
"Contribuciones a la Economía"
es una revista
académica mensual
con el Número Internacional Normalizado
de Publicaciones Seriadas ISSN
1696-8360
Emprendedores y Empresarios: un enfoque Institucional
Isaías Covarrubias M.
Universidad Centro
Occidental Lisandro Alvarado Barquisimeto, Venezuela
icovarr@ucla.edu.ve
Resumen Las funciones que cumplen emprendedores y empresarios en
una determinada sociedad constituyen un aspecto relevante del desempeño
económico, al ser éstos agentes del cambio social. Frecuentemente están
asociados con el establecimiento de empresas pequeñas y medianas, con la
asunción de capitales de riesgo y con la introducción de innovaciones. El
objeto de este análisis es aproximarse a los aspectos institucionales que
contextualizan el ambiente para su surgimiento. Las regiones y naciones con
entornos institucionales flexibles e innovadores, seguridad jurídica, redes
de apoyo económico y social, tienden a propiciar las iniciativas
empresariales. Por el contrario, las que tienen ámbitos institucionales
rígidos, signados por pesadas burocracias, derechos de propiedad mal
definidos (incluyendo la propiedad intelectual), inseguridad jurídica,
infraestructuras precarias y baja calidad del recurso humano, representan una
limitante para estas iniciativas. La función empresarial depende, cada vez
más, de la existencia de instituciones eficaces y flexibles, que permitan
acercar la tasa privada a la tasa social de beneficios, minimizando los
costos de transacción implícitos en el desarrollo de mercados y
organizaciones. Por lo demás, en América Latina resulta de importancia
generar políticas públicas orientadas a adaptar y reformar las instituciones
requeridas para incentivar el potencial de emprendimiento. Pulse aquí para leer el texto completo,
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1.
Formación de empresarios y capitalismo Hacia el año 1700, las incipientes Estado-naciones
de Holanda e Inglaterra se encontraban en el borde de iniciar un proceso de
crecimiento económico sostenido. Este incremento, medido en términos de la
renta por habitante, ha sido atribuido a la ampliación del comercio interno y
ultramarino, a los cambios demográficos favorables, así como a las primeras
manifestaciones de cambios tecnológicos importantes en la producción agrícola y
manufacturera. No obstante, la transformación más resaltante estaba ocurriendo
en el contexto institucional. La concesión de privilegios exclusivos por parte
del Estado a comerciantes y sociedades, las abundantes reglamentaciones para
realizar actividades económicas y la legitimación de los poderes impuestos por
los gremios, comenzaron a desaparecer desde el mismo momento que los mercados nacionales
e internacionales en crecimiento exigieron nuevas reglas de juego, en la
dirección de abaratar los costos de transacción que hicieran más eficiente el
sistema.1 La evolución del comercio en unas
nuevas circunstancias, al cambiar las relaciones de intercambio, trajo como
consecuencia una mayor demanda de derechos de propiedad claramente reconocidos
y sancionados por el Estado. Se produjo entonces una evolución institucional en
la dirección de promover reformas al derecho de sociedades, que se adaptaran a
los significativos cambios operados en el comercio internacional y en la
industria. Se originó un proceso de desplazamiento de los sistemas de
concesión, en que los gobernantes otorgaban el derecho a constituirse en
sociedad, atendiendo generalmente a favores especiales, a un sistema de
registro en que toda compañía que reunía unos requisitos mínimos podía
constituirse en sociedad. Como se ha destacado para el caso de Inglaterra:
La menor influencia de
las reglamentaciones industriales y la disminución del poder de los gremios
permitieron la movilidad de la mano de obra y la innovación de las actividades
económicas; posteriormente, la institución de una regulación de las patentes en
el Statute of Monopolies fomentó aún más esta tendencia. La movilidad
del capital aumentó gracias a las sociedades anónimas, los orfebres, los coffee-house
(precursores de los seguros organizados) y el Banco de Inglaterra, factores
todos ellos que abarataron los costos de transacción en el mercado de
capitales, y, lo que tal vez sea lo más importante, la supremacía del
Parlamento y la incorporación de los derechos de propiedad al derecho civil
puso al poder político en manos de hombres deseosos de explotar las nuevas
oportunidades económicas (North y Thomas, 1976: 245-246).
Paralelamente a los profundos
cambios institucionales y en el comercio aparece, de forma manifiesta, un nuevo
grupo de actores sociales a los que cabe la denominación de empresarios. Aunque
resulta inútil diferenciar, en los albores del capitalismo mercantil, si estos
nuevos agentes de cambio eran simples mercaderes con actividades ampliadas por
efecto del auge comercial transoceánico, o se trataba de emprendedores en el
sentido lato del término, lo cierto es que la era del capitalismo mercantil estuvo
marcada por una actitud diferente hacia los negocios, caracterizada por un
sentido del riesgo y del cálculo económico mucho más desarrollado que en épocas
precedentes. Esta actitud se va a reflejar no sólo en el impulso que aparece
para la creación de compañías por acciones, sino también va a elevar el
objetivo de la ganancia y el préstamo con intereses a la categoría de
actividades respetables. Con relación a esto, Hirschman
(1977) ha ofrecido una interpretación singular del ascenso del capitalismo mercantil
al sostener que, de alguna manera, los argumentos políticos de los siglos XVII
y XVIII a favor de este sistema, se adelantaron a las justificaciones
económicas. La idea del interés, en el sentido de cálculo racional económico,
recibió desde principios del siglo XVII un fuerte impulso en la teoría
política. El interés experimentó una transformación en su concepción de
avaricia, de usura, hacia una concepción más benigna, que significaba
contraponer el logro de riquezas a otras pasiones destructivas como la guerra.
La actividad lucrativa, vista como una pasión benevolente, aprobada por la
sociedad, no podía sino generar individuos que en la búsqueda de su interés
propio se convirtieran en impulsadores de empresas, en consonancia con una
orientación que no podía sino beneficiar también el interés público y al
Estado. Adam Smith otorgará a la búsqueda
del interés propio, como motivación económica fundamental, una sanción moral
positiva. Al hacerlo, legitimó la actividad empresarial como la llamada a
propiciar el desarrollo del sistema capitalista. Dicha búsqueda y, por ende, la
prosperidad del empresario y de la sociedad como un todo, sería tanto más
exitosa cuanto menos fuera obstaculizada por intervenciones, restricciones o
regulaciones, ya provinieran del gobierno o de otros agentes. El empresario
capitalista se encargará de dar un sentido práctico al pensamiento teórico del
liberalismo económico, haciendo corresponder su visión, imbuida de la necesidad
de su tarea, con lo que se consideraba era políticamente correcto y socialmente
útil. De allí que la práctica empresarial inmersa en el capitalismo fomente un
conjunto de actitudes sicológicas y disposiciones morales compatibles, que son
tanto deseables en si mismas, así como conducentes a la mayor expansión del
sistema.2 Max Weber partirá de esta sanción
moral positiva conferida al desempeño conducente al logro de riqueza, para
indagar a profundidad en su sustrato ético, en el espíritu que lo anima. En su
estudio La ética protestante y el espíritu del capitalismo, publicado
originalmente en 1905, primeramente distingue entre el empresario
tradicionalista, surgido de la época mercantilista, y el empresario capitalista
propiamente tal. El primero, aunque sometido a cierta forma capitalista de
organización, no estaba imbuido del espíritu necesario para desarrollar la
actividad empresarial desde una base ampliada y acumulativa. Esta tarea la
asumirá el empresario capitalista, un sujeto con una ética, una mentalidad, un
código de conducta diferente, que le impulsa a la frugalidad en busca de la
multiplicación de su riqueza, transformando así su actividad en una profesión
de vida, guiada por una moral puritana: ...Pero no sólo el sentido literal, también la idea (la concepción
luterana de la profesión) es nueva: es producto de la Reforma. Ni en la Edad
Media, ni en la Antigüedad (en el helenismo de la última época) se dieron los
supuestos para esa estimación del trabajo cotidiano en el mundo que implica
esta idea de profesión...lo absolutamente nuevo era considerar que el más noble
contenido de la propia conducta moral consistía justamente en sentir como un
deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo (Weber, 1969: 87-89). A comienzos del siglo XX, Wilfredo
Pareto, a partir de su estudio histórico sobre élites, hará una distinción de
actores sociales en el campo de la actividad económica de la cual surge, a su
vez, una diferenciación clara de la categoría de empresario. Pareto contrasta
los “rentistas” con los “especuladores”. Los rentistas son esencialmente
hombres que perciben ingresos fijos, en tanto que los especuladores o
“empresarios” persiguen siempre mayores beneficios y corren siempre mayores
riesgos. Además, los empresarios son activos, imaginativos, interesados en
promover innovaciones, son especuladores tanto en el sentido filosófico del
término, como en su sentido económico. Los rentistas son pasivos, faltos de
imaginación, conservadores. Cada grupo tiene objetivos conscientes que afectan
a la sociedad, pero ninguno de los dos grupos tienen conciencia de sus
funciones sociales, es decir, de las consecuencias impensadas de sus acciones
deliberadas (Burke, 1996). Pareto, a diferencia de Weber, no tiene una
inclinación especial para conferirle un sentido instrumental valorativo a la
actividad empresarial. Observa sí, con perspicacia, que períodos de crecimiento
económico lo favorecen, mientras que períodos de estancamiento o recesión son
ventajosos para el rentista. No obstante, entiende que la clase de empresario
es la llamada a promover los cambios sociales y la de los rentistas a
resistirlos. El equilibrio social se convierte de esta manera en el resultado
de la interacción de ambas funciones. Será Joseph Schumpeter, quien
realice la tarea de otorgar al empresario un papel central en el desarrollo
económico al convertirlo en el eje de sus cambios. En su obra Teoría del
Desenvolvimiento Económico, publicada originalmente en 1912, hace
descansar en la innovación y en el empresario innovador que la lleva a cabo,
el mayor peso del desarrollo económico. Una función básica de todo empresario
consiste en la búsqueda de ganancias extraordinarias, y éstas pueden provenir
exclusivamente de la innovación. La necesidad de innovar le lleva a seguir
atentamente la evolución de las oportunidades técnicas que genera el potencial
científico y, en algunos casos, a desarrollar directamente las nuevas
tecnologías.3 Una característica fundamental que
tienen las innovaciones en el enfoque schumpeteriano, es que éstas no aparecen
en forma continua, sino que, en caso de aparecer, lo hacen en forma discontinua
y en grupos o racimos. Por esta razón, también los empresarios innovadores
aparecen en grupos, puesto que el surgimiento de uno o más empresarios facilita
la aparición de otros y éstos, a su vez, la de nuevos grupos, cada vez en mayor
número, ya que el éxito original anula de manera creciente los obstáculos,
haciendo familiar la innovación y suavizando su aceptación. El ciclo económico
tiene en la actividad del empresario su principal determinante. La fase inicial
de un proceso de innovaciones permite al empresario obtener una rentabilidad
elevada, puesto que se beneficia de una renta de situación (que puede llegar a
ser un monopolio). A medida que la innovación se difumina y se generaliza,
aumenta la competencia, y, gradualmente, desaparecerán las ganancias
extraordinarias. Al eliminarse la ganancia extra del empresario, se agota el
impulso para nuevos avances en esa dirección. Esto conlleva a que junto con la
aparición del auge económico, producto de la introducción de innovaciones, le
siga, bajo una lógica intrínseca (no considerando la aparición de elementos
fortuitos como guerras, pánicos, destrucción del sistema de crédito, quiebras
masivas) la aparición de la depresión, consecuencia del proceso normal de absorción
y liquidación de las innovaciones: ...Pero ninguna terapéutica podrá obstruir permanentemente el gran
proceso social y económico, por el cual se hunden en la escala social para
desaparecer finalmente las empresas, posiciones individuales, formas de vida,
valores culturales e ideales. En una sociedad con propiedad privada y libre
competencia, este proceso es el complemento necesario del emerger continuo de
nuevas formas sociales y económicas, y de ingresos reales para todas las capas
sociales. El proceso sería más suave si no hubieran fluctuaciones cíclicas,
pero no se deben totalmente a las últimas ni es totalmente independiente de
éstas (Schumpeter, 1978: 254). El enfoque schumpeteriano, centrado
en el empresario innovador y en el proceso de “destrucción creativa” del
capitalismo, ha sido reforzado por Drucker (1998), pero bajo una perspectiva
que no enfatiza en la aparición de grandes innovaciones agrupadas. La capacidad
de innovación puede ser definida como la habilidad para explotar la ciencia y la
tecnología con el fin de crear provechosamente productos y procesos nuevos y
perfeccionados. La innovación se convierte en la responsabilidad principal del
empresario, orientada a la búsqueda consciente de nuevas oportunidades que
aumenten el potencial económico y social de la empresa. Las más importantes
fuentes de oportunidad que generan innovaciones son las ocurrencias
inesperadas, las incongruencias, los procesos necesarios y los cambios
industriales y de mercado. Además, existen fuentes de oportunidad en el
ambiente externo relacionados con cambios demográficos, cambios de percepción y
nuevos conocimientos. De lo anterior se
desprende que el empresario no se crea ni evoluciona en un vacío social. Desde
los mercaderes-empresarios del incipiente capitalismo mercantil, pasando por
los empresarios característicos de la revolución industrial, y llegando hasta
el empresario innovador del actual capitalismo informacional, este actor social
siempre ha sido y es el producto del contexto dinámico en el que se desarrolla
la economía y sus instituciones. Al mismo tiempo, ha servido de agente de los
cambios institucionales y ha cumplido funciones de liderazgo social. En
particular, los empresarios emergentes del capitalismo informacional, de
cualquier país o región, sean pequeños, medianos o grandes, que utilizan la
innovación y la flexibilidad como rasgos esenciales del nuevo sistema de
producción, dan por un hecho que la intensa competitividad prevaleciente los
obliga a innovar constantemente, pues corren el riesgo de quedar superados por
otros, de manera que son los principales propiciadores de cambios
institucionales y económicos que faciliten la creación y desarrollo de
empresas.4 2. Empresarios y Entorno Institucional Las instituciones representan las
normas formales, obligaciones informales, tales como normas de comportamiento,
convenciones y códigos de conducta autoimpuestos, y en sus características
relativas a su observancia. Las instituciones existen, entre otras cosas,
porque reducen las incertidumbres propias de la interacción humana. Estas
incertidumbres surgen como consecuencia de la complejidad de los problemas de
cooperación social (por ejemplo para el intercambio) que deben resolverse. El
consiguiente marco institucional, como reflejo de la forma como se estructura
la interacción humana, limita las elecciones que se ofrecen a los actores
sociales. Las instituciones eficaces tienden a igualar la tasa privada de
beneficios con la respectiva tasa social. Las instituciones son las reglas,
incluidas las normas de comportamiento, que regulan la interacción de los
distintos agentes, y las organizaciones que aplican las normas y códigos de
conducta para lograr los resultados deseados. La observancia de las normas
puede ser interna, es decir, por iniciativa de las partes afectadas, o
externas, por iniciativa de un tercero. La creación de instituciones puede ser
por iniciativa de agentes muy diversos: autoridades públicas, gentes de
negocios o la comunidad ((North,1990; Banco Mundial, 2002). En la práctica, las
instituciones hacen fundamentalmente tres cosas. Primero, encauzan la
información sobre la situación del mercado, sus bienes y participantes.
Segundo, definen y hacen observar los derechos de propiedad y los contratos,
determinando quién consigue qué cosas y en qué momento. Tercero, intesifican la
competencia en los mercados o la reducen. Las instituciones eficaces se
orientan en la dirección de integrar los mercados y minimizar los costos de
transacción asociados a la búsqueda de información, a la observancia de los
derechos de propiedad (incluyendo los derechos de propiedad intelectual), y a
las limitaciones de la competencia. Por esta razón, las características que
asuman las instituciones y la forma como evolucionen, pasan a ser aspectos
determinantes de la formación de empresarios y el potencial empresarial que se
pueda desarrollar en una sociedad. Entre estos aspectos
relevantes cabe destacar la existencia de una tradición empresarial en el
comercio, la manufactura o lo servicios. Cuando está tradición no está muy
desarrollada o ha ido desapareciendo con el tiempo, las instituciones ad hoc
suelen ser débiles e ineficaces y el potencial empresarial restringido. La
tradición es un factor importante particularmente para el desarrollo de
pequeñas y medianas empresas. Es el caso de los fabricantes de relojes en Suiza
o los fabricantes de instrumentos médicos de la India, cuyos productos son
reconocidos mundialmente como resultado del talento empresarial y la motivación
consagrada en la tradición familiar. También es el caso de regiones como
Cataluña, que mantiene una sólida tradición empresarial desde mediados del
siglo XIX. En efecto, hacia 1850 empresarios catalanes introdujeron, importado
de Inglaterra, el telar automático, iniciando una importante tradición en el
sector textil que convirtió a la región en la primera en importancia en esta
industria, hasta el punto que su valor agregado era más de cinco veces superior
al de todo el sector siderúrgico español de la época, concentrado especialmente
en las regiones vasca y asturiana. Además, la relevancia adquirida por la
Escuela Industrial de Barcelona, sirvió de catalizador para generar iniciativas
empresariales en los sectores metal mecánico y eléctrico que complementaron el
sector textil. La temprana revolución industrial catalana aseguró la presencia
de instituciones adecuadas para el surgimiento de empresarios y su
consolidación. El crecimiento
económico de los tigres asiáticos, particularmente Taiwán y Hong Kong, se
articuló con base a una tradición donde se le otorga primacía a la pequeña y
mediana empresa, arraigada en la ética laboral confuciana, que valora y tiene
una actitud positiva hacia la disciplina, el respeto a la autoridad, la
frugalidad (base de la alta tasa de ahorro de estas sociedades) y el interés
por la estabilidad familiar. Por ello, en el despegue económico taiwanés, la
estructura industrial se apalancó en un gran número de pequeños y medianos
empresarios, establecidos con el ahorro familiar y redes de cooperativas de
ahorro, apoyados, cuando fue necesario, con créditos de los bancos
gubernamentales. La existencia de una
tradición empresarial en determinadas comunidades y su ausencia de otras, es
decir, la presencia de un proceso sociocultural particular, que imbuiría a
estas comunidades de los elementos necesarios para propiciar la iniciativa
empresarial y el desarrollo económico, ha llamado la atención sobre la
importancia que tienen los valores para el alcance del progreso económico. Es
así que se ha atribuido el desarrollo de Europa Occidental a la presencia de la
ética protestante, el crecimiento japonés en el siglo XX sería un reflejo de
los valores de la cultura samurai y el más reciente auge económico de
los países del Este Asiático lo explicaría la práctica del confucianismo. Sin
que estos valores dejen de ser relevantes en la explicación de sus progresos,
las hipótesis que otorgan un peso relativo muy significativo a esta correlación
han perdido vigencia: Es difícil rechazar la
idea de que existen fuertes elementos de arbitrariedad y teoría ad hoc
en la cuestión de considerar los valores asiáticos particularmente favorables
al rápido crecimiento económico y social. Para decirlo de otra manera, si es
verdad que los valores han tenido tanta importancia en la reciente prosperidad
económica de estas regiones, ¿por qué han tardado tanto? ¿Han cambiado los
valores? Si es así, ¿por qué? ¿O es que su enorme potencial permanecía dormido
e inactivo y se ha desencadenado hasta no hace mucho tiempo y por alguna razón
con toda su fuerza? ¿Si es así, cual ha sido la razón de este cambio? Es mucho
más fácil dar explicación de valor ex post que ex ante, y la
facilidad de estas respuestas esconde las preguntas que se tienen que formular
para hacer un escrutinio crítico de las respuestas (Sen, 1999: 3) Por lo demás, la
evidencia empírica demuestra que la mayoría de las religiones, desde las más
universales y antiguas, hasta las más recientes y localizadas, promueven
valores éticos positivos, como el voluntarismo, la asociatividad, las virtudes
cívicas, la confianza y la solidez de la familia. De manera que el aspecto
verdaderamente importante es como una determinada sociedad internaliza esos
valores y los convierte en instituciones que los propicien y fomenten, de
manera que sirvan de apoyo al proceso de desarrollo económico mediante, entre
otras cosas, el fomento de emprendimientos.5 No obstante, como lo
advierte Berger (1990), se puede crear el modelo de capitalismo más
maravilloso, pero si no existen empresarios que lo hagan efectivo, éste se
convierte en un cascarón vacío. Las políticas oficiales a menudo hacen poco
para promover positivamente la capacidad empresarial, un fenómeno
socio-sicológico y cultural que no es fácilmente influido por políticas. La
principal ayuda que la política oficial puede prestar a la capacidad
empresarial es eliminando los obstáculos. Frecuentemente éstos son culturales,
pero también pueden encontrarse en las muchas reglas y regulaciones por medio
de las cuales los gobiernos, de cualquier tendencia ideológica, suprimen y
previenen abiertamente las iniciativas económicas. Es así que, por ejemplo,
inmersos en el desempeño caótico que corrieron sus instituciones, la conducta
empresarial en la ex Unión Soviética, después de la debacle del comunismo, se
vio afectada enormemente por la desorganización. Rusia se encontró con el
funcionamiento de un mercado, pero sin código comercial, sin código civil, sin
un sistema bancario efectivo, sin un sistema contable efectivo, sin
procedimientos para declarar la bancarrota. Este ambiente para los negocios no
sólo socavó la endeble base empresarial rusa, sino que abrió el camino para una
competición salvaje para apoderarse de la propiedad estatal por cualquier
medio. Las limitaciones institucionales observadas respecto
a la iniciativa empresarial en América Latina son de variada índole y tienen un
peso específico diferente en cada sociedad, pero se repiten en forma recurrente
de país en país. La excesiva reglamentación e ineficacia de la burocracia
pública, junto con la corrupción y la ausencia de un sistema judicial
confiable, que hace oneroso el registro formal de empresas, sería la razón
aparente para que más de la mitad de los empresarios peruanos se encontrarán
hacia finales de la década de los ochenta en el sector informal de la economía
(De Soto, 1989). Una problemática similar, pero desde una perspectiva
diferente, se reflejaba en el clima para la creación y sostenimiento de
pequeñas empresas en la nación mexicana en la década de los ochenta. Zaid
(1987) argumentaba que las grandes pirámides burocráticas públicas y privadas,
protegidas y protectoras, habían ahogado, con su paternalismo, una gran
tradición de productividad independiente. Paradójicamente, destruir un pequeño
productor autónomo y crearle un empleo moderno con todas las inversiones
necesarias, costaba muchas veces más que equiparlo mejor para aumentar su
productividad independiente. Las limitaciones legales y reglamentarias que
establecen definiciones precarias de los derechos de propiedad, dificultan el
acceso a créditos por parte sobre todo de pequeños y medianos empresarios que
se inician en actividades de negocios. En muchos países latinoamericanos
existen muchas restricciones para la utilización de los bienes muebles e
inmuebles como garantía. Cuando los prestatarios no pueden utilizar sus propios
bienes como garantía de un préstamo, ni pueden adquirir bienes a crédito
utilizando como garantía esos mismos bienes, las tasas de interés sobre los
préstamos son, por término medio más elevadas, puesto que los prestamistas,
formales o informales, buscan de esta manera compensar el riesgo al que se ven
expuestos. De allí que una buena definición de los derechos de propiedad, que
permita “capitalizar” los escasos bienes que poseen potenciales emprendedores,
y sirvan de garantía para la obtención de préstamos en condiciones que no
recarguen las tasas de interés, al minimizarse los costos de transacción
implicados, elevaría las oportunidades de emprendimientos. Según Márquez y Gómez (2001), un entorno hostil,
signado por la inseguridad personal, abundancia de permisos, acoso de las
autoridades y poco acceso a servicios financieros y tecnológicos disponibles
para empresas de mayor tamaño, estarían detrás de la explicación de la supuesta
ineficiencia de microempresarios de la ciudad de Caracas. El hecho que en su
trabajo con estos microempresarios se hayan encontrado con experiencias
exitosas, algunas incluso modelos de organización y de creatividad empresarial,
sugiere que los estudios sobre las actitudes culturales adecuadas para el
surgimiento de iniciativas empresariales a menudo soslayan aspectos
determinantes, configurados por una realidad socioeconómica particular. Sin
embargo, no dejan de reconocer que los estereotipos y la dinámica cultural
prevaleciente representan limitaciones significativas sobre las posibilidades
de éxito de este tipo de microempresario. Adicionalmente, en América Latina
los problemas a los que se enfrentan emprendedores y empresarios comienzan
desde la observancia de una tradición que otorga, regularmente, una imagen
negativa a las actividades de negocios. Esta visión retrógrada, se exacerba en
la medida que la sociedad en cuestión tiene como base una economía
predominantemente rentista. En estas circunstancias, la capacidad empresarial
no se considera una opción, porque la sociedad no valoriza suficientemente las
actividades que desarrolla un empresario. Con frecuencia se le identifica con
la obtención de un lucro, la acumulación de poder y otros motivos
predominantemente materialistas, y, en consecuencia, inferiores. Esta imagen
disuade a muchos potenciales empresarios de adoptar este rol social. Al parecer esta situación ha cambiado paulatinamente en
países como Chile, donde el empresario ha comenzado a ser valorado como uno de los
más importantes agentes del cambio social y del desarrollo. No obstante, como
advierte Montero (1999), las condiciones de cambio institucional que
permitieron instaurar una economía de mercado, abierta y competitiva,
propiciadora de la iniciativa empresarial, se dieron en el contexto de un
proyecto político donde el empresario no ha terminado de asumir una verdadera
función de liderazgo y de compromiso social. La eficacia
institucional como una palanca de la iniciativa empresarial y de la generación
de un buen clima para las inversiones, puede ser corroborada a partir de un
estudio comparativo del Banco Mundial (2002). Una investigación al respecto
reveló que en muchos países en desarrollo el costo financiero que implicaba el
cumplimiento de los reglamentos de los registros de empresas es muy elevado con
relación al PIB, y bastante superior a los promedios de los países
industrializados. De manera contradictoria, las naciones pobres, con menores
capacidades administrativas son las que requieren más procedimientos para el
registro de empresas. El elevado costo de transacción, desde el punto de vista
tanto de la complejidad como de los recursos, desalienta el ingreso de empresas
en el sector formal, reduciendo la capacidad competitiva y generando costos adicionales
en forma de mayor corrupción. Los incentivos que pueden aportar las
instituciones públicas y privadas para propiciar iniciativas empresariales
también están relacionados, entre otros aspectos, con la calidad en la
prestación de los servicios públicos, la percepción favorable o desfavorable
acerca del régimen jurídico existente, la calidad de la infraestructura, la
disponibilidad y facilidad para obtener información sobre normas,
reglamentaciones y políticas, la calidad de los recursos humanos, con la mayor
apertura al comercio internacional y a los mercados financieros, y, de manera
significativa, con la capacidad de cooperación para el establecimiento de redes
de todo tipo. Es en este sentido que North (1996) precisa la
necesidad de desarrollar el espíritu empresarial alterando el ambiente, para lo
cual se requiere crear un ambiente constructivo y competitivo. Un ambiente
competitivo que sea productivo y creativo no sólo se logra con una normativa de
derechos de propiedad, leyes y normas que brinden incentivos para que los
empresarios sean productivos, sino que va más allá de esto, y procede a
especificar cuáles son las normativas aplicables en diferentes mercados
económicos, que proporcionarán los incentivos para que cada uno de esos
mercados sea productivo y creativo. Por las mismas razones, se ha postulado la
necesidad de generar un medio innovador para alentar el potencial empresarial
en una sociedad; este medio innovador puede ser entendido como: El
sistema de estructuras sociales, institucionales, organizativas, económicas y
territoriales que crean las condiciones para una generación continua de
sinergias y su inversión en un proceso de producción que se origina a partir de
esta capacidad sinérgica, tanto para las unidades de producción que son parte
de este medio innovador como para el medio en su conjunto. El desarrollo de un
medio innovador de este tipo se ha convertido ahora en un asunto decisivo para
el desarrollo económico y en una cuestión de prestigio político y social
(Castells y Hall, 1994: 30-31). En resumen, las
instituciones eficaces se convierten en la gran diferencia entre entornos
locales, regionales o nacionales, que propician la iniciativa empresarial y
ambientes que, por el contrario, la restringen. Sin instituciones que acrediten
y garanticen la titularidad de la propiedad, los emprendedores no pueden
utilizar valiosos activos para la inversión y nuevos proyectos. Sin
instituciones judiciales sólidas que obliguen a cumplir los contratos, los
empresarios consideran que muchas actividades resultan arriesgadas. Sin
instituciones gubernamentales fuertes que controlen el comportamiento de los
directivos, las compañías despilfarran los recursos de los accionistas. Las
instituciones de gobierno que reglamentan la actividad empresarial
excesivamente, terminan limitándola. Las decisiones y políticas públicas de las
instituciones gubernamentales basadas en medidas arbitrarias, o sesgadas hacia
favorecer algún grupo en especial, resienten la labor empresarial. Las
instituciones débiles terminan siendo especialmente nocivas para el desarrollo
del espíritu empresarial. Más allá de las
diferencias socioculturales y la existencia de unos valores particulares, a las
comunidades, sean éstas locales, regionales o nacionales, no les resulta absolutamente
necesario atravesar un largo proceso de aprendizaje práctico en todos los
aspectos del desarrollo institucional. Si bien en las sociedades adelantadas
las instituciones evolucionaron lentamente conforme operaba el proceso de
desarrollo económico y social, las de menor progreso pueden transplantar y
modificar algunas formas institucionales de otras comunidades, abreviando así
su propio proceso de desarrollo. Este proceso es el llamado a convertirse en el
apoyo sobre el cual emprendedores y empresarios pueden alcanzar su potencial,
generando de esta manera riqueza, empleo, socavando la pobreza, y creando un
sostén firme para el crecimiento económico. 3. Una tipología de los empresarios y su responsabilidad social Aunque se puede afirmar que todo empresario es un
emprendedor, no necesariamente todo emprendedor es un empresario. El término
anglosajón entrepreneur sirve para denotar tanto emprendedor como
empresario en la medida que cumplen roles más o menos similares. No obstante,
la diferenciación tiene sobre todo que ver con el surgimiento del emprendedor
del sector público. Surgidos de los
procesos y transformaciones que experimentan en todo el mundo los sectores
gubernamentales, el emprendedor público también se diferencia del líder
público. Mientras el líder se concentra en ser un formador o un orientador de
los cambios, (aunque no los provoque) el emprendedor es fundamentalmente un
agente de los cambios. Este es visto como un actor racional que sopesa la toma
de decisiones en términos de costos y beneficios, proponiendo innovaciones
institucionales, organizacionales y otras, cuando percibe que la relación
costo-beneficio es favorable. En un mundo de información imperfecta y costos de
transacción, el emprendedor de la gestión pública intenta simular los cambios y
aprovechar las ventajas y oportunidades, traduciéndolas en normas
institucionales favorables. Por esta razón, como lo documenta Dove (2000), los
emprendedores públicos son agentes de cambio social en tanto tienden a emerger
en ambientes que fomentan la innovación institucional, cuentan con bajos
niveles de restricción normativa y funcionan con esquemas descentralizados. De
allí que los emprendedores, sean éstos
privados o públicos comparten algunas características comunes. Siguiendo a Schneider,
Teske y Mintrom (1995), ambos se distinguen por realizar tres funciones
básicas. Primero, están atentos a las oportunidades para descubrir necesidades
insatisfechas, y seleccionar prescripciones apropiadas para satisfacerlas.
Segundo, en la medida que asumen las oportunidades, soportan el riesgo de
reputación emocional y financiero, implicado en proseguir un curso de acción de
consecuencias inciertas. Tercero, al seguir estas acciones, los emprendedores
tienen que ensamblar y coordinar equipos y redes de individuos y organizaciones
que reúnan el talento y los recursos necesarios para producir el cambio.
Se puede afirmar que en un
determinado sistema social la demanda de emprendedores será función
fundamentalmente de dos factores: la tasa de cambio en las tecnologías de
producción; la tasa de cambio en las preferencias de los consumidores. A mayor
cambio en ambos factores, mayor será la demanda por emprendedores que presenten
nuevas alternativas. La
oferta de emprendedores viene dada por el número potencial de emprendedores
existentes en un determinado sistema social, por los costos y beneficios
implícitos y explícitos de implicarse en la actividad empresarial, y por las
barreras políticas, económicas, culturales u otras que limiten su emergencia. El
número potencial de emprendedores viene en gran parte determinado por las
características culturales de un determinado sistema social. La emergencia de
emprendimientos no depende sólo de opciones individuales y fuerzas de mercado,
sino también de características y condiciones sociales (Prats, 1999). De lo anterior se desprende la
existencia de una variada, pero a la vez limitada, gama de aspectos que
permiten caracterizar al emprendedor. La caracterización a menudo destaca algún
aspecto y soslaya otro. En general, se le relaciona con el individuo que inicia
solo, o a lo sumo con algunos familiares, un pequeño negocio, frecuentemente en
la rama de comercio o servicios. En otros casos, está asociado con los
individuos encargados de la formación de empresas industriales pequeñas y
medianas, a menudo apoyadas financieramente por entes públicos o privados.
Otras veces, se le vincula con el individuo que toma capitales de
riesgo, para llevar adelante una idea de negocios y localiza su empresa en una
infraestructura de redes empresariales. También existe el empresario innovador,
que toma la innovación como una disciplina de trabajo y la adapta al contexto
de actividades que desarrolla. El empresario innovador se
caracteriza por visualizar oportunidades especialmente en el campo de
aplicación de tecnologías de punta: informática, electrónica, biotecnología,
robótica, nuevos materiales. El mayor porcentaje de estos emprendedores
provienen de laboratorios e institutos de investigación, donde trabajaron
previamente en prototipos y ensayos de productos, procesos o servicios, tomando
la decisión de desarrollarlos en forma individual para someterlos al escrutinio
del mercado. Esto ocurre así porque, como lo manifiesta Viana (1995), la innovación también puede ser vista
como la conjunción exitosa de las posibilidades técnicas con las posibilidades
del mercado, caracterizada porque es un proceso acumulativo, lleno de
incertidumbre, e implica una colaboración intensa y continua entre grupos
funcionales especializados. Por ello, la empresa individual no es,
exclusivamente, la fuente de innovación y cambio técnico. El cambio técnico es
más bien generado de la compleja estructura de interacciones entre las
empresas, y algunas veces entre las empresas y las instituciones de infraestructura
de apoyo. No es casualidad entonces que los emprendedores de PYMES de base
tecnológica se caractericen por establecerse muy a menudo en torno a clusters
y tecnoparques, lo cual les permite obtener sinergias que surgen del
carácter innovador que prevalece en estos ambientes. Aunque las cualidades de estos
emprendedores suelen variar entre países y regiones, los creadores de este tipo
de empresas tienen por lo menos cuatro características en común: una tradición
de tipo empresarial, un alto nivel educacional, una formación técnica orientada
al desarrollo mas que a la investigación y una alta motivación al logro. Este
tipo de individuo proviene de universidades que funcionan como verdaderas
incubadoras de empresas. Una investigación, dirigida por Albors (2002), sobre las
características de un grupo de emprendedores de PYMES intensivas en tecnología
de la Comunidad de Valencia, corrobora lo anterior. El perfil de éstos se
correspondía con lo expuesto, la gran mayoría tenía estudios a nivel de doctorado
en áreas de la ingeniería informática, de la electrónica y la biotecnología. La
mayoría había trabajado en empresas donde estaban encargados del desarrollo de
innovaciones y de la introducción de nuevos productos al mercado, y un alto
porcentaje tenían como referente la existencia de empresarios en sus familias.
La motivación para desarrollar emprendimientos propios, además de visualizar
una oportunidad, se centraba en el deseo de tener una actividad independiente,
que significara un reto. Aunque la habilidad
empresarial es difícil de definir, sigue significando la presencia de
individuos dispuestos a correr riesgos y empecinados en una búsqueda constante
de nuevas ideas y formas de hacer y desarrollar las cosas. Por ello, atendiendo a estas y otras características,
existen varios perfiles de quién puede ser un potencial emprendedor.
Primeramente se destacará la categorización más sencilla, que parte de
distinguir el emprendedor “innato” del emprendedor “profesional”. El primer
modelo se asocia con una cierta visión arquetípica, que supone la existencia de
individuos poseedores de unas condiciones innatas para los negocios. El segundo
modelo da por supuesta una disciplina, una formación previa, conllevando a la
existencia de individuos paulatinamente convertidos en emprendedores, como si
desarrollaran una profesión cualquiera. El emprendedor innato tiene el
perfil asociado a la persona con “olfato” para los negocios, este individuo se
caracteriza por un sentido del riesgo y de la oportunidad más desarrollado que
el común, es capaz de visualizar necesidades insatisfechas de una manera casi
natural. Por esta razón, no es muy dado a elaborar planes, o realizar consultas
previas con el objeto de observar los puntos débiles de su idea de negocios.
Normalmente posee una alta motivación, puede ser muy perseverante hasta lograr
ver su proyecto materializado. Si bien las portadas de revistas empresariales
de todo el mundo están llenas con el rostro de emprendedores exitosos de este
tipo, es mucho más alto el porcentaje de individuos que fracasan respecto a los
que logran triunfar. Este fenómeno se corrobora en muchos países y regiones;
sirva como ejemplo el caso de Hong Kong, donde, por término medio, el
empresario sale adelante luego de siete intentos. En esta sociedad, la mayoría
de las empresas fueron abiertas por trabajadores que apostaron sus pequeños
ahorros y recibieron apoyo familiar; sin embargo, cuando sus metas de ser
empresarios no se cumplían, tenían a su favor una red de seguridad y de
subvención estatal que les permitía volverlo a intentar. El emprendedor profesional se
caracteriza por poseer también un alto nivel de confianza en sí mismo y una
alta motivación. No obstante, carece de la visión sesgada de éxito seguro que
vislumbra el emprendedor innato. Por ello, se cuida de elaborar planes de
negocios y someter la idea a pruebas que muestren sus fortalezas, pero
igualmente sus debilidades. Frecuentemente tiende a ser excesivamente racional
en la toma de decisiones, esforzándose por organizar las actividades a
desarrollar de una manera rigurosa. Por término medio, es sumamente realista de
las limitaciones impuestas por las circunstancias, aunque no carece de
optimismo. Está muy bien enfocado y definido en lo que hace, pero a menudo lo
domina un sentido de austeridad y de prudencia que puede resultar restrictivo. Por lo anterior, ha menudo surge la
pregunta de si acaso un emprendedor nace o se hace. Como lo ha sostenido Bricklin
(2001) la respuesta probablemente se encuentre en una combinación de talento
innato, que hace al emprendedor seguir su propio instinto, junto con un
ambiente propicio, que permite obtener ventajas de ese talento. El instinto
favorece una postura hacia el riesgo y de compromiso con lo que se está
haciendo. El entrenamiento, que puede provenir de una disciplina tempranamente
desarrollada, por ejemplo, un estilo de pensamiento que no desdeña ningún
enfoque, generado dentro de un entorno institucional que valora altamente la
creatividad y acepta la crítica, sería el otro componente requerido para tener
emprendedores exitosos. Otras categorizaciones, fundamentalmente
relacionadas con los perfiles de pequeños y medianos empresarios se debe a Fröhlich
et al. (1998). El empresario versátil; posee aptitudes dinámico-creativas y
administrativas-ejecutivas, dispuesto a los cambios pero consciente de la
necesidad de planificar y no dejarse llevar por la intuición. El empresario
precursor; tiende a desdeñar la planificación, pero valora el potencial de
cambio. El organizador; asume una estrategia, pero es conservador ante los
cambios. El empresario rutinario; actúa sin decisión y no es ni precursor ni
organizador. Otra distinción recae en los estilos administrativo o gerencial.
Se pueden diferenciar al menos tres estilos: el autoritario, el de laissez-faire
y el de cooperación. El estilo autoritario se caracteriza por la observancia de
las estructuras jerárquicas y una tendencia a regular detalladamente el
comportamiento laboral y los procedimientos, introduciendo rigidez en los
procesos y restando margen para la creatividad personal. El estilo laissez-faire
otorga un considerable grado de libertad a los empleados en la toma de
decisiones, pero, llevado al extremo, puede ser negativo en la medida que los
trabajadores se disocien, pierdan orientación al sentir la falta de decisiones
de la administración superior. El estilo de cooperación se basa en un alto
grado de comunicación, la discusión de estrategias y objetivos, y el
establecimiento de procedimientos participativos en las decisiones, pero,
llevado al extremo, puede causar la ralentización del proceso de adopción de
decisiones fundamentales. Por otra parte, históricamente la
actitud sicológica del empresario ha imbuido su capacidad no sólo hacia los
negocios, sino también su actitud en términos de responsabilidad social hacia
la comunidad, hacia los trabajadores y los accionistas. Como se sabe, esta
función la cumplía el gran empresario, pero, desde comienzos del siglo XX, las
grandes compañías dejaron paulatinamente de ser administradas por sus
propietarios fundadores, que solían ser no sólo los líderes de la actividad
económica, sino también tener un liderazgo social incontestado. La formación de
tecnoestructuras dentro de las grandes organizaciones nacionales y
multinacionales deja poco espacio para la responsabilidad social empresarial,
más allá de las obras filantrópicas. Así lo hizo ver Jhon K. Galbraith en El
Nuevo Estado Industrial, publicado originalmente en
1967: Hace ochenta años la
sociedad mercantil era el instrumento de sus propietarios y una proyección de
sus personalidades. Los nombres de esos propietarios -Carnegie, Rockefeller, Harriman,
Mellon, Guggenheim, Ford - se conocían en todo el país. Y siguen siendo
conocidos, pero ahora a causa de los museos de arte y de las organizaciones
filantrópicas que crearon, y a causa de sus descendientes que intervienen en la
política. Los hombres que dirigen hoy las grandes sociedades son desconocidos (Galbraith,
1980: 20). Aunque el manejo eficiente de los
negocios y la maximización de las ganancias sigue siendo la orientación
fundamental de la actividad empresarial, en los últimos años, ante la
constatación de que la globalización, junto con sus efectos ventajosos, también
puede, de hecho, aumentar la desigualdad económica, destruir empleos y dañar el
medio ambiente, algunos líderes empresariales se han manifestado a favor de
rescatar el compromiso social que les atañe. Adaptándola a los tiempos de
transformación política y económica que se experimentan, la idea es propiciar
la participación activa en la solución de problemas; hasta el presente,
incumbencia casi exclusiva de los gobiernos. El debilitamiento del Estado de
Bienestar ha exigido por parte del empresario privado, una participación más
activa en la esfera pública. Se trata de contribuir con propuestas, dar apoyo
financiero y planificar políticas dirigidas a revertir situaciones
problemáticas, como el incremento de la pobreza y la contaminación ambiental. Es por ello que muchos empresarios con presencia
mundial y desarrollando una gran variedad de actividades económicas, han
comenzado a trabajar a favor de programas internacionales, como el PNUD, que
buscan impulsar propuestas y acciones para un desarrollo sostenible. Las formas
de participación son múltiples; van desde el apoyo a proyectos para suministrar
energía renovable a comunidades rurales pobres, hasta la adquisición de zonas
silvestres amenazadas, con el fin de conservarlas como reservorios ecológicos.
Esta visión involucra la implementación de un modelo de balance social para las
empresas, que evalúa y establece indicadores, mediante un análisis
costo-beneficio, sobre la atención que prestan a las áreas prioritarias de
inversión social asociadas al desarrollo y su participación en programas de
capacitación, adiestramiento y formación de recursos humanos, que impacten
favorablemente sobre la población de los sectores económicamente más
vulnerables. Además de la capacitación a través de seminarios y talleres, se
busca apoyar proyectos sociales que se orienten hacia la autosostenibilidad.6 El empresario latinoamericano
mayoritario, propietario de una pequeña o mediana empresa, al realizar el mismo
las funciones simultáneas de administrador, gerente y, en algunas ocasiones,
agente de ventas, no parece tener muchas oportunidades para cumplir un rol
social influyente. Pero esto es así, si se contempla desde una perspectiva
restrictiva. Las organizaciones creadas ad hoc para agrupar a los
empresarios, como las cámaras de industriales y de comercio, las cooperativas y
algunas fundaciones, representan un espacio propicio para que el empresario no
sólo tenga la oportunidad de expresar su problemática particular con relación
al entorno para los negocios, o de establecer alianzas estratégicas, sino
también para aportar, con sus conocimientos y experiencias, ideas que puedan
ser puestas en práctica, y se orienten en la dirección de mejorar, en algún
sentido, la capacidad de cooperación en la sociedad y el bienestar colectivo. 4. Conclusión La formación de empresarios y el desarrollo de la
iniciativa empresarial están estrechamente vinculados a la conformación de las
instituciones públicas y privadas y a la forma como éstas evolucionan y se
transforman. Un ambiente institucional flexible e innovador es fundamental para
generar un buen clima para las inversiones, llevadas adelante por sujetos
emprendedores, que asumen razonablemente los riesgos implícitos en cualquier
actividad económica. Por el contrario, los entornos institucionales restrictivos,
caracterizados por el exceso de regulaciones, fragilidad jurídica, e
incapacidad para establecer redes de cooperación extensas y productivas,
tienden a limitar la formación de empresarios y a incentivar la informalidad de
las actividades económicas. Por lo demás, la debilidad de los derechos de
propiedad en países políticamente inestables contribuye a reducir los niveles
de inversión y ahuyenta a potenciales inversionistas.
Los entornos económicos e
institucionales de las naciones desarrolladas se corresponden con los que
brindan incentivos a la iniciativa empresarial. Por una parte, los propicia la
existencia de muchas oportunidades de negocios, derivado del alto nivel de
ingreso per capita y la diversificación del consumo agregado, particularmente
hacia la prestación de servicios de salud y de ocio, con pocas restricciones
legales para el establecimiento de empresas. Por otra, la existencia de
extensas redes industriales, vinculadas a la investigación aplicada realizada
en universidades y centros de investigación privada, el alto nivel
organizacional que conduce a tener buena información de pronóstico sobre
desarrollo de mercados, procesos, productos, la presencia de mercados de
capitales y de financiamiento bien desarrollados y la existencia de ambientes
macroeconómicos estables para las inversiones, constituyen otros tantos
factores que impulsan el surgimiento de emprendedores. Por contraste, en naciones como las latinoamericanas,
la inestabilidad macroeconómica, el bajo poder adquisitivo de la población, las
limitaciones del mercado de capital y financiero, la inseguridad jurídica, las
trabas legales para el registro de empresas, la incapacidad de elaborar
pronósticos de mercado que no resulten meros ejercicios de simulación, las
restricciones para elaborar planes de largo plazo y la escasa vinculación
universidad-industria, limitante de las posibilidades de innovación en
productos, servicios y procesos, resultan factores que repercuten de manera
desfavorable en el surgimiento de nuevos empresarios. Por otra parte, este tipo
de entornos favorece mucho más el surgimiento de emprendedores innatos, con
escasa formación para planificar negocios, a menudo desarrollándose dentro del
sector informal de la economía.
Correlativamente, en la medida que
mejora el entorno económico y social para los negocios, se estimula la
planificación y la asunción del rol de emprendedor de manera profesional. No por casualidad, Montero (1999)
destaca que el perfil de los emprendedores chilenos, a partir del análisis de
las biografías recogidas de un grupo de nuevos empresarios medianos, se
corresponden con el segmento profesional emergente en la economía de mercado
chilena a mediados de los noventa. No se trata ni de personas de origen humilde
que habrían surgido en la sociedad de oportunidades, ni de los hijos de los
empresarios tradicionales. Son más bien personas de clase media, sin grandes
fortunas, pero cuyas familias los dotaron de capital social y cultural. Muchos
eran profesionales altamente calificados, que en un momento determinado de
crisis del trabajo asalariado y de apertura de nuevos mercados, tomaron la
decisión de crear una empresa. Esta apreciación la corrobora Holley (2000), a
partir de un estudio
que indagaba, mediante un cuestionario, la percepción de los emprendedores
chilenos sobre los requerimientos para ser un empresario exitoso. El estudio
arrojó que el mayor porcentaje de las respuestas dadas se concentraron en:
tener buen conocimiento del mercado, estar bien definido y enfocado, estar a gusto
con lo que se hace, tener confianza y perseverar, e innovar constantemente.
Adicionalmente, los encuestados le atribuyeron sólo un 10% al factor suerte en
su contribución al éxito del negocio, el otro 90% restante consideran que es el
resultado del esfuerzo y del trabajo sistemático. En algunos casos, un ambiente
económico desfavorable para los negocios y muy restrictivo para al surgimiento
de nuevos empresarios, no cierra las oportunidades completamente cuando existen
personas que tienen un perfil adecuado para serlo. En efecto, el análisis de
unas redes de crédito informal en un barrio de Caracas, permitió constatar que
los emprendedores creadores de estas redes tienen sistemas de contabilidad y
administración muy bien organizados, resaltando la baja tasa de morosidad y de
pérdida de los préstamos, por lo cual el negocio ideado ha resultado exitoso y
efectivo. Entre otras bondades, permite la cobertura financiera de una gran
cantidad de microempresas, que consiguen por esta vía responder a sus necesidades
de capital de trabajo, posibilidad que tienen negada frecuentemente en el
sistema financiero formal (Gómez y Márquez, 2000). Con relación a esta realidad, Zaid
(1987) señala que una de las pocas ventajas de operar con recursos mínimos, es
precisamente que no pueden derrocharse en progresos improductivos. Si una
microempresa no tiene crédito bancario y sólo puede conseguir financiamiento al
doble de las tasas bancarias, en el mercado informal, o no usa crédito o no lo
usa más que en operaciones que produzcan por encima del doble de las tasas
bancarias. Esta postura supone entrever que las salidas creativas que utilizan
los microempresarios rurales y urbanos de los países en desarrollo, refuerzan
las argumentaciones dirigidas a establecer que, en la definición y diseño de
políticas y proyectos dirigidos a combatir la pobreza, sus actores
beneficiarios, los pobres, no deben ser vistos exclusivamente como un problema
sino también como parte de la solución. En esta visión se fundamenta el éxito
del programa de financiamiento que dio origen al Grameen Bank en
Bangladesh, y ha ganado terreno dentro de las instituciones multilaterales de
ayuda al desarrollo, como el Banco Mundial, que están utilizando el enfoque en
diferentes proyectos. La mayoría de los gobiernos de los
países latinoamericanos han reconocido la necesidad de impulsar, mediante
políticas públicas y reformas institucionales, el surgimiento de nuevos
empresarios dentro del sector formal, estimulando además la incorporación de
los emprendedores informales. Una preocupación de alta prioridad se manifiesta
en los planes para formar emprendedores en los sectores de tecnología de punta,
especialmente en lo referente a la industria informática y de
telecomunicaciones. Se espera que pequeñas y medianas empresas, por ejemplo
dedicadas a la ingeniería de software, sean una realidad mediante una
participación más estrecha entre la industria privada, las universidades y los
gobiernos. Actualmente
existen diversos programas de formación de emprendedores, desarrollados bajo el
patrocinio de los gobiernos nacionales, y en algunos casos, con la cooperación
de instituciones internacionales. Estos programas se focalizan en detectar
potenciales emprendedores, analizando aspectos como su percepción del riesgo y
su capacidad de ver oportunidades, también orientan la buena definición de la
idea y el apoyarse en un plan de negocios. El análisis del mercado, la
localización, la escala y el proceso de producción, los requerimientos de
inversiones y de financiamiento, la evaluación de la rentabilidad y del entorno
macroeconómico, son tomados en cuenta. Algunos programas incluso dirigen la
materialización del plan de negocios hacia la creación de una empresa concreta,
para lo cual normalmente se apoya con financiamiento inicial y es incubada. Algunas de estas políticas han
fracasado por estar mal concebidas, dado que no se focalizan en resolver los
problemas realmente determinantes. Estos problemas comienzan incluso con la
falta de percepción de las diferencias de tipo psicológico que pueden existir
entre diferentes potenciales emprendedores. Otras restricciones se relacionan
con la falta de un diseño estratégico de la política de promoción de nuevos
empresarios, en tanto y en cuanto la más de las veces se limitan a seleccionar un
contingente de ellos, facilitar la instalación de sus empresas en una
infraestructura precaria y se descuidan aspectos tan cruciales como el apoyo en
la búsqueda de mercados, el financiamiento, el acceso a tecnologías y el
aprendizaje tecnológico. Las necesarias reformas
institucionales y el diseño de políticas públicas, con capacidad de impactar
positivamente el ambiente para desarrollar iniciativas empresariales en países
y regiones de América Latina, pasa, entre otros elementos, por considerar que éstas
sólo se lograrán gradualmente. La creación de un entorno favorable para los
emprendimientos exige simplificar las instituciones formales, establecer redes
de información sobre sus funciones y alcances que lleguen efectivamente a los
actores pertinentes. Se necesita reformar los derechos de propiedad, con el fin
de posibilitar la capitalización de las propiedades de los emprendedores menos
asistidos, para su utilización efectiva. Requiere, además, el fortalecimiento
del capital humano, y una labor de “importación” con su adaptación respectiva,
de normativas y procedimientos que hayan sido probadamente exitosos en otras
regiones y países. Se deben extraer lecciones de aquellas instituciones
informales, diseñadas ad hoc, que han surgido como respuesta creativa a
las fallas de los mecanismos formales, y que constituyen experiencias positivas
de desarrollo empresarial. Las autoridades encargadas de elaborar políticas
públicas en el nivel local, regional o nacional, deberán asumir que su rol les
exige convertirse en emprendedores también, es decir, en empresarios
innovadores y comprometidos con una gestión pública verdaderamente productiva. ALBORS, J. “Factores críticos en el
desarrollo de la pyme innovadora de alta tecnología. Un estudio crítico” [en línea] Madrid + d. Abril.
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Notas
1 Los costos de transacción se refieren a los costos de utilizar el mercado para organizar la economía, es decir, los costos que conlleva la realización de intercambios. Pueden dividirse en costos de exploración, asociados a la búsqueda de información necesaria para que se produzcan los intercambios; costos de negociación, vinculados a la negociación de las condiciones de intercambio; y los costos de aplicación, relacionados con la determinación de los procedimientos para exigir el cumplimiento de los contratos (North y Thomas, 1976).
2 En La riqueza de las naciones, publicada originalmente en 1776, Adam Smith, no sólo argumentaba que la búsqueda del interés propio era una motivación para buscar el intercambio, también insistía que esta motivación no era todo lo necesario para la prosperidad del comercio. Para que el comercio sea una actividad eficiente, se necesita algo más que darse cuenta que existen ganancias en el comercio. Difícilmente se puede ignorar la importancia de la confianza en las relaciones comerciales y económicas. También la preocupación, y el interés por los demás juega su papel; aquello que Adam Smith calificaba como “simpatía”, “generosidad” y “espíritu público” (Sen, 1998).
3 Vale la pena destacar que Fernand Braudel, en su propia versión de la dinámica del capitalismo es desdeñoso tanto de la interpretación que hace Weber acerca del papel desempeñado por el capitalismo (en desmedro de las más antiguas relaciones de mercado) como promotor del mundo moderno, así como la interpretación de Schumpeter cuando hace del empresario el deux ex machina del proceso de desarrollo económico. Véase Braudel (1985).
4 El capitalismo informacional se corresponde con el sistema económico que surgió a partir de las década de los sesenta, signado por la transformación de los modos de producción, y las relaciones de producción, al comenzar a soportarse éstas en la utilización de las tecnologías de información (incluyendo la ingeniería genética), mercados globales y redes financieras mundiales. Modos de producción que originaron la empresa flexible, innovadora, enfrentada a un mercado cada vez más globalizado y competitivo, orientada al establecimiento de redes y alianzas estratégicas para minimizar costos y dominar mercados. Caracterizada, además, por relaciones de producción donde resulta crucial el trabajo flexible, teniendo primacía el analista simbólico, es decir, el trabajador que aporta conocimiento, base fundamental del valor agregado de los nuevos productos, procesos y servicios, que permiten la racionalización de la producción hasta sus extremos, la diferenciación de los productos y la adaptación de las organizaciones a esquemas de participación colectiva y horizontal, tanto en la propiedad del capital, así como en la toma de decisiones en el trabajo. Véase Reich (1990), Drucker (1993), Castells (1998).
5 Por esta razón, ha saltado a la palestra de los análisis que tienen que ver con el desarrollo, la variable determinante identificada como “capital social” que interactúa con las otras formas de capital. Esta variable estaría estrechamente vinculada con la capacidad de acción colectiva (Olson, 1982), con la existencia de virtudes cívicas (Putnam, 1993), con el grado de confianza y el establecimiento de redes familiares empresariales en una determinada sociedad (Fukuyama, 1996). Un elevado capital social se transforma en factores, como estabilidad política v macroeconómica, incentivos para la productividad y la innovación, énfasis en la educación, transparencia, erradicación de prácticas corruptas, crecimiento del trabajo voluntario. Un bajo capital social, o en proceso de erosión, genera condiciones desfavorables para el desarrollo, al reflejarse en altos niveles de desconfianza, poca participación y un mermado grado de conciencia ciudadana (Kliksberg, 2001).
6 Bill Gates mantiene una cruzada a favor de prestar atención a la educación en el Tercer Mundo, fundamentalmente de las nuevas generaciones, basada en las tecnologías de información, como la herramienta que permitirá salir a estas sociedades del atraso y la pobreza. Por su parte, George Soros es un abogador permanente de las libertades cívicas y de un orden financiero más equilibrado, donde el compromiso y la solidaridad eviten el colapso del capitalismo global y deje de afectar a las regiones más desprotegidas del mundo ante sus efectos negativos. Véase Gates (2000) y Soros (1999).
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