma y sabor no tan sólo de condimento cuanto también de conservante en el caso de los embutidos caseros.

Para asegurar una producción constante, el ajo es sembrado en dos períodos distintos, en los meses de octubre y noviembre y, más tarde, en los meses de marzo y abril. El terreno definitivo debe estar bien laboreado para el correcto desarrollo de los dientes. La señal natural que siguen los hortelanos para la recolección del ajo es la del color del tallo y hojas, al volverse éstos de un color amarillento, señal de su declive vegetal, se arrancan por el tallo para permitir trenzar los ristres, de cara a su almacenamiento.

Si bien no es un cultivo muy abundante en número dentro de los huertos de Doñana, aun se pueden encontrar hortelanos que continúan con su siembra. Tradicionalmente, el alcaucil ha sido un cultivo cuyo modo de reproducción ha hecho más dependiente al hortelano de aquella red de horticultores amigos, vecinos o conocidos a quienes pedir o con quienes intercambiar los esquejes necesarios para el trasplante de la alcachofa. Aunque no es un cultivo que degenere con la facilidad con que lo hacen otros de huerto, el alcaucil necesitaba siempre para su cultivo sin semillas una planta madre de vida limitada y que obliga al hortelano a pedir nuevos vástagos año sí, año no. Este método de siembra/reproducción por esquejes continúa realizándose actualmente y consiste en cortar durante los meses de julio y agosto los rizomas del pié de la planta madre para trasladarlos a terreno definitivo.

El género Phaseolus es uno de los géneros botánicos con una mayor riqueza etnolingüística del mundo. Podemos rastrear un elevado léxico para nombrar el fruto de esta planta de la familia de las Fabaceas: alubias, frijones, frijoles, fríjoles, fréjoles, friajones, friajoles, frijos, chícharos, chícharros, habones, judías, judiones, habichuelas, etc.

En la mayoría de pueblos de la cuenca baja del Guadalquivir a las alubias se las conocen como chícharos y a las vainas de ambas como habichuelas.

Por su menor tiempo de dedicación, prevalecen entre los hortelanos del entorno de Doñana aquellas alubias de crecimiento determinado y mata baja, aun reconociendo la mayor calidad en sabor y textura de las variedades trepadoras, para las que, cultivándose, se suelen usar cañas (Arundo donax) como tutores.

La siembra suele darse a lo largo de abril y mayo. Muchos hortelanos escalonan en varias semanas la siembra de los chícharos y habichuelas para obtener una producción constante y mantenida de vainas tiernas durante el verano. La recolección de los chícharos variará, dependiendo de las condiciones de riego y temperatura, entre finales de agosto y mediados y últimos de septiembre.

De reproducción por semillas, el cultivo de la berenjena comienza con la preparación de la almáciga, que a diferencia de las que podemos encontrar en la zona occidental de Huelva, en el entorno de Doñana no son alomadas sino en terreno llano. Una vez se ha estercolado abundantemente el criadero o almáciga, se espolvorean las semillas y se pasa el rastrillo con el sólo objeto de enterrarlas a muy poca profundad, no más de 0.5 cm. Cuando las temperaturas no son excesivamente bajas, las berenjenas se suelen sembrar en enero y febrero, procediendo a su trasplante a terreno definitivo cuando éstas tienen entorno a unos 15 cm. de altura.

Ya en líneos, la berenjena azulona, por el tamaño de su fruto, necesita muchas veces de un soporte o tutor para evitar la doblez de su tallo, y de un aclarado o deshojado para facilitar la aireación e iluminación de su interior, evitando con esto posibles plagas de hongos.

La recolección, siendo temprana la siembra, puede comenzar en el mes de marzo y abril y continuar hasta junio o julio.

Exigente en agua durante su crecimiento y producción, aletarga mucho su biología en los meses de otoño e invierno, encontrándonos como práctica habitual tras las últimas camadas de la cosecha (que puede dilatarse en las trasplantadas más tarde hasta agosto) con la poda de sus ramas y tallo, y su protección con retama y matorral para el invierno. Esta práctica, aplicada a las mejores y más productoras matas, permite obtener en la próxima cosecha berenjenas tempranas mientras aun crecen y florecen las sembradas en almáciga.

El calabacín se siembra en terreno definitivo en torno al mes de abril, para comenzar la recolección de su fruto a partir del mes de junio. Su siembra directa suele necesitar de dos a cuatro semillas de las que se entresacará hasta sólo dejar dos matas cuando cuenten sus tallos con unos 6 ó 7 cm., momento en el que se entienden lo suficientemente desarrolladas como para lograr su crecimiento con éxito. Este momento suele coincidir con la aparición de las hojas verdaderas. A partir de los 15 ó 20 días desde la nascencia, al igual que a las calabazas, melones o sandías, se suele proceder a su aporcado, cubriendo con tierra el tronco de la mata para fortalecer su crecimiento.

Como ocurre en el caso de sandías, calabazas o melones, si el calor es excesivo, cuando el fruto está casi maduro, se suele cubrir con su propio follaje, a fin de evitarle la exposición directa al sol.

Sin duda, la reducción de la cabaña porcina, vacuna, ovina y caprina en el entorno de Doñana afecta negativamente al cultivo de calabazas, destinadas en su gran mayoría al engorde de estos animales. Si bien la calabaza sigue siendo parte de la tradición culinaria de guisos y dulces de los pueblos abarcados en la investigación, variedades como la calabaza roja o la calabaza roteña, casi exclusivamente destinadas a la alimentación animal, se muestran más difíciles de encontrar que las variedades guitarrilla o de palo, semillas de ésta última consumidas como fruto seco.

La calabaza, como el resto de Cucurbitaceas, se siembra en terreno definitivo mediante casas u hoyos de dos a cuatro semillas, de cuyas matas se entresacarán hasta no dejar más de dos.

Por su abundante follaje, cuando se siembra en huertos se hace a las orillas o lados de éstos, para evitar así la incomodidad e incluso problemática que provoca en el manejo de cultivos vecinos.

Las dos cebollas localizadas son de un tamaño intermedio-grande, de unos 10 a 15 cm. de diámetro y de forma circular aplanada. De igual color blanco y de capas finas y amarillentas, se diferencian en el número de bulbos, siendo la blanquilla de uno solo y la blanquilla de cascos de un bulbo fraccionado en 3, 4 ó 5 bulbos, formando la cebolla.

Como ocurre con otros cultivos, la cebolla tiene varias etapas de siembra, con el fin de asegurar la provisión de esta hortaliza durante distintas épocas del año. Suele calcularse su siembra para recogerlas en invierno o en verano, sembrando su semilla bien en terreno definitivo o bien en almáciga unos tres meses antes para el periodo de verano y unos cuatro para el periodo de invierno. Normalmente a voleo, su semilla se esparce por el criadero o por los líneos, que después serán aclaradazos por escarda. Suele aparecer asociada a otras hortícolas como las lechugas.

Muchos agricultores respetan para la siembra de la cebolla el ciclo lunar, aprovechando los días de luna menguante para el voleo de las semillas. Así dicen conseguir un menor número de machos entre las nacidas, es decir, un menor número de aquellas que no detienen el desarrollo aéreo de su tallo impidiendo la acumulación y aprovisionamiento de sustancias de reservas en las hojas inferiores, que después darán en convertirse en el bulbo o cebolla. No siendo posible un control total de la aparición de estos machos, los agricultores suelen pisar su tallo para detener en lo posible su tendencia al engorde aéreo, consiguiendo una cebolla algo más grande de lo que la tendrían en caso de no doblarlo, aunque nunca comparable al bulbo de las cebollas normales.

Para la siembra se usan individuos (no machos) de dos años a los que se les permite florecer y crear la umbela con semillas. Previamente se ha trasplantado la cebolla de un año a un lugar húmedo y protegido donde, ya conocido con el nombre de escarola, se va recolectando para consumo en verde la mayoría de tallos que da el bulbo, excepto uno o dos centrales que se dejan para la influorescencia.

En contra de las variedades tradicionales de cebolla juega que resisten un menor tiempo de almacenamiento que otras comerciales como la valenciana. Las variedades tradicionales, aun reservadas en lugar frío y seco, tienden a desarrollar hojas superiores que deterioran el bulbo, del que se alimentan. Por otro lado, un considerable mayor tamaño, como el caso de la babosa, impide su consumo en una vez por el grupo familiar, secándose las capas o tendiendo a desarrollar su material vegetal en a penas 1 ó 2 días.

El culantro también se siembra en varios periodos para su provisión a lo largo de todo el año. O bien a finales de primavera y principios de varano o principios del otoño, el cilantro se siembra por voleo de semillas en terreno definitivo, que suele asemejarse a una almáciga, aunque no cuente con trasplante posterior. El culantro sembrado en otoño permanece verde mucho más tiempo que el sembrado en primavera pues es en la estación cálida cuando este Coriandrum espiga y florece, siendo de menor calidad sus hojas, por mustias y de peor sabor.

Las semillas se recogen directamente cuando están maduras, momento en el que toman un color oscuro intenso.

Cultivo de invierno, suelen sembrarse a finales del verano o comienzos del otoño, cuando el huerto se queda vacío de tomates, pimientos, sandías y melones. De siembra directa en terreno definitivo, tanto las espinacas de semilla redonda como las espinacas morás requieren un pequeño aclareo para su correcto desarrollo en el caso en que el voleo de sus semillas haya sido muy denso. Su recolección comienza en torno al mes y medio después de su siembra. En cuento las temperaturas comienzan a subir un poco, estas variedades suben la flor que dará lugar a las semillas.

Muy abandonado su cultivo, son pocos los agricultores y hortelanos que continúan teniendo esponjas vegetales. Su siembra, reducida en número dentro del huerto, se lleva a cabo en casas u hoyos con dos o tres semillas cerca de tutores o soportes que les permitan enredarse. Es habitual sembrarlos a los pies de algunos frutales que servirán de guía. Subiendo por su tronco y ramas, florece y da su fruto colgando, para su mejor desarrollo y secado. Las semillas se siembran en marzo, abril o mayo, cuando, dependiendo del año, hayan pasado los últimos fríos invernales.

De este “pepino” se aprovecha el mesocarpo seco, maraña sólida y resistente de fibras vegetales, que se ha dejado pasar al sol en la planta hasta finales de verano. Una vez extraídas sus semillas, se utiliza como esponja de baño y estropajo para fregar la loza.

Esta leguminosa aparece asociada al haba en la huerta, con la que comparte el mismo período de siembra, desarrollo y recolección además de servirle en algunos casos de tutor por la poca resistencia eréctil de los tallos de su mata. Aunque puede sembrarse en varios períodos anuales, en el entorno de Doñana suele cultivarse en otoño para conseguir un fruto de invierno. Su siembra es por semilla en terreno definitivo, normalmente a chorrillo o a dedo. Se consume la leguminosa en verde recolectando la vaina cuando, por su tamaño abultado, se entiende que el guisante o chicharito está en su estado óptimo de maduración. Aquellas otras vainas que se van quedando amarillentas o de un verde pálido se van dejando en la mata para que el guisante se seque dentro y conseguir por fin su semilla, que se separa de la vaina ya a finales de primavera simplemente frotándolas a mano, pisándolas o bien a palos, rara vez en la era.

Esta leguminosa se ha cultivado en los campos de Doñana tanto asociada al huerto, para alimentación humana, como asociada a grandes sementeras, para alimentación animal. Hoy no es tan habitual encontrar ya habines o habitas cochineras sirviendo de cultivo auxiliar tras las siembras de trigo, cebada o avena. Sí que podemos verlas aun en huertos familiares para su consumo en invierno. Su siembra, normalmente a dedo en los huertos y a voleo en las sementeras, se realiza en los meses de otoño, incluso adelantado según el año en concreto a finales de agosto. Así se consigue un haba desarrollada en los meses de inverno. Al igual que ocurre con el guisante, cultivo con el que aparece asociada con asiduidad, esta leguminosa se destina al consumo doméstico mientras está verde, aunque ya con un tamaño adulto. A diferencia del chicharito, de muchas habas se consume también la vaina, cuando aun el fruto en su interior permanece pequeño y tierno.

Para el consumo doméstico se han destinado normalmente las variedades portuguesa, siete en vaina y mazacana, mientras que para el consumo animal se han sembrado la habita cochinera y la morá, y en ocasiones, por su mayor número de granos por vaina, la siente en vaina. Igualmente para los animales, es muy apreciada su paja tras la trilla para separar el grano.

Aunque a veces podamos verlas sembradas directamente en terreno definitivo, lo más habitual es que los hortelanos y agricultores hagan almácigas con sus semillas y las trasplanten a suelo en líneo cuando cuentan con unas 5 ó 6 hojas verdaderas y unos 8 ó 10 cm. de altura. Las lechugas suelen ser cultivadas en dos períodos anuales, en verano y en invierno. Para la estación de verano, las semillas suelen echarse en criadero en torno a finales de febrero y finales de abril, y para la estación de invierno suelen echarse las almácigas en torno al mes de septiembre. Anotar que su crecimiento en otoño e invierno es mucho más aletargado y que no todas las variedades lo resisten. En el caso de Doñana, sus inviernos suaves permiten el crecimiento de lechugas como la oreja de mulo, la romanilla o la rizá sin problemas de congelación.

En ambos casos, la semilla a guardar para el próximo período de cultivo suele ser la de las lechugas de verano, dejando los ejemplares más desarrollados echar los racimos o corimbos con sus flores para extraer después las semillas del vilano mediante su introducción en algún saco, agitado suavemente.

El melón se siembra en terreno definitivo en torno a los meses de primavera, entre abril y mayo. Su cultivo comienza sembrando de tres a cuatro semillas en un hoyo o casa, no muy profundo y normalmente estercolado. Se suelen dejar crecer dos matas, de las que generalmente se desarrolla con éxito una. Una vez está desarrollado el tallo principal y comienzan a desarrollarse los tallos secundarios, se suele aporcar con el pie o una azada algo de tierra al tallo principal con el fin de protegerlo de las quemaduras de sol, mantener el tallo fresco evitando la mayor transpiración de la humedad del terreno llano y fortificarlo para mejorar su crecimiento. Cuando florece, la melonera suele segregar por su tallo, hoja y flores savia que sirve de reclamo a los insectos locales, no todos beneficiosos, hecho que se evita en la medida de lo posible echando algo de tierra con el pié sobre toda la mata. El polvo que crea ese segundo aporcado más ligero seca la savia y aleja a los insectos. Cuando la flor da lugar al fruto y éste toma un tamaño considerable, suele taparse con el follaje de la mata para resguardarlo del sol.

Aunque es mucho más valorado el melonar de secano, la exigencia en calidad del terreno de éste lleva a muchos agricultores a regar las matas de melones, cambiando consentidamente calidad por cantidad.

Muy abandonado el cultivo de melones verrugosos, de pieles más duras y mejor resistencia para el almacenamiento durante el invierno, no lo está tanto las variedades de amarillo y de la peseta en el culo, de consumo estival.

Como el rábano o la rabanilla, el nabo necesita para su siembra de un terreno profundamente cavado y laboreado para el desarrollo correcto de la raíz. Cultivo de otoño/invierno, el nabo se siembra a finales de verano y comienzos del otoño, a voleo normalmente. A lo largo de su recolección se escogen aquellos individuos mejor desarrollados y se trasplantan para permitirles entallar o desarrollar el tallo que dará lugar primero a las flores y a continuación a las semillas.

Aunque podemos sembrarlos por semillas o por división de la madre, los agricultores y hortelanos de Doñana suelen reproducirlos por esquejes, es decir, tomando a comienzos de primavera ramas con yemas y enterrándolas parcialmente en terreno definitivo. Aunque es un cultivo muy común de encontrar en patios y arriates de las casas, y a pesar del desconsuelo de algunos hortelanos ante la dificultad de las nuevas plantas para agarrar con éxito, era costumbre habitual aprovechar, en el campo, el lugar libre que dejaba una vid vieja para plantar una mata de orégano. Según los agricultores entrevistados, tanto la variedad de hoja basta como la de hoja fina adquirían una aroma mucho mejor cuando crecía asociado a parrones y vides en las viñas tradicionales.

El orégano produce hojas de buena calidad en torno a 5, 6 ó 7 años, y aunque por lo general no se suelen arrancar sino dejar que se sequen, las hojas de las plantas con más edad, también consumidas, van perdiendo en intensidad de aroma.

De la familia de las Cucurbitaceas, el pepino se siembra en terreno definitivo enterrando en el hoyo o casa unas 3 ó 4 semillas de las que se dejan desarrollar normalmente sólo una. La siembra suele llevarse a cabo en los meses de primavera, de una forma escalonada hasta entrado mayo, para seguir teniendo frutos hasta comenzado el otoño.

Una vez desarrollada la mata y crecido el pepino, se van recolectando todos excepto los de mayor tamaño, que suelen dejarse madurar en la mata hasta que ésta se seca, para que se desarrollen en su interior las semillas hasta su estado óptimo de maduración. Una vez la mata seca, algunos agricultores guardan el pepino en lugares fríos y secos hasta que llega el próximo período de siembra, momento en que rompen el pepino ya acartonado para extraer sus semillas o bien, una vez seca por completo la mata y el pepino totalmente maduro, ya marchito, lo cortan longitudinalmente y lo dejan secar del todo para extraer sus semillas y guardarlas, como en el caso de tomates, pimientos, calabazas, sandías, melones, etc.

El perejil, parecido al caso del orégano, aparece asociado a su siembra en arriates de patio y macetas más que a su cultivo extensivo. Si aparece en huertos y campos, es normalmente cerca de brocales y pilas para compensar su exigencia en humedad.

Se siembra su semilla negra a voleo en terreno definitivo durante dos períodos anuales, en otoño y en primavera, para conseguir perejil fresco, como ocurre con el culantro, en invierno y en verano respectivamente.

El pimiento, dependiendo del tipo de invierno, suele sembrarse en almáciga entre los meses de enero, febrero y, en caso de inviernos muy fríos, principios de marzo. Cuando las pimenteras cuentan con unos 8 ó 10 cm. de altura se trasplantan a terreno definitivo, dispuestas en líneos. Dependiendo de la variedad, los líneos serán más o menos anchos, según la vigorosidad vegetal de la mata.

La capsaicina, responsable del picor de algunas variedades de pimientos, aparece también en variedades híbridas por la polinización de las matas receptoras de polen de las variedades picantes, conocidas en el entorno de Doñana como pimientos Chile. La observación de este hecho lleva a los hortelanos de los pueblos estudiados a asociar el cultivo de guindillas y cornetas a los arriates de patio y macetas así como, en huertos, a líneos alejados de las variedades dulces.

Para la extracción de la semilla, se elige el pimiento de mayor porte y se deja madurar en la mata hasta que se mustie en el caso de pimientos carnosos o se seque colgado ya en casa en el caso de pimientos de piel más fina. En ambos casos hay hortelanos que guardan en papel o botes de cristal su semilla una vez decantada en agua y seca o bien, como ocurre con las variedades de piel más fina, se dejan conservar en el interior del pimiento seco hasta el momento de la siembra, en el que se desmenuza la cabeza de semillas directamente sobre la almáciga de siembra.

Familia del ajo, el puerro no se reproduce como éste, por la plantación de bulbos, sino por las semillas que, como en el caso de las cebollas, encontramos en la umbela final de su influorescencia.

Cultivo de invierno, el puerro suele sembrarse a finales de verano o principios de otoño para su recolección a lo largo de los meses de invierno. Se siembra en almáciga y suele trasplantarse cuando el tallo alcanza unos 10 cm. de altura. El cultivo lo solemos encontrar escalonado para poseer una cosecha dilatada. Como el resto de hortalizas en las que se espera el engorde del bulbo, es muy importante el laboreo profundo de la tierra con el fin de permitir su mejor desarrollo.

Como en el caso de la cebolla, la planta que dará lugar a las semillas hábiles para el cultivo son aquellos individuos de dos años, es decir, del período de siembra justo anterior. Escogiendo el mejor rábano o rabanilla, se le corta la parte inferior del bulbo y se vuelve a plantar, dejando espigar y florecer para la recogida de su semilla.

Como para los ajos, las cebollas o los puerros, el terreno definitivo debe estar profundamente laboreado, hecho por el que muchos hortelanos aprovechaban el enterramiento de las gavias para el cultivo de rábanos ese primer año.

Su siembra, aunque puede hacerse a lo largo del año por las temperaturas suaves del entorno de Doñana, suele realizarse preferentemente a finales del verano y comienzos del otoño, para obtener un fruto de invierno.

De siembra directa en terreno definitivo, se suelen echar tres o cuatro semillas por hoyo, entresacándolas después hasta dejar una o dos. Muchos agricultores, la noche antes de su siembra, dejan las semillas metidas en agua, como hacen con las semillas de los melones, las calabazas, los calabacines o los pepinos, por ejemplo. Ello despierta del letargo a la semilla y le hace comenzar su germinación. La siembra es a finales o a mediados de primavera, para obtener el fruto a lo largo de todo el verano, hasta bien entrado septiembre.

Hay agricultores que suelen enterrar ligeramente algunos brazos o tallos secundarios a mitad de su recorrido una vez estos alcanzan su extensión máxima y han comenzado con la caída de la flor y la formación del pericarpo o fruto para conseguir que, éste primero no, sino los siguientes, tengan semillas poco desarrolladas o libres de éstas.

El tomate se siembra en almáciga en torno al mes de febrero y es trasplantado a terreno definitivo cuando el plantón alcanza unos 10 cm. de altura. Se trasplanta uno sólo por casa, siempre en líneo y con una anchura que depende de la variedad. Las variedades de tomates de tamaño mediano y grande suelen corresponderse con plantas voluminosas y viceversa, las variedades de tamaño pequeño, como las de cuelga de pero, de pera o de bombilla, con plantas de menos envergadura. Así, tomateras como las rosas o las de playa necesitarán una anchura considerable, entre los 40 y los 50 cm. para evitar que el follaje y el fruto entre en contacto directo con la humedad que tienen los surcos.

Muy bien considerado por su sabor dulce y jugoso, el tomate rosa no se cultiva en extensivo por la debilidad de su piel o epicarpo, que hace muy dificultoso su trasporte en buenas condiciones, encontrándonos este tomate de tamaño grande, algunos llegan a los 20 cm. de envergadura, en huertas familiares destinadas al consumo familiar y regalo o venta a familiares y amigos.

Al igual que la mayoría de cultivos de los que extraer semillas para su reproducción, los tomates elegidos para ser los portadores de las semillas del próximo período de cultivo suelen ser los que mejor responden a las características deseables para esa variedad, en tamaño, color y forma principalmente.

3. Bibliografía citada

Acosta, R. y Díaz Diego, J. 2006. “Globalización, comunidades rurales y recuperación de las variedades cultivadas locales”. Actas del III Congreso Internacional de la Red SIAL “Sistemas Agroalimentarios Locales”. Universidad Internacional de Andalucía. Baeza.

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Carlos Barrios; Lorena G. Coria y Remedios M. Verdú
Editor:
Juan Carlos M. Coll (CV)
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