Texto alojado y servido gratuitamente en
www.eumed.net/cursecon/textos
Publicado originalmente en
Nationalökonomisk Tidsskrift,
vol 73, nº 3, 1935.
Reimpreso como capítulo en
Profits, Interest and Investments
Londres, 1935
Reeditado como capítulo en
Gottfried Haberler, 1944,
Readings in business cycle theory
Traducido al español y publicado en
Ensayos sobre el ciclo económico,
Fondo de Cultura Económica, México, 1944,
bajo la dirección de Víctor L. Urquidi.
Escaneado por Luana Chirila
para el grupo de investigación EUMED.NET
de la Universidad de Málaga
en mayo 2003.
Versión completa para imprimir en formato PDF
Se reproduce a continuación parte del texto
PERSPECTIVAS DE PRECIOS, DISTURBIOS MONETARIOS Y MALA ORIENTACION DE LAS INVERSIONES
Friedrich A. Hayek
El rasgo más característico del trabajo de nuestra generación de economistas es
probablemente el empeño general de aplicar los métodos y resultados de la teoría
pura del equilibrio para elucidar los fenómenos "dinámicos" más complicados.
Podríamos, quizás, haber esperado que todas las generaciones de economistas se
hubieran es-forzado por acercarse más y más a la realidad, aminorando poco a
poco el grado de abstracción de la teoría pura. Sin embargo, poco se logró en
este sentido durante Ios 50 años anteriores a 1920. El des-arrollo de la
economía no ocurrió en la forma sistemática que aparece en los libros de texto,
en los que se pasa progresivamente de lo general a lo particular. Las soluciones
a Ios importantes problemas de la vida real no podían esperar a que el progreso
lento de la teoría pura diera por resultado un plan que pudiera aplicarse
inmediatamente en forma más práctica.
Parece que en lo tocante a la actitud hacia las aplicaciones de la teoría pura a
Ios fenómenos más complicados de la dinámica económica, como son las crisis y
las fluctuaciones industriales, podemos distinguir tres tipos principales. En
muchos casos, quienes sintieron más fuertemente la urgencia de los problemas
existentes en este campo y que intentaron resolverlos tenían poco conocimiento
del estado de la teoría económica. En este grupo se incluyen, además de los
innumerables charlatanes, algunos pensadores de talento y experiencia para
quienes tenemos una enorme deuda de gratitud. En el segundo grupo, que no es de
menor importancia, encontramos maestros que, si eran versados en las
especulaciones teóricas de su tiempo, las consideraban de poco uso en la tarea
que se habían impuesto. Ambos grupos han hecho aportaciones de gran valor y más
adelante tendré oportunidad de mencionar algunas contribuciones de importancia
que, a partir de 1850, debemos a estos grupos. No se sabe con certeza si esta
deuda de gratitud es más pequeña que la que debemos en este campo a un tercer
grupo, es decir, a las destacadas figuras que se empeñaron —según nos parece, en
forma prematura— en aplicar una teoría demasiado simplificada y defectuosa a
estos fenómenos complicados. A pesar de que su empeño en justificar de esta
manera su devoción a la teoría pura y en demostrar su utilidad fue
indudablemente correcto, y a pesar de que su instinto les hacía ver que sólo
este sendero conducía a fin de cuentas a una explicación satisfactoria, lo cual
es también correcto, el resultado de estos empeños, desde la publicación de la
célebre Théorie des Débouchés en adelante, fue con frecuencia el de comprimir
los problemas dentro de un marco a manera de camisa de fuerza que no nos ayudó
realmente a solucionarlos.
II
Fue sólo con el desarrollo del análisis de equilibrio, conjunta-mente con una
certidumbre cada vez más creciente acerca de las condiciones y límites de la
aplicabilidad del concepto de equilibrio, como hemos llegado a reconocer la
naturaleza de los problemas existentes en este campo, descubriendo las rutas que
nos llevarán a su solución. Y aun cuando los estudiosos de estos problemas
siguen caminos diferentes, es hoy quizá cierto que en todos los países con una
gran tradición teórica Ios esfuerzos de los hombres más jóvenes en nuestra
materia se encaminan a llenar la laguna que existe entre la "estática" y la
"dinámica". Para algunos, las diferencias que existen entre las varias
"escuelas" pueden aparecer como de gran importancia. Sin embargo, el que los
distintos individuos, en su empeño de seguir adelante, hagan mayor o menor
hincapié en las deficiencias de la teoría "estática" tal como es ahora, me
parece que se basa más en las diferencias de temperamento que en las de
objetivos o en las de métodos usados. Yo creo que la mayoría de los economistas
jóvenes comparten la creencia de que se puede conservar la continuidad de este
desarrollo y que sólo de esta manera podremos llegar a nuestra meta.
Lo que todos buscamos, pues, no es dar un salto hacia algo enteramente nuevo y
diferente, sino más bien desenvolver nuestro aparato teórico fundamental para
que nos permita explicar los fenómenos dinámicos. Hasta hace poco tiempo yo
mismo creía que la mejor forma de expresar esto era simplemente diciendo que la
teoría del ciclo económico que buscábamos debería sobreponerse orgánica-mente a
la teoría del equilibrio. En la actualidad, me inclino a decir que la teoría
misma debe desarrollarse para que nos permita usarla directamente para la
explicación de determinadas fluctuaciones industriales. Como el doctor Lutz lo
ha demostrado últimamente en forma convincente,' nuestra tarea no consiste en
elaborar una teoría aislada del ciclo económico, es decir, la elaboración de un
modelo detallado que se adapte a todos los ciclos económicos reales, sino más
bien desarrollar aquellos sectores de la teoría general que necesitamos para el
análisis de ciclos especiales que frecuentemente difieren considerablemente el
uno del otro.
Una gran parte de esta tarea consistirá en la elaboración de capítulos
especiales de la teoría general, sobre todo de la teoría del capital y del
dinero, orientándolos hacia un análisis más cuidadoso de los procesos que
resultan de cualquier cambio en las condiciones examinadas. Sin embargo, la
peculiaridad común de estos esfuerzos que tienden a hacer más realista la teoría
es que pronto nos traten nuevamente el problema fundamental de toda teoría
económica, esto es, el problema del significado del concepto de equilibrio y su
pertinencia en la explicación de un proceso que se verifica en el tiempo. No hay
duda que, en este aspecto, algunas de las formulaciones de la teoría del
equilibrio resultan de poca utilidad y que no sólo su con-tenido especial, sino
también el concepto mismo de equilibrio de que se sirven, requiere ciertas
correcciones.
No puede negarse que este concepto de equilibrio no ha tenido en el pasado
siempre el mismo significado y tampoco ha sido muy claro. Esto es cierto al
menos en lo referente a la aplicación del concepto de equilibrio a los fenómenos
de una sociedad que descansa en los principios de la libre concurrencia,
mientras que si lo aplicamos a las actividades económicas de una persona aislada
o a un sistema comunista dirigido y centralizado, probablemente tenga un
significado definido. Mientras en este último caso se puede hablar legítimamente
de un equilibrio necesario entre las decisiones que una persona toma en cierto
momento dado, está mucho menos claro el sentido en que podriamos aplicar el
mismo concepto a las acciones de un gran número de personas, cuyas reacciones
sucesivas a las acciones de sus semejantes necesariamente se desarrollan en el
tiempo, y que pueden representarse como una relación de equilibrio sin tiempo
sólo si se echa mano de supuestos especiales irreales.
Si queremos aplicar el análisis de equilibrio a un sistema de competencia en
constante cambio, necesitamos definiciones de los supuestos en que descansa, más
exactas de las que generalmente se dan. El significado realista de las
tendencias hacia la posición de equilibrio que se descubren tradicionalmente en
la teoría pura se puede demostrar solamente cuando se conoce cuáles son las
condiciones bajo las cuales es al menos concebible llegar a una posición de
equilibrio.
La principal dificultad que entraña la posición tradicional es que hace
abstracción absoluta del factor tiempo. Un concepto de equilibrio que fuera
esencialmente aplicable sólo a un sistema en que no se considera el factor
tiempo no podría ser de gran valor. Afortunadamente, en los últimos tiempos este
punto de vista ha sido modificado. Se ha puesto de relieve que en lugar de hacer
caso omiso del elemento tiempo debemos hacer supuestos muy precisos acerca de la
actitud de las personas hacia el futuro. Los supuestos de este tipo que están
implícitos en el concepto de equilibrio son que cada persona prevé el futuro
correctamente y que esta previsión incluye no solamente Ios cambios que pueden
ocurrir en las condiciones objetivas, sino también el comportamiento de todas
las demás personas con quienes se espera entrar en transacciones económicas.'
No me propongo en estas páginas profundizar más sobre los últimos desarrollos
del análisis del equilibrio. Espero que lo que he dicho sea suficiente para
explicar ciertas conclusiones que quiero sacar de estos desenvolvimientos para
el estudio de los fenómenos dinámicos. Me parece que desde este punto de vista
nuevo sería posible al menos dar un significado más definido a ciertos conceptos
que la mayoría hemos usado en forma algo ambigua. Pienso en particular en la
frecuente declaración de que un sistema económico (o un precio particular como,
por ejemplo, la tasa de interés) está en equilibrio o bien no lo está.
Es evidente que las varias perspectivas sobre las que diferentes individuos
basan sus decisiones en un momento dado serán o no serán mutuamente compatibles,
y que si estas perspectivas no son compatibles las de algunos individuos no se
realizan. También está claro, probablemente, que las perspectivas que existan en
un momento dado se basan en gran parte en los precios corrientes en ese momento
y que podemos concebir constelaciones de tales precios que crearán perspectivas
que inevitablemente fracasen, y otras que no lleven en sí el germen de tales
fracasos, creando así perspectivas que —al menos si no hay cambios imprevistos
en las circunstancias ex-ternas— puedan estar en armonía con el curso real de
Ios acontecimientos. Esta consideración, a mi parecer, nos da un punto de
partida útil para el mayor desarrollo de la teoría de las fluctuaciones
industriales.
III
Toda explicación de las crisis económicas debe incluir el supuesto de que los
emprendedores han cometido errores. Pero el solo hecho de estas equivocaciones
no puede considerarse como una explicación suficiente de las crisis. Las
disposiciones erróneas que terminan en pérdidas para todos aparecerán
probablemente sólo en el caso de que podamos demostrar por qué todos los
emprendedores han de equivocarse simultáneamente en la misma dirección. La
explicación de que esto se debe a una especie de infección psicológica, o de que
por cualquier otra razón la mayoría de los emprendedores tiene que co-meter cl
mismo error de criterio, no es muy convincente. Sin embargo, lo más probable es
que todos resulten equivocados por haber prestado atención a índices o síntomas
que generalmente son fidedignos. Hablando más concretamente, puede ser también
que los precios que regían cuando los emprendedores tomaron sus decisiones, o en
los que basaron sus expectativas del futuro, creen perspectivas que
necesariamente tienen que fracasar. En este caso tendríamos que distinguir entre
lo que llamaríamos errores justificados, causados por el sistema de precios, y
simplemente errores acerca del curso de tos hechos externos. Aunque no tengo
tiempo para examinar este aspecto un poco más, debo mencionar que probablemente
existe una íntima conexión entre esta distinción y la distinción tradicional
entre las teorías "endógena" y "exógena" del ciclo económico.
Por ahora, el caso más interesante de decisiones de emprendedores, en donde el
resultado depende enteramente de lo correcto del punto de vista generalmente en
boga acerca de los futuros desarrollos, lo presenta el caso de las inversiones
en tanto las afecte la situación del mercado de capital en general y no la
situación especial de determinadas industrias. En este caso la misma causa puede
provocar malas inversiones no solamente en una o en pocas industrias, sino en
todas al mismo tiempo. El éxito de cualquier inversión hecha por un período de
tiempo considerable depende del curso futuro del mercado de capital y de la casa
de interés. Si en cualquier momento la gente principia a aumentar el equipo de
producción, esto representará generalmente sólo una parte de un nuevo proceso
que se completará ayudado por más inversiones diseminadas a través de un período
de tiempo; y la primera inversión resultará entonces provechosa sólo cuando la
oferta de capital haga posibles los nuevos cambios que se anticiparon. En
general, es quizá cierto decir que la mayoría de las inversiones se hace ante la
perspectiva de que la oferta de capital continuará al nivel actual por algún
tiempo. En otras palabras, los emprendedores consideran la presente oferta de
capital y el tipo de interés actual como un síntoma de que continuará
aproximadamente la misma situación por algún tiempo. Y es precisamente la
existencia de tales supuesto lo que justifica el uso de nuevo capital para dar
comienzo a nuevos métodos indirectos de producción, que, para poder completarse,
necesitan de nuevas inversiones por un tiempo mayor. (Estas nuevas inversiones
que son necesarias para el éxito de las inversiones del presente pueden ser
inversiones efectuadas por los mismos emprendedores que efectuaron la primero
inversión o, más frecuentemente, inversiones por un segundo grupo de
emprendedores en Ios productos producidos por el primero.) Para la realización
de estas perspectivas no es necesario que la oferta de capital sea la misma
durante el período de más importancia, sino más bien, como se ha demostrado en
otra ocasión,' que esta oferta de capital no disminuya en ningún momento en una
cantidad mayor de la que se ha utilizado para iniciar nuevas producciones
(aparte de la producción en marcha e incompleta).
De allí que bastarían fluctuaciones severas e imprevistas en los ahorros para
causar enormes pérdidas a las inversiones efectuadas en el período precedente,
creando así la situación característica de una crisis económica. La causa de
esta crisis podría atribuirse a que los emprendedores hablan considerado
equivocadamente un aumento temporal en la oferta de capital como si fuera
permanente y actuaran bajo este supuesto. La única razón para que no podamos
considerar esto como una explicación suficiente de las crisis económicas que
conocemos es que la experiencia no nos permite suponer que puedan ocurrir tales
fluctuaciones en el volumen de ahorros, excepto como resultado de las crisis. Si
no fuera por éstas, las que, en consecuencia, tendremos que explicar de distinta
manera, se podría justificar cl supuesto de los emprendedores de que la oferta
de ahorros continuaría al mismo nivel actual. Las decisiones de los hombres de
empresa sobre las cantidades de bienes de consumo que se podrían vender como
resultado de sus inversiones actuales y las fechas de ven-ta coincidirían con
las intenciones de los consumidores en cuanto a las porciones de su ingreso que
desearían consumir en varias fechas.
IV
Desde luego que es bien sabido que la oferta corriente de dinero-capital no es
necesariamente idéntica a la cantidad de ahorros co-rientes. La oferta de
dinero-capital puede variar independientemente de la oferta de ahorros, a
consecuencia de toda clase de perturbaciones monetarias descritas ya como
cambios en la cantidad de dinero y cambios en la velocidad de la circulación del
dinero, pero en verdad de una naturaleza más complicada de lo que sugieren estos
términos. Sin embargo, esto quiere decir que, en ocasiones, los emprendedores
basan sus decisiones acerca de futuras inversiones en síntomas que en manera
alguna indican ni siquiera el deseo actual de ahorrar de los consumidores y, en
consecuencia, no sirven de guía para predecir la forma en que distribuirán su
ingreso en el futuro entre con-sumo y ahorros. Los emprendedores tomarán sus
decisiones respecto del volumen de sus inversiones, por ejemplo, acerca de las
cantidades de bienes de consumo que producirán en varias fechas, como si la
presente distribución de la demanda monetaria entre bienes de consumo e
inversiones correspondiera a la forma en que los consumidores dividen su ingreso
entre consumo y ahorros. El resultado de
esto tiene que ser que la proporción en la que los emprendedores dividan sus
recursos entre la producción para un futuro cercano y la producción para un
plazo más largo será distinta a la proporción en que Ios consumidores en general
quieran dividir su ingreso actual entre consutpo actual y provisión para el
consumo en una fecha posterior.
En tal situación, existe evidentemente un conflicto entre las intenciones de los
consumidores y las de los emprendedores que tarde o temprano se manifestarán,
frustrando así las perspectivas de por lo menos uno de estos dos grupos. Esta
situación no es de equilibrio en el sentido en que lo definimos anteriormente.
Tal condición de equilibrio requeriría que las intenciones de los dos grupos
fueran por lo menos compatibles. Esto excluye una situación en la que los
precios actuales y especialmente las tasas de interés vigentes creen, respecto
al futuro comportamiento de algunos miembros de la sociedad, perspectivas
carentes de todo fundamento. La tasa de interés de equilibrio sería entonces
aquella que asegurara cierta correspondencia entre las intenciones de los
consumidores y las de los hombres de empresa. Dada una tasa constante de
ahorros, esta tasa de interés sería aquella que se obtenga en un mercado donde
la oferta de dinero-capital fuera exactamente igual a los ahorros corrientes.
Si la oferta de dinero-capital se aumenta, a consecuencia de cambios monetarios,
hasta alcanzar una suma superior, la tasa de interés será más baja que la tasa
de equilibrio y los hombres de empresa contarían con el estimulo suficiente para
dedicar una parte mayor de los recursos disponibles a producir para el futuro
más distante, de la que corresponde a la manera como los consumidores dividirán
sus ingresos entre ahorros y consumo. En el momento en que los em-prendedores
toman esta decisión, los consumidores no tienen posibilidad de expresar sus
deseos en forma rotunda, ya que sus ingresos no han variado aún, mientras que la
expansión del crédito ha aumentado el fondo disponible para inversiones. Sin
embargo, con el tiempo la inversión de estos fondos deberá incrementar el total
de los ingresos en una cantidad casi igual a la cantidad de estos fondos, ya sea
porque los jornales tengan que subir para estimular a los trabajadores a que
abandonen las industrias de bienes de consumo en favor de las de bienes de
producción, o porque estos fondos se empleen para dar ocupación a individuos que
antes estaban desocupados. Evidentemente, esto aumentará la intensidad de la
demanda de bienes de consumo en una cantidad que depende de la forma en que los
consumidores distribuyan el ingreso adicional entre consumo y ahorros.
El primer punto que debemos tener presente es que este aumento en el total de
ingresos monetarios no significa un aumento de los ingresos reales, pues es
posible que se traduzca en una disminución del ingreso real de muchos individuos
consumidores. No importa cuán grande sea la cantidad de dinero a la disposición
de los consumidores, éstos nunca podrán consumir una cantidad de bienes de
consumo superior a la oferta corriente, y si las nuevas inversiones han
provocado una redistribución de los factores de la producción ya empleados hacia
procesos de producción indirecta de mayor du-ración, ello debe resultar, en
igual grado, en una disminución de la producción de bienes de consumo. El
aumento de la productividad de los recursos permanentes existentes motivado por
las nuevas in-versiones no vendrá sino muy posteriormente. Pero aun cuando los
primeros resultados de las nuevas inversiones dejen sentir su efecto en el
mercado, este aumento de la producción será igual a apenas una fracción de los
ingresos adicionales y, como se verá en seguida, es esta relación entre el
aumento de ingreso y el de la producción de bienes de consumo lo que tiene
importancia para nuestro problema.
En las circunstancias aqúí consideradas, hay poca razón para creer que la parte
del aumento del ingreso monetario que se dedica al consumo corriente disminuirá.
Estos cambios tendrán poco efecto en el deseo de los consumidores de ahorrar, y
su capacidad para ahorrar, cuando mucho, habrá disminuido. Solamente en el caso
de que haya habido una redistribución de ingresos durante todo el proceso, y que
esta redistribución haya favorecido a individuos más propensos al ahorro a
expensas de los menos propensos, podremos esperar un cambio en la producción
ahorrada del ingreso. Pero ya sea que los consumidores dividan su ingreso
monetario adicional según la vieja proporción entre consumo y ahorro, o que la
proporción sea un poco más favorable al ahorro, de todos modos el aumento del
ingreso monetario llevará a un aumento de la demanda monetaria de bienes de
consumo y por ende a un alza de los precios de estos artículos.
Este aumento en la intensidad de la demanda de bienes de con-sumo no tiene por
fuerza un efecto desfavorable en las actividades inversionistas, siempre que los
fondos disponibles para propósitos de
inversión se aumenten en forma suficiente mediante nueva expansión de créditos
para que, aun con el aumento de la competencia ofrecida por las industrias de
bienes de consumo, se pueda obtener una mayor p;oporción de los recursos totales
disponibles en la cantidad requerida para completar los nuevos procesos ya
iniciados. No es difícil ver que esto requerirá una expansión continua y
progresiva del crédito y que esta expansión, aparte de los obstáculos legales y
tradicionales, no puede continuar indefinidamente, aunque fuera sólo porque
acabaría inevitablemente en un aumento acumulativo de precios que tarde o
temprano excedería cualquier límite.' Con todo, lo que más nos interesa por el
momento es ver lo que sucederá cuando venga el momento inevitable en que la
demanda de bienes de consumo principie a aumentar, no sólo en forma absoluta,
sino también con relación a los fondos disponibles para inversión.
V
Hemos llegado ahora al punto en donde el conflicto entre las intenciones de los
consumidores y de los inversionistas, creado por la deformación del mercado a
consecuencia de la expansión del crédito, principia a manifestarse. Los
emprendedores que han comenzado a aumentar su equipo de producción ante la
perspectiva de que las bajas tasas de interés y la abundante oferta de
dinero-capital les permitiría continuar y utilizar estas inversiones bajo las
mismas condiciones favorables, acaban por ver defraudadas sus esperanzas. El
aumento de los precios de todos los factores de la producción que también pueden
utilizarse en las últimas etapas de la producción aumentará los costos de los
bienes de capital que producen, al mismo tiempo que el alza de las tasas de
interés disminuirá la demanda de las mismos. Y una parte considerable del nuevo
equipo creado con el fin de producir otros bienes de capital quedará sin
emplearse, ya que las perspectivas de mayores inversiones en estos otros bienes
de capital no se amplían.
Este fenómeno de escasez de capital que hace imposible la utilización del equipo
de producción existente me parece que constituye el meollo de la verdadera
explicación de las crisis; y al mismo tiempo es sin duda una de los que provocan
más objeciones y parece el más
improbable a las personas no versadas en estos asuntos. El que la escasez de
capital dé lugar a que el equipo de producción existente se quede parcialmente
sin utilización; el que la abundancia de equipo de producción sea un síntoma de
escasez de capital, y el que la causa de todo esto sea no una demanda
insuficiente sino más bien una demanda excesiva de bienes de consumo, es
aparentemente algo más de lo que una mente sin instrucción teórica está
dispuesta a aceptar. Sin embargo, la verdad de estas paradojas aparentes se me
revela más allá de toda duda. Antes de continuar explicándolas, no sería quizá
inoportuno demostrar que algunos de los más experimentados observadores de las
crisis de la mitad del siglo xix se vie-ron obligados a aceptarlas.
La explicación que ellos daban de estas crisis era generalmente en términos de
una conversión excesiva de capital circulante en capital fijo, inducida por la
creación de "capital ficticio",' y que llevaba finalmente a una escasez de
capital "disponible" o "flotante" que hacía imposible acabar muchas de las
nuevas operaciones iniciadas. El autor que desarrolló y popularizó esta
doctrina, en conexión con los grandes auges ferrocarrileros y las crisis
subsiguientes de la mitad del siglo xix, fue principalmente James Wilson, primer
director de la revista The Economist, de Londres. Más tarde, la idea fue acogida
por un grupo de economistas de Manchester y fue, finalmente, introducida en
círculos académicos ingleses por Bonnamy Price y en Francia par Courcelle-Seneuil
y V. Bonnet. Más aún, Yves Guyot resumió la idea fundamental en la siguiente
frase característica (cito la introducción inglesa de su obra La science
économique): "Las crisis comerciales y financieras se producen, no por un exceso
de producción, sino más bien por un exceso de consumo."
Pudiera sostenerse, quizás, que una doctrina que cavo tan amplia aceptación
precisamente cuando se iniciaba el estudio sistemático de las fluctuaciones
industriales no puede estar muy opuesta al sentido común, como muchos lo creen
hoy, después de que ha transcurrido medio siglo de propaganda en favor de las
teorías del subconsumo. El que estas primeras tentativas no hayan tenido un
éxito más du
z Sobre el origen de este Término véase J. Viper, Stedies in the Them, of
Inremarimml Trade 1937, P. 196, nora.
e Yves Ouyot, Pnndple.s of Social Economy, Londres, 1884, re 149. Para una
descripción mas completa de caras reunes de n mitad del siglo so, véase el
apéndice el recce, cepímlo de la 21 edición de mi Prices and Prodaaion, 1934.
radero se debió tal vez al sentido impreciso de varios conceptos sobre el
capital que sus autores tomaron de la "jerga" financiera corriente en ese tiempo
en Londres. No es difícil ver que con este aparato defectuoso de sus conceptos,
los partidarios de estas teorías tuvieran muchas dificultades para explicar en
forma convincente lo que habían observado y defenderse de las críticas de sus
opositores. Aun hoy no nos hemos despojado de la ambigüedad, o más bien de la
falta de sentido, de los varios conceptos de capital que aún empleamos y que
constituye un verdadero obstáculo a un entendimiento más claro. Esto no es menos
cierto de términos como "escasez de capital" y del concepto relacionado,
"capital libre", al que se refiere. Aun en el caso de que asociemos ideas claras
con el término "escasez de capital libre", y aunque el término se use
frecuentemente bien, es, sin embargo, en cierto modo, engañoso, y nos lleva
fácilmente a hacer preguntas sin sentido. La dificultad estriba en que el
término parece referirse a algún concepto único, mensurable, alguna cantidad de
dinero o "fondo de subsistencia" que representa el "capital libre" y que en la
práctica simplemente no existe. Lo que en verdad queremos decir cuando hablamos
de escasez o abundancia de capital libre es sencillamente que la distribución de
la demanda entre los bienes de consumo y los de producción, comparada con la
oferta de estas dos clases de bienes, es relativamente favorable o desfavorable
a los primeros.
VI
Sin embargo, existe otra dificultad más importante relacionada con Ios conceptos
tradicionales del capital, y a mi parecer hace necesario reformular la teoría de
Wicksell y Mises sobre las fluctuaciones industriales en la forma en que he
tratado de hacerlo brevemente en esta conferencia. Las ideas prevalecientes
sobre la manera en que el capital se mantendría cuantitativamente intacto en
circunstancias variantes fue lo que sugirió la idea de que un período de intensa
actividad inversionista, seguido de un período en el que gran parte del capital
creado se destruye, puede tratarse como períodos alter-nos de acumulación y
desacumulación de capital. En la mayoría de Ios casos prácticos esto bien puede
ser una descripción adecuada de los hechos. Teóricamente hablando, esta forma de
discusión parecía especialmente atractiva porque en apariencia facilitaba la
des-
cripción de las condiciones de un equilibrio estable en la forma hoy muy
popular; es decir, en términos de la igualdad entre ahorro (neto) e inversión
(neta). Con todo, la primera vez que se intentó una definición de estas dos
magnitudes, que se supone corresponden la una a la otra en cierto sentido
cuantitativo, se descubrió que de ninguna manera tenían un significado muy
claro. Como se puede de-mostrar fácilmente, ambos conceptos dependen de una idea
vaga de que el capital se mantiene "normal" o se conserva constante en cierto
sentido cuantitativo: los ahorros se consideran como la parte del ingreso no
consumido y, por tanto, debemos saber primero qué es el ingreso, es decir, hay
que determinar qué parte de los ingresos brutos tienen que deducirse para la
amortización del capital; y de igual manera sólo podemos determinar la magnitud
de las nuevas inversiones si averiguamos primero qué cantidad de actividad
inversionista se requiere nada más para mantener el viejo capital. Antes de que
podamos decir qué son los ahorros y las inversiones será necesario primero tener
una idea clara y realista de lo que es mantener el capital intacto.
Muchos creen que esto puede hacerse muy fácilmente; en ver-dad, parece
considerárselo tan obvio que se ha creído innecesario un estudio más cuidadoso
del problema, que, por lo demás, pocos han intentado. Pero tan pronto como uno
se propone contestar estar pregunta seriamente, se encuentra con que no sólo el
concepto de mantenimiento de capital no tiene sentido preciso, sino que tampoco
hay razones para creer que, en condiciones dinámicas, el emprendedor más
racional e inteligente estaría dispuesto a mantener su capital constante o seria
capaz de ello, en un sentido cuantitativo, es decir, con respecto a cualquiera
de las propiedades mensurables de capital. La inteligencia y visión del
emprendedor determinará su comporta-miento en determinadas circunstancias, y
hará que el capital que controla experimente aumentos o disminuciones
inesperados de valor. Pero como se demostrará más ampliamente en otra ocasión,'
aun suponiendo que los emprendedores tuvieran conocimiento pleno de todos Ios
acontecimientos importantes del futuro, no habría razón para esperar que
actuaran en forma que les permitiera mantener el valor de su capital (o
cualquier otra dimensión mensurable en este mismo capital, por oposición al
ingreso derivado del mismo) en una cifra determinada.
Si la teoría "wickselliana" de las crisis dependiera realmente de los conceptos
tradicionales de ahorro e inversión, como se desprende del uso generalizado de
estos términos en las exposiciones corrientes de esa teoría, las consideraciones
que hemos hecho constituirían serias objeciones. Afortunadamente, no hay tal
conexión necesaria entre la teoría y estos conceptos. En la forma provisional y
esquemática en que se ha vuelto a enunciar la teoría en la primera parte de esta
conferencia, me parece que es independiente de toda idea de cambios absolutos en
la cantidad de capital y, por tanto, de los conceptos de ahorro e inversión,
usados en el sentido tradicional. El punto de partida para una teoría de esta
clase, plenamente desarrollada, sería: a) las intenciones de todos los
consumidores respecto a la manera como desean distribuir todos sus recursos (no
solamente su "ingreso") en todas las fechas de importancia, entre consumo actual
y previsión para un futuro consumo, y b) las decisiones sepa-radas e
independientes de los emprendedores en relación con las cantidades de bienes de
consumo que se proponen producir en estas fechas diferentes. La igualdad entre
estos dos grupos de decisiones sería la característica de la clase de equilibrio
que ahora se describe generalmente como un estado en que el ahorro es igual a la
inversión y con la cual está relacionada la idea de un equilibrio de la tasa de
interés. Una tasa de interés más baja induciría entonces a los em-prendedores a
dedicar a la producción, para el consumo actual, una proporción de los recursos
disponibles más pequeña que la parte correspondiente al ingreso obtenido por
estos recursos que se ha gastado realmente en consumo. Esto puede resultar en
que los emprendedores alarguen el período de inversión más de lo que estaría
justificado por sus "ahorros" voluntarios en el sentido (neto) corriente de la
palabra, o en que no acorten el proceso existente de la producción en forma
suficiente para tener en cuenta la "impaciencia" de los consumidores (esto es,
en la terminología corriente, sus deseos de consumir capital). Se comprende que
no sea por fuerza el con-sumo de capital lo que constituye la característica
esencial de una crisis (yo mismo lo he sugerido en ocasiones anteriores), sino
simple-mente que los consumidores demandan una oferto más rápida de bienes de
consumo de la que es posible producir en vista de las decisiones de los
emprendedores en lo que se refiere a la forma y volumen de sus inversiones. En
la práctica esta corrección no importa mucho, pero teóricamente la exposición de
la teoría se haría inobjetable solamente si la liberáramos de toda referencia a
la cantidad absoluta de capital.
VII
En una conferencia corta es apenas posible exponer a grandes rasgos cuáles son
las tendencias actuales de la teoría del ciclo económico. Y no necesito añadir
que en mi opinión este desarrollo está lejos de terminarse y que lo único que
podemos decir hoy tiene que set necesariamente a título provisional y que
probablemente estará sujeto a revisión con el tiempo. Pero aun cuando podamos al
fin exponer este argumento particular en una forma menos objetable y más
convincente de lo que podemos hoy, esto no significa el fin sino apenas el
principio. Aun después de que hayamos contestado la pregunta de cómo los
emprendedores reaccionan ante las perspectivas de ciertos cambios en los
precios, todavía quedará la pregunta mucho más difícil e importante de qué es lo
que determina las perspectivas de los emprendedores y especialmente cómo
afectarán a esas perspectivas los cambios que se operan en los precios actuales.
Todas estas preguntas están en un campo más o menos inexplorado, apenas tocado
por uno o dos economistas escandinavos. Y a pesar de que no puedo estar de
acuerdo con el profesor Myrdal cuadn dice que en mi teoría no encuentra cabida
el papel de las expectativas e —el demostrar el papel importante que desempeñan
ha sido el objeto primordial de esta conferencia—, por otro lado estoy
perfectamente de acuerdo con él en que este elemento es de gran importancia para
un desarrollo de la teoría de las fluctuaciones industriales. No dudo que en
este campo adquirirá cada vez mayor importancia la compleja teoría sobre la
incertidumbre y el riesgo, a la cual han prestado recientemente tanta atención
los economistas escandinavos.
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